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Cirlot, un caballero medieval

Antonio Rivero Taravillo publica la esperada biografía de este fascinante creador fascinado por el Medioevo y las espadas antiguas y que se carteaba con Lawrence Olivier

  • El escritor, en una fotografía titulada «Ojos recortados», tomada en 1948
    El escritor, en una fotografía titulada «Ojos recortados», tomada en 1948
  • «El señor de la guerra» (1966) marcó su obra posterior
    «El señor de la guerra» (1966) marcó su obra posterior
T. Montesinos.  Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

22 de mayo de 2016. 01:59h

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Pocos escritores hay en las letras españolas del siglo XX tan fascinantes, eruditos y extraños como Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), que en cambio fue relegado a un segundo plano seguramente por su exclusiva manera de ver el mundo y sentir la poesía y el arte en general. Ante su singular talento –el de un humanista entregado a la cultura universal, además de forma autodidacta–, ya en esta centuria se le empieza a hacer justicia: primero con la edición de su voluminosa poesía reunida en «Bronywn», en el año 2001 –que coincidía con el trabajo de Jaime D. Parra «El poeta y sus símbolos. Variaciones sobre Juan Eduardo Cirlot» (Ediciones del Bronce)–, y ahora, con la recuperación de su única novela, «Nebiros» (Siruela), escrita en 1950 y censurada por ser considerada «de una moralidad grosera» y «repugnante», y, al fin, con su biografía, «Cirlot: ser y no ser de un poeta único». Se trata de un estudio del poeta, narrador y traductor Antonio Rivero Taravillo (1963), que fue galardonado por ello con el Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz 2016 (Fundación José Manuel Lara); un escritor que también había incursionado en el género con dos volúmenes sobre la vida de Luis Cernuda premiados y publicados por la editorial Tusquets.

Incluso el propio Cirlot era consciente de semejante ostracismo al confesar, en una carta de 1970 a su amiga la poeta venezolana Jean Aristeguieta el deseo de que el ciclo poético que constituía su «Bronywn» «fuera un libro entero, y editado por ti; un libro americano y no español, ya que mi país me oculta y me niega». Este era uno de los fragmentos inéditos que proporcionaba su hija Victoria Cirlot –profesora universitaria y experta en literatura medieval– en la introducción a esa aquella edición tan cuidada que se presentó al público hace quince años, con fotografías y reproducciones de algunos textos manuscritos del autor, y completada por diversos artículos sobre ese monumental ciclo poético: dieciséis entregas de «Bronwyn» escritas entre 1967 y 1972, una obsesión hecha lenguaje que nació de una manera muy especial tras doce años en los que Cirlot se había concentrado en la crítica de arte (de 1951 hasta su muerte trabajará en la editorial especializada Gustavo Gili).

El impacto de una película

La concepción del libro tiene su propia historia. En 1966, y unos meses después de ver la obra de Franklin Schaffner «El señor de la guerra» (1966), protagonizada por Charlton Heston y Rosemary Forsyth (para siempre la encarnación del rostro mítico de Bronwyn), Cirlot comenzó a concebir la ilusión de un viaje lírico a su época predilecta, la Edad Media. En este sentido, el cine fue para el escritor un verdadero descubrimiento en su visión del ambiente del siglo XI y una lección de síntesis argumental, como dejó manifestado en su libro «El estilo del siglo XX» (1953). Asimismo, la versión rusa de «Hamlet», cuya Ofelia muerta en el agua supuso para Cirlot un impacto visual frente a la Bronwyn que salía de ella, más su admiración por el «Hamlet» que dirigió y protagonizó Laurence Olivier –con el que llegó a cartearse–, forjaron la gran aventura lingüística, sentimental, histórica y filosófica de este complejo poema, el cual presenta la poetización de una doncella céltica en Brabante que simboliza la muerte y el amor, el pasado y lo trascendente, la busca del centro y la unidad, y también lo angelical.

Todos estos rasgos oníricos y simbólicos son parte intrínseca de la propia andadura vital de Cirlot, como bien ha visto Rivero Taravillo, que sigue con detalle los pasos de la creación literaria de este barcelonés –curiosamente, en 1918, su familia habitó La Pedrera, acabada de construir seis años antes– que tuvo una densa y múltiple formación cultural: tras un brillante inicio musical –el escritor destruyó sus composiciones– y una fuerte influencia vanguardista en sus primeros poemarios, el poeta se entregaría a lo que sería su obra cumbre, el «Diccionario de símbolos» (1958), «su preferido –según el biógrafo–, por el que no ha recibido una compensación económica acorde con el mucho tiempo dedicado (por no hablar de los gastos en que haya incurrido para hacerse con rara bibliografía, casi toda extranjera)». El resto de su obra también nacería para, desde lo simbólico. Por supuesto, «Bronwyn», laboratorio para componer aliteraciones aprendidas en la literatura escandinava y anglosajona, desarrollar su gusto por la permutación o lanzar ideas cercanas a la cábala, el gnosticismo y el sufismo. Todo a través de una mujer que renace de las aguas y que, en palabras del propio autor, entrevistado en 1968, era «el mito de la amada de otra vida, de la luz ya vivida y perdida».

