Crítica

Las cosas bien hechas

Jakub Hrusa, al frente de la Sinfónica de Bamberg
Jakub Hrusa, al frente de la Sinfónica de Bamberglarazon

Obras de Smetana, Sibelius y Dvorák. Violín: Viktoria Mullova. Orquesta Sinfónica de Bamberg. Director: Jakub Hrusa. Auditorio Nacional, Madrid, 11-XI-2017.

Jakub Hrusa, checo de 36 años, nos había causado buena impresión cuando dirigió a la Orquesta Nacional en la pasada temporada. Esa impresión se ha mantenido ahora en su actuación al frente de la tan germánica, acrisolada y sobria Sinfónica de Bamberg, que ha mostrado en esta ocasión las mismas tradicionales cualidades que las que exhibió a lo largo de los últimos años con su anterior titular, el británico Jonathan Nott. Hrusa ha aprovechado bien estos mimbres y ha puesto de nuevo de manifiesto su gesto claro y elegante, que parte de una notable amplitud de brazos y de un manejo expresivo de la mano izquierda, su suave autoridad bien entendida, su minuciosidad y su capacidad nada común para hilar un discurso lleno de accidentes, con especial atención a las dinámicas más sutiles. Escuchamos una versión muy bien medida, plena de ricos

contrastes, del «Moldava» de Smetana, con dos arpas situadas en lados opuestos del escenario. Desde el principio advertimos la nitidez del dibujo, de las suaves volutas de las maderas. El gran tema del río, anchuroso, melódico, amplio, fue acentuado con mucha propiedad, con énfasis especial en el primer compás. Los violines sonaron espejeantes en la atmosférica evocación lírica y la tempestad fue estupendamente diseñada, sin las habituales borrosidades, con una sonoridad brillante y calurosa. La tan sobada «Sinfonía nº 9», «Del Nuevo Mundo», de Dvorák encontró en esa interpretación atractivas luces ya a partir de un comienzo muy concentrado poblado de largos silencios y desarrollado con gran justeza de ataques. Los temas y contratemas, abundosos y elocuentes siempre en el compositor checo, fueron manando de manera fluida y clara, algo consustancial a estas músicas de la naturaleza. «Legato», pianísimos delicados, exposición desarrollada casi con delectación –quizá demasiada– caracterizaron el «Largo», en el que brilló el formidable corno inglés de Yumi Kurihara. El «Scherzo: Molto vivace», llevado a tempo nada desbocado, se planteó ameno y con todas las repeticiones. Bien desentrañado, compás a compás, el «Finale», muchas de cuyas partes nos sonaron a nuevo y siempre con el tema base de la obra bien definido, incluso en las postrimerías de la coda, donde suele desdibujarse tapado por el solemne motivo de apertura. A que la velada fuera en verdad muy lucida contribuyó la intervención de Viktoria Mullova, cuyo Stradivarius (o quizá su Guadagnini) sonó a gloria: oscuro, cálido, terso, vibrante y afinado, con una cuarta cuerda de excepción y una capacidad «cantabile» de altos vuelos. La instrumentista rusa, que regaló una pieza desconocida, una suerte de variaciones sobre un tema que acaba por descomponerse sincopadamente, sigue en plena forma y demostrando su calidad y cantidad de sonido. Por su parte, Hrusa, que cuidó mucho el acompañamiento, ofreció al final del concierto una fulgurante «Danza húngara», de Brahms.