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Josep Pla: «El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto»

El martes, la editorial Destino publica «Hacerse todas las ilusiones posibles», un conjunto de notables escritos inéditos del gran autor ampurdanés con reflexiones sobre Cataluña, Franco, Lorca y Tarradellas, entre otros.

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Víctor Fernández.  Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

18 de noviembre de 2017. 01:08h

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Víctor Fernández.  Barcelona. 18/11/2017

Los elementos habituales de nuestra sociedad y de nuestra historia han sido, durante siglos, los payeses y los marineros, y, naturalmente, sus parásitos (comerciantes, propietarios, nobles). También hubo, claro está, un estamento industrial, pero este estamento no adquirió relevancia hasta la época moderna, cuando empezó la industrialización del país en mayor o menor escala».

Así comienza «Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas» de Josep Pla, el volumen preparado con mano maestra por Francesc Montero que aparece en catalán y en castellano la próxima semana publicado por Destino. Se trata de una sorpresa literaria, de una serie de papeles inesperados y que vienen a complementar las miles de páginas que el autor de «El cuaderno gris» y «Vida de Manolo» nos dejó escritas. Porque nos encontramos a un Pla en estado puro, ya convertido en un escritor consagrado y en uno de los indiscutibles referentes de las letras catalanas del siglo XX. Es el observador agudo y declarado nihilista de la realidad que lo rodea, de una Cataluña que trata de encontrar aire durante los grises años de un franquismo que no entiende ni quiere entender de cultura alguna y menos la catalana. Pla afina su implacable pluma para escribir sobre todo. Este es un material que el escritor, con la complicidad de su editor Josep Vergés, pensaba incluir en un segundo volumen de la serie «Notas dispersas», dentro de su colosal obra completa. El primer tomo vio la luz en 1969, pero nunca hubo una nueva parte.

La lectura de un ensayo –«brillante», como él lo califica– de Joan Fuster titulado «Unamuno y Maragall, cara a cara», le sirve a Josep Pla para echar un vistazo a la realidad catalana, algo de lo que hay muestra en las páginas de «Hacerse todas las ilusiones posibles». Al «homenot» por excelencia le llaman la atención las anotaciones de Miguel de Unamuno sobre los catalanes de «vanidad petulante» y de «avaricia codiciosa».

Pla nos lleva a otro terreno y puntualiza en estas páginas desconocidas hasta ahora que «el catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído –la jactancia que nota Unamuno–. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que “hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva”. Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa –la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad. Encontrar un catalán normal es difícil».

En estas notas, un complemento a «La vida lenta», el otro libro inédito de Pla que vio la luz en 2014, hay referencias a los personajes que forman parte del tiempo del gran narrador ampurdanés. En este sentido hay alguna referencia a las visitas a Tarradellas, el entonces presidente de la Generalitat en el exilio: «Tarradellas nos cuenta indignado que Josep Carner ha aceptado un ministerio del Gobierno republicano en el exilio. Carner, como conversador, hará un gran papel en este Gobierno. Dicen que será un pequeño ministro. ¿Menos que los demás? En todo caso será divertido».

Tampoco faltan referencias a sus conversaciones con catalanes que tenían cierta influencia política o económica con el régimen. Es lo que sucede con Manuel Ortínez, Fabià Estapé, Joan Sardà, Jordi Nadal Miquel Samaranch o Miquel Carabén. Precisamente en este volumen encontramos varias críticas a Franco y a su incapacidad para entender el desastre económico en el que vive España. El Estado está en manos de un dictador militar que no sabe nada de números, algo que no pasa desapercibido ante los ojos de quien es uno de los principales intelectuales catalanes de su tiempo. Estamos en mayo de 1959 y el realista Pla no puede evitar la tentación de reflexionar por escrito: «Suponer que Franco tiene la más mínima idea de economía, que la economía le preocupa o le inquieta mínimamente, es una enorme fantasía. ¿Qué le puede importar, por otra parte, a un militar del país, la quierbra de un comerciante? Un hecho de este tipo siempre será una manifestación de la Divina Providencia muy apreciable».

Un apasionado lector

Pla siempre presumió de ser un apasionado lector, un hombre que se formó con los libros. Leía todo cuanto caía en sus manos, algo que dio como resultado la biblioteca que hoy puede consultarse en la fundación que a él se le dedica en su Palafrugell natal. En «Hacerse todas las ilusiones posibles» tenemo al Pla al que le regalan una suscripción al «New Yorker», «a mi modesto parecer, es la revista más interesante del mundo –para mí cuando la entiendo, quiero decir–». Tampoco faltan las referencias a Paul Léautaud, de quien escribe que «el personaje es extraordinario, lo que escribe es divertido; pero ¡Dios mío, qué ignorancia! Su curiosidad literaria tiene unos horizontes tan limitados que uno se queda pasmado».

Igualmente está atento a las novedades literarias del momento, como la aparición de «Doctor Zhivago», de Boris Pasternak, una novela que impacta notablemente al consevador Josep Pla, hasta el punto de definirla como «la crítica más fuerte que se ha hecho del comunismo con argumentos reales, del racionalismo de la realidad».

Pla siempre fue un entusiasta de la prosa bien hecha, con frases que debían acabar, como él decía, «en cola de pescado». Eso hace que la poesía fuera un terreno que no contaba con muchas de sus simpatías. Por todo ello, no podía mostrarse especialmente satisfecho literariamente cuando recibe la políticamente correcta biografía de Federico García Lorca que José Luis Cano publicó en Destino. De ella dice que «se lee rápidamente. Está escrita con mucha delicadeza y el biografiado es realmente intrascendente –excepto su muerte, que fue horrible–. La labia charnega que se gastó Lorca fue impresionante. Fue un poeta andaluz instintivo, dotado y fácil, de gran categoría. Aparte de este don, que tuvo de manera fabulosa, el biógrafo no ha encontrado nada más. Fue un escritor de la vida, con considerable capacidad expresiva, que, en definitiva, es lo que cuenta –capacidad expresiva para la poesía–. Para todo lo demás, no la tuvo en absoluto. Y la que tuvo para la poesía puede que le hiciera más daño que otra cosa –desde mi punto de vista, naturalmente, y dado que no puedo sufrir la poesía árabe–. La escenografía preciosista de “Las mil y una noches” siempre me ha resultado indigerible, de un enrevesamiento untuoso y definitivo».

Este libro inédito, para nada menor, es un buen resumen de los muchos intereses de uno de los mejores escritores catalanes de todos los tiempos. Palabra de planiano.

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