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Los infelices seres salvajes

Pilar Adón exhibe en este conjunto de narraciones cortas todo su músculo de contención literaria

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Á. López. 

Tiempo de lectura 4 min.

02 de noviembre de 2017. 00:42h

Comentada
Á. López.  2/11/2017

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Los infelices seres salvajes
  • Título:

    «La vida sumergida»

  • Autor:

    Pilar Adón

  • Editorial:

    Alfaguara

  • Nº de páginas:

    824 Páginas

  • Precio:

    23,90 euros

Pilar Adón exhibe en este conjunto de narraciones cortas todo su músculo de contención literaria.

Los seres salvajes no han nacido para ser felices, dice la propia autora en alusión a los personajes que pueblan su universo narrativo, pero no solo en esta colección de trece relatos sino en sus obras anteriores como «Las efímeras», «Las hijas de Sara» o en el poemario «Mente animal». De ahí que en estas historias retome los insondables temas en los que moja su tinta una y otra vez: la dependencia, la naturaleza cruel, el aislamiento como útero protector, el dominio que ejercen sobre nosotros los seres queridos, la utopía que resulta no serlo tanto, el desconcierto y la asfixia vital. Y todos esos conceptos circulan en una atmósfera siempre perturbadora.

Ansia de libertad

Una niña a la que su hermano deja con sus padrinos; dos mujeres que comparten en una extraña relación de dependencia; una chica esperando a su hermano en una estación para ir juntos hacia una comuna en la que vivirán una experiencia de desposesión; una joven pareja en su aparente rutina; una mujer escribiendo una carta a su hermana con la que cometió un crimen, y una chelista que centra su obsesión en librarse de la gravedad y practica para evitarla son tremendos enunciados para unos relatos impactantes. A pesar de sus vidas y situaciones dispares en sus protagonistas siempre existe un ansia de libertad, una búsqueda constante de otro lugar, otro espacio donde poder encajar lejos de las zonas opresivas donde les ha colocado la autora. Seres desubicados que intentarán encontrarse y completar su esencia a través de la huida, tal vez como forma de regresar a la naturaleza, al desarraigo perdido con la esencia primigenia. Es inevitable pensar en la influencia de Thoreau o Emerson, pero como revulsivo, como respuesta discrepante. Porque la naturaleza en las páginas de Adón posee un componente feroz en el que impera la lucha por la supervivencia.

Heredera natural de Cristina Fernández Cubas y más chejoviana que tolstoiana, se le ve la inclinación poética más que ninguna otra de sus profesiones –cuentista, novelista, traductora, editora– y al tiempo resulta una verdadera maestra a la hora de edificar la dimensión psicológica de sus personajes. Para quienes amamos la narrativa como forma literaria y no únicamente como esparcimiento, Adón es de las escritoras más gratificantes del momento, con un sillón reservado en la posteridad a diferencia de otros pares de su generación. Pocos escritores actuales usan la frase con tanta intención estética, y tanta eficacia para adentrarse en los mecanismos del comportamiento humano. Como en todo ramillete de historias, hay dos realmente sublimes: «La primera casa de la aldea», donde asistimos a una revisitación del pánico al lobo del cuento clásico infantil, aquí reducido a ansiedad y espera. Y «Un mundo muy pequeño» donde conocemos a un joven que deja Moscú para recluirse en una comunidad rural, donde poder pensar y en la que le cobran un canon de libros por su estancia. Nunca hay en la autora una palabra en exceso ni un verbo añadido por defecto. Siempre es contenida, de pasos milimétricamente estudiados, desprovista de épica, un sello literario que se va acrecentando con cada entrega.

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