domingo, 23 abril 2017
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Cultura

La última metamorfosis

  • Reiner Stach culmina la biografía más exhaustiva sobre la vida y obra de Franz Kafka. Dos volúmenes y más de dos mil páginas que se publicarán en España el 9 de noviembre.

Kafka parecía débil, pero su imaginación fue una de las más lúcidas y prodigiosas del siglo XX
Kafka parecía débil, pero su imaginación fue una de las más lúcidas y prodigiosas del siglo XX

En los albores de la aviación, un periodista del «Prager Tagblatt» intentó aclarar a sus asombrados lectores cómo una máquina metálica dotada de alas que, además, arrastraba el peso adicional de sus ocupantes, podía despegar del suelo y sostenerse en el aire sin caer al vacío. La explicación que el voluntarioso redactor aportaba en el artículo resultaba errónea, ridícula, «absurda» y nada científica, pero, sin embargo, nadie se dio cuenta en su diario y se publicó sin trabas. Reiner Stach recoge esta curiosa anécdota porque ilustra perfectamente el ambiente de credulidad, maravilla, modernidad, incomprensión y pasado histórico que prevalecía en la Praga de Franz Kafka.

El autor, en la colosal biografia de más de dos mil páginas sobre el escritor de «El proceso», que sale a la venta la próxima semana, en concreto el 9 de noviembre, ha abordado la ingente tarea de reconstruir la semblanza del novelista que mejor que ningún otro representa el siglo XX. Una tarea que cuenta con la dificultad añadida de abordar la personalidad de un autor que, como él mismo explica, vivió «cuarenta años y once meses. De ellos, dieciséis años y seis meses y medio correspondieron a su formación escolar y universitaria, y catorce y ocho meses y medio a la actividad profesional. A la edad de treinta y nueve años, obtuvo el retiro». A esto habría que añadir los periodos de convalecencia que Kafka pasó recuperándose en la cama de las recaídas derivadas de su frágil salud y el tiempo que pasó en casa, alejado de actividades sociales, derivado por la falta de interés que mostró hacia, por ejemplo, el deporte. «A estas restricciones y pérdidas se añade el inmenso sacrificio de tiempo y energía que Kafka dedicó a la literatura. Veía el actor de escribir como el verdadero eje de su extistencia; la escritura lo calmaba y estabilizaba, le hacía feliz y le daba seguridad en sí mismo», relata Stach. La cuestión que debía responder, entonces, era cómo debía plantearse la investigación de un hombre que murió tan joven y que distaba tanto de las posibles memorias que arrojaría, por ejemplo, un monarca, un aventurero, un militar o, incluso, un escritor de vida azarosa o con una proyección pública notable.

Universo personal

Stach, sin embargo, se las ha apañado para, con estas limitaciones iniciales, trazar un retrato certero de Kafka y proporcionar los puntos esenciales para entender su imaginación, su obra y su personalidad. Ha descifrado su psicología y ha subrayado las experiencias que le marcaron y que dieron alas a un talento literario que ha descrito un orbe personal y a la vez universal en el que se han visto reflejas las sucesivas sociedades occidentales desde entonces.

A la edad de 14 años, en el álbum de poesía de un compañero de aula, el joven Kafka dejó escrita la única frase (fechada el 20 de noviembre) que se conserva de él de esa época: «Hay un ir y un venir / Un partir, y a menudo... no regresar». Unas palabras que vaticinaban la percepción singular de la atmósfera que le rodeaba y que iba fraguándose en él a tan temprana edad. «Los tres motivos fundamentales en el mundo de Kafka: poder, miedo, soledad, con sus mutuas dependencias». Para averiguar el origen de esta materia prima ha reconstruido el ambiente histórico imperante en aquella ciudad. «En el siglo XIX se extendió poco a poco la imagen de una Praga sombría y llena de bambalinas, “mágica”... originalmente una invención turística, pero con un fondo de experiencia auténtia, que ha perdurado hasta hoy. Porque de hecho en algunos rincones de esta ciudad la presencia de la Historia crece hasta lo inquietante, tan estrechamente avecindados parecen aquí pasado y presente, vida y muerte». Kafka heredaba una capital que arrastraba consigo el enfrentamiento entre los protestantes y los católicos, la tiranía de los Habsburgo, la tolerancia y, al mismo tiempo, el arrinconamiento de los judíos en un gueto que llegó a contar con sus propias leyes y leyendas, y cuya comunidad se había posicionado con claridad con la familia de los Habsburgo. Kafka respiraría ese clima social, el de una urbe con las plazas señaladas por antiguos ajusticiamientos y dominada por la vieja sombra de sus castillos. Los mitos y la historia conformaron ya un imaginario agobiante, como el mismo Kafka admite en una misiva a Oscar Pollak en 1902: «Praga no suelta. A ninguno de los dos. Esa madrecita tiene garras. Hay que someterse o... deberíamos prenderle fuego por dos lados, por Vysehrad y por el Hradschin, entonces sería posible zafarse».

