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Pedro Farré: «La SGAE conocía y aprobaba cada euro que gasté en burdeles»

  • Pedro Farré / Ex directivo de la SGAE

  • Agasajó a empresarios y políticos a cuenta de las tarjetas de la entidad de gestión, y, a pesar de los escándalos, es el único de la SGAE que ha pisado la cárcel. Pagó comidas de 3.000 euros, pero fue condenado por gastos en prostíbulos

Pedro Farré, ex directivo de la SGAE
Pedro Farré, ex directivo de la SGAE
Gonzalo Pérez

Un día se hará una serie o una película a cuenta de lo que ha pasado en la España del siglo XXI. Da para seis temporadas. Algún capítulo podría tomar como guión lo sucedido en la SGAE a la luz de las prácticas que cuenta Pedro Farré (Barcelona, 1971), directivo de la entidad de gestión de los escándalos. A pesar de la ponzoña publicada e imaginada, sólo él ha pisado la cárcel. La causa que se instruye contra Teddy Bautista y compañía duerme en un cajón de la Audiencia Nacional con la instrucción por terminarse. Farré, en cambio, ya sabe lo que es el frío de las noche en Alcalá Meco, donde ha pasado más de un año por gastar 40.000 euros en locales de alterne. Tiene el tercer grado penitenciario «si la publicación del libro no empeora las cosas», dice en referencia a «Cazado», una historia sobre la atmósfera de un país prepotente.

–¿Por qué escribe esta crónica?

–No es por venganza, es para comprender y explicar lo que pasó en España en ese tiempo.

–¿Cuál era su función en la SGAE?

–Mantener una buena relación con artistas, empresarios y políticos. Los primeros por razones obvias; los segundos porque eran clientes: quienes pagaban derechos de autor eran hoteles, hosteleros, medios de comunicación... y los terceros por ser aliados necesarios.

–¿Su papel era agasajar?

–No exactamente. Llevarnos bien, mandar los argumentos correctos, a veces de forma abierta, en foros, y otras discreta, en reuniones. Y en España nos relacionamos durante las comidas. En mi etapa en la SGAE topé con políticos que te piden ir a un restaurante «de menú» y otros que no dicen nada y ya sabes lo que quieren. Y también hay cenas y copas. Cuando se hablaba de los gastos de Rato en algunos locales, se hace con hipocresía, porque en España nos relacionamos así. A mí me sorprendió mucho la primera vez que, después de las copas, fuimos a un burdel. Pero luego entendí que es no es algo anormal. Tampoco habitual, ni saludable, pero es lo que pasa.

–¿Quién lo promovía?

–Depende de los casos... Para que nadie piense que esto es solo en España, viví un episodio en Tokio, con la SGAE japonesa. Nos ofrecieron una cena opípara servida por geishas, nos montaron en un miocrobús y nos llevaron a un karaoke con señoritas sin ropa. Y en Montevideo nos llevaron a diplomáticos, periodistas y un conocidísimo actor a un oscuro burdel. Yo no lideraba esa comitiva, aunque en otras ocasiones sí que lo hice. ¿Arrepentido?... Me siento responsable. Pero en los cenáculos del poder las cosas funcionan así.

–¿En España eso incluye a políticos y empresarios?

–Podría ser...

–¿Y de esto tenía conocimiento la SGAE?

–Claro, por supuesto. Todos mis gastos eran conocidos y aprobados por la entidad, que sabía y aprobaba que se fuera en ocasiones a estos lugares. Lo digo con toda rotundidad porque fue una pregunta que no me hicieron en el juicio y que me habría gustado responder. Sabían y aprobaban cada euro, eran los tiempos de la burbuja, todo era un disparate. Ahora nos rasgamos las vestiduras, pero entonces se nos fue la olla. Organicé una comida en Bruselas con todo el «establishment» español que costó 3.000 euros. Para mí es igual de pornográfico que acabar en un club de alterne y en cambio sólo se me ha condenado por lo primero. Y soy responsable de las dos. De eso va el libro, de la atmósfera de este país.

–Es decir, que le condenan por gastos en burdeles pero nadie pregunta por una comida de 3.000 euros.

–Y está pagada con la misma tarjeta. Y sin justificar, claro, porque yo no he revelado los acompañantes de ningún caso.

–Lo que se contó en su día es que usted se gastó el dinero en usted. ¿Fue con personas influyentes?

–Mira, hay una sentencia cuya pena sigo cumpliendo hasta el día de hoy. Dice que lo gasté en mí, y a estas alturas no voy a revelar quiénes se beneficiaron. Tienen sus intimidades y sus familias.

–Pues se ha comido un buen «marrón» por ello.

–Desde luego. Como dice un funcionario de la prisión, a pulso. Podría haber tenido un tercer grado hace meses, pero no me lo dieron.

–Usted llevaba dos años fuera de la SGAE cