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Joaquín Soriano: «Lang lang es una vedette musical»

Vive con la maleta en la mano. En León le espera el XIV curso para pianistas y directores, con obras de Beethoven, Schumann, Liszt y Rajmáninov.

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G. Pajares. 

Tiempo de lectura 4 min.

05 de septiembre de 2017. 00:29h

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Vive nuestro entrevistado en el que fue primitivo palacio de los Duques de Alba. «Por aquí pasó Teresa de Ávila», nos ilustra, aunque hoy la entrada enorme es una inmensa tienda china de cientos de metros cuadrados. Y es que todo cambia. Joaquín Soriano lleva el piano en las venas y de él ha hecho su vida. Académico de Bellas Artes de San Fernando, fue propuesto en 2011 para el entonces Premio Príncipe de Asturias de las Artes: «Me presenté porque se empeñaron, pero yo sabía que no me lo iban a dar», se excusa. Recién aterrizado en el León, donde formará parte de la XIV edición del curso para pianistas y directores, se prepara para presidir el jurado de otro galardón de campanillas, el Iturbi, que celebra este año su vigésima edición en el Palau de les Arts de Valencia. Y dice que si hay algo que le duele, y de verdad, es no escuchar la palabra España.

–Lo suyo es vivir con una maleta en la mano.

–La verdad es que sí. He vivido un verano muy agitado, con homenajes, un viaje a Japón; después regresé a Madrid para estar en León y después en Valencia. No paro.

–El curso de piano y orquesta de León es único.

–Yo creo que en su género es el único que hay. Yo soy quien escucha a los pianistas y el director Bruno Aprea prepara a la orquesta.

–Y el Iturbi, pisándole los talones.

–Es un gran concurso que tiene una actividad importante y que presenta un programa en el que me he fijado en una cosa concreta: en buscar el alma del intérprete con las máximas exigencias. Parto de la base de que el teclado no es un digitódromo y que tocar el piano es bastante más que una proeza mecánica. Lo que cuenta para mí es el conjunto. Es bueno salir admirado, pero mejor es salí emocionado.

–El piano es parte ya de usted.

–Es la forma de expresar lo que siento, lo que debe ser. Se puede controlar una carrera de velocidad, como sucede en el deporte, pero en el universo de la música eso no es posible. Hoy el pianista viaja tanto que las escuelas, que tiempo atrás estaban muy claras, se han dispersado. La enseñanza es básicamente internacional. Por encima de todo debe prevalecer el respeto al sonido.

–¿Se ha topado con alumnos que han sido verdaderamente excepcionales?

–Claro que me los he encontrado. Recuerdo una niña en Hong Kong, muy pequeña, no tendría más de seis o siete años en una «masterclass». Cuando escuché decir que iba a tocar las «Variaciones Goldberg» de Bach me quedé helado. Fue una buena interpretación. Pero no podemos quedarnos únicamente en el asombro. Después las carreras deben seguir. No creo que a los niños se les deba tratar de genios, hay que trabajar duro y no asombrarse tanto. Le diré, por ejemplo, que alguien que me llamó la atención cuando la conocí fue la Madre Teresa de Calcuta. La encontré en un aeropuerto y me dirigí a ella. He tenido la suerte de conocer a mucha gente refinada intelectualmente, estupenda, interesante e inteligente, con amor por la música, sobre todo en la Europa Central.

–¿Se va queriendo más la música en España?

–Sí, desde luego. Existe una pléyade de jóvenes con un enorme talento, aunque aquí siempre nos cuesta más. Hay que acercar al público joven, como sucede en la ópera para que descubran este mundo y se apasionen. Tenemos fútbol casi cada día, pero música no. Hay que darle un empujón. España es tierra de individuos, no de colectividades.

–¿Qué le parecen casos como el de Lang Lang, convertido en toda una estrella mediática?

–Ha hecho un gran servicio en su país y en el mundo. En China hay 24 millones de estudiantes de piano y en buena parte gracias a él. Yo no le he escuchado en directo pero es un gran profesional que hace que se hable de la música, una vedette del piano con una popularidad que no han conseguido otros intérpretes, él posee esa otra dimensión. Mire el caso de Marta Argerich, un fenómeno, y a quien admiro enormemente. Su muñeca rebota como si tuviera 18 años, pero no tiene todo ese aparato detrás.

–¿Ha perdido alguna vez la ilusión?

–Tenga en cuenta que trabajo con gente muy joven, entre los 18 y los 22 años, con toda la vida por delante, muchachos que te piden consejo. Yo no me puedo parar.

–¿Siempre quiso ser pianista?

–Sí, aunque me hubiese gustado ser torero. Mi abuelo llevaba a mi padre a la plaza y él a nosotros. Lo mismo hizo con los conciertos de música. La primera vez que asistí a un concierto fue en Valencia, tendría siete u ocho años y casi rompí a llorar. Mi padre deseó ser músico y aunque finalmente no se dedicó a ello, estudio solo y adoró la música. A mis hermanas y a mi nos puso un profesor de piano y solfeo. Y yo fui el que seguí.

–¿Con qué compositor se siente más a gusto?

–Pongo a Bach por delante de todos, es la voz de Dios. Su «Misa en sí menor», Las «Variaciones Goldberg», las cantatas...

–No es muy amigo de escuchar la música en disco...

–A mis alumnos no les he dejado que se compraran discos de lo que iban a interpretar porque deseaba que fueran ellos mismos y no se dejaran contaminar. El disco, en su búsqueda de la perfección ha unificado el sonido. El ser humano es imperfecto y tiene que cometer errores.

–De las grandes voces que hay en España, dígame un par de nombres.

–Soy muy amigo de Teresa Berganza, una mujer maravillosa a la que conocí en Francia cuando teníamos unos veinte años. Me viene a la memoria Pilar Lorengar, Caballé, Victoria de los Ángeles, Kraus, Aragall, Domingo... No me quiero olvidar de ninguno, los tengo a todos en el corazón.

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