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Amor entre eruditos

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Sagrario Fdez.-Prieto. 

Tiempo de lectura 4 min.

08 de marzo de 2017. 22:47h

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La elegante portada del libro se adorna con una sencilla invitación de boda en letras doradas: «Miss Maria Rosa Lida and Mr. Yakov Malkiel anuncian su unión para el dos de marzo de 1948 en Berkeley, California». Para alguien que recuerda cómo se repetía el primero de esos nombres en las clases de literatura en la universidad, este libro es tan apetecible como podría serlo la tarta de bodas de aquel día. María Rosa Lida (Buenos Aires, 1910 - Oakland, California, 1962) fue una de las investigadoras de la literatura antigua española más sabias y admiradas. Durante la segunda mitad del siglo XX era imposible asistir a una clase de filología hispánica sin que un profesor hiciera referencia a sus estudios sobre Juan de Mena, «La Celestina» o el «Cancionero popular», entre otros, y esto sin olvidar su dedicación a los clásicos griegos o sus traducciones de ingleses como Emily Brönte. El novio, Yakov Malkiel (Kiev, 1914 - Berkeley, California, 1998) fue un romanista e hispanista ruso. Hombre cultísimo, multilingüe y uno de los más importantes etimólogos.

María Rosa Lida llegó a Estados Unidos con una beca en un momento en que hispanistas y romanistas veían crecer su influencia en las universidades norteamericanas: Amado Alonso (Harvard), Américo Castro (Princeton), Federico de Onís (Columbia). En muchos casos intelectuales que huían del nazismo, como el mismo Malkiel, o Leo Spitzer, o de la guerra civil española como Rafael Lapesa y Juan Corominas. La correspondencia entre Lida y Malkiel, ambos emigrados de origen askenazí, transcurrió a lo largo de varios años, pero con asiduidad durante 1947 y 1948. Sus cartas atravesaban los Estados Unidos de costa a costa: ella en Harvard, Massachusetts, y él en Berkeley. Se vieron una sola vez en las Navidades de 1948, tres o cuatro días, y se casaron tres meses después según el rito hebreo. Sus cartas están plagadas de citas y referencias literarias, usan varios idiomas: ruso, inglés, francés, portugués y, por supuesto, latín y griego. Pero, ante todo, son el reflejo de una historia de amor que surca los meandros de un enamoramiento salpicado de poesía, filología y doctas citas.

Ingenio y humor

El inicial «Muy señor mío», «Muy distinguida señorita Lida» se va transformando con rapidez: amigo Malkiel, distinguida amiga, mi Yasha, adorada. El intercambio de confidencias surge pronto, los deseos y recuerdos de sus vidas, la intimidad y la franqueza, se alternan con opiniones literarias o filológicas. Destaca especialmente el sentido del humor de María Rosa, que surge espontáneo y con frecuencia.

Ella y Yasha se dedicaron poemas que Francisco Rico ha reunido en este volumen bajo el apropiado nombre de «Cantigas de amigo». Son una deliciosa mezcla de amor, humor y filología, como en el zéjel que comienza: «Enferma de amor estoy: / váleme, Yasha, my boy». O esta otra: ¿Por qué no he de decirte / y (aun siendo rima pobre) repetirte: / Mi bien amado Yákov: / es para mí tu amor paradisia’kov». Y con modos de estudiosa investigadora termina: «Con rima forzada y en la estrofa / de Gutierre de Cetina». Francisco Rico, de quien parte la idea y orientación del libro, es autor del prólogo y reúne y comenta las «Cantigas». Miranda Lida escribe la historia del epistolario y del exilio. Juan Miguel Valero se ocupa de las notas y comentarios a las cartas. Tampoco faltan fotografías. Un volumen con el que los protagonistas se hubieran sentido satisfechos.

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