El tormento

La familia de Franz Kafka procedía de una diminuta aldea, Wosek, y su apellido, que tampoco era inusual en ese momento, significa «grajo». Su padre, Hermann, buscó para casarse a una esposa que aunara belleza, dote y una posición social ventajosa que le sirviera para prosperar y ascender en la delicada escala social a través del éxito del negocio de telas que dirigía de forma obsesiva y a tiempo completo. Stach mismo se cuestiona hasta qué punto pueden interpretarse ciertos escritos de Kafka como biográficos. Pero, con esas reservas presentes, se adentra en uno de los conflictos que esenciales que señalaron el porvenir del novelista: su relación paterna. «Un demonio dio al padre la idea de que la intimidación y la exclusión eran los medios con los que someter del modo más seguro a su hijo. A ese hijo cuya vista se le ibra haciendo cada vez más ajena y que ya sólo por eso le sublevaba». Un castigo fue uno de los principales detonantes. Una noche, Kafka le dio por llorar porque no le daban agua, y también por llorar, como él mismo reconoce, y su padre intentó callarle, regañándole. Cuando las amenazas no bastaron para que le obedeciera, lo levantó con brusquedad de la cama, lo sacó de la casa, le cerró la puerta y le dejó solo en la galería en mitad de la noche en camisón y a la vista de los vecinos. «El padre tenía el poder de dejar solo: éra era la quintaesencia de una confrontación que duró décadas», afirma Stach al comentar este suceso. Este, para él es uno de los asuntos más íntimos y más urgentes del «universo psíquico» de Kafka. Esta vivencia traumática está en el origen de «La transformación», cuando el protagonista, Gregor Samsa, se encuentra de repente «en una situación de lamentable dependencia de su propia familia y al mismo tiempo a la mayor distancia posible de ella, y el lector se ve confrontado con un acontecimiento completamente incomprensible, incluso absurdo», explica Stach.

Vida y obra

Este trasfondo asoma también en otro de sus títulos más difundidos: «El proceso». «La detención en apariencia inmotivada y la estigmatización que conlleva, alcanza a Josef K. exactamente allí donde más duele: le fuerza a la autorreflexión y por tanto a la revisión de su imagen de sí mismo», comenta el autor, que ha hecho una exhaustiva indagación de la infancia y la juventud del escritor, justo el periodo de su vida que cuenta con menos fuentes y documentos disponibles y, por tanto, donde existen más lagunas. «La inestabilidad de su mundo de experiencias en los primeros años de vida tuvo una importancia decisiva en la evolución de Kafka», apunta en un párrafo. De aquí se entresaca una pequeña ironía: la búsqueda de seguridad que él siempre persiguiría y el trabajo que, a la vez, ejercería como funcionario de seguros. Otros aspectos curiosos que definen el carácter de Kafka era su desprendimiento absoluto de los objetos –no tenía ningún sentido de la posesión. Ni siquiera intentaba quedarse con aquellos libros que le gustaban–, su dificultad para organizar cualquier plan a largo plazo y su sorprendente falta de confianza en sí mismo y sobre aquello que escribía. Tanto que, al final de su existencia, pidió que el legado que constituía su obra se destruyera. Algo que su amigo Max Brod jamás hizo.

La última metamorfosis

Una existencia marcada por cuatro amores

Uno de los impedimentos que tenía Reiner Stach al encarar la abrumadora tarea de perfilar la semblanza de Franz Kafka y descifrar su imaginario era su reclusión y el tiempo que pasó restableciéndose de sus enfermedades. A lo que hay que sumar el carácter retraído del escritor y las horas que dedicaba a los libros –era un lector de biografías de grandes figuras de la historia; un género que, para él, formaba parte de su aprendizaje y que, a pesar de lo que algunos han afirmado, nunca abordaba de manera desordenada y aleatoria, sino que elegía cada título con cuidado–. Según resume el propio Reiner Stach en esta biografía, Kafka «permaneció soltero. Estuvo prometido tres veces: dos con la empleada berlinesa Felice Bauer (con la que aparece en la fotografía de la derecha), una con la secretaria praguense Julie Wohryzek. Se le atribuyen relaciones amorosas con otras cuatro mujeres, además de contactos sexuales con prostitutas. En toda su vida apenas convivió seis meses con una mujer».

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