Cirlot así vivió en un mundo paralelo, el del Medievo, que lo haría tan especial a ojos de otros escritores. El poeta José Corredor-Matheos, en sus recientes memorias «Corredor de fondo» (Tusquets), habla de este «extraordinario personaje, de personalidad torturada y poderosa creatividad, que se manifiesta en su poesía y en la peculiar lucidez de su visión del arte. La guerra, sin duda, había tenido consecuencias muy negativas para una persona como él, tan sensible y extremadamente imaginativa». Ciertamente, Cirlot, que venía de una familia de militares y con algún ascendente francmasón, en 1938 intervendría en el frente de Guadarrama y, al decir del biógrafo: «En cierto momento se pasó a los nacionales, y al final de la guerra es internado brevemente en un campo de concentración, del que sale el mismo año 1939 en que acaba la contienda, aunque poco tiempo después es movilizado de nuevo para cumplir el servicio militar en el ejército de Franco».

Sin embargo, en palabras de Rivero Taravillo, la guerra «no supuso ningún trauma para Cirlot, quien años después llegaría a hablar con nostalgia, según sus hijas, de lugares en los que había estado durante la contienda». Acaso esto fuera una idealización de aquel entorno que tendría obligatoriamente que encender la inspiración visual y literaria de un Cirlot que adoraba ciertos elementos guerreros: «Es bien sabido –apunta el poeta ciudadrealeño– que Cirlot sentía gran atracción por las espadas antiguas, a las que confería capacidad de defensa simbólica ante enemigos que sólo existían en su mente, pero que podían ser realmente peligrosos». A ellas les dedicará versos y artículos y hasta saldrá retratado con las que iba coleccionando y conservaba en casa; así, Rivero Taravillo refiere que «Cirlot publica en 1954 en “Revista”, fotografiado bajo ellas por Catalá-Roca, un artículo titulado “Mis espadas”, donde compara a éstas, las siete que tiene en su cuarto de trabajo, con los barrotes de una jaula. Cirlot no es que vea, sino que vive, el simbolismo de las espadas». Tal sistema de idealismo viril, más el elemento femenino fascinador, nutrirán en suma una visión poética que es del todo incomparable antes y después de él, Juan Eduardo Cirlot, todo un caballero medieval.

La droga de la poesía

Todo es excepcional en la andadura de Cirlot. Incluso secreto, casi sólo para sí mismo a veces. Se fue costeando en tiradas cortas su «poesía tan extraordinaria (en el doble sentido de magnífica y fuera de lo común)», como apunta Rivero Taravillo en el epílogo de su biografía, y «puede afirmarse, en verdad, que conforme se fue haciendo mayor como poeta, Juan Eduardo Cirlot se fue volviendo cada vez más minoritario y tendente hacia la invisibilidad. Cirlot solía decir que la poesía constituía para él una droga. En 1945, dejó un valioso testimonio de cómo entendía entonces él la poesía», una especie de recogimiento donde se encontraba «con asombrosas particularidades de mi yo», detallaba, «y añadía que escribía como el químico que acecha el secreto, y que le era imposible saber de sí mismo en su estado psíquico normal; para hallar, debía sumergirse en la escritura».

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Atracción nazi

Cirlot, explica su biógrafo, «simpatizó con la corriente esotérica del fascismo, llegando a colaborar esporádicamente en la revista prohitleriana CEDADE y demandar la libertad para Rudolf Hess, hechos que hoy pueden parecer réprobos pero que no disuenan en un poeta maldito y heterodoxo hasta la médula». A su amigo Carlos Edmundo de Ory le habla por carta de su «relativo militarismo, de mi relativa admiración por el mundo nazi y sus divisiones blindadas». Aunque en otra carta a F. A. Royano apunta «que en absoluto aprueba los crímenes de aquel movimiento y de su régimen». De hecho, sería en su caso una atracción simbólica: «Mi nazismo es el nazismo de los muertos, de los caballeros de la Cruz de Hierro que han ido a confundirse bajo las hierbas con los restos de los caballeros teutónicos del s. XIII y XIV (...). Nunca sería de un nazismo viviente y menos triunfante».

«Cirlot: ser y no ser de un poeta único»

Antonio Rivero Taravillo

Fundación José Manuel Lara

312 páginas,

21,90 euros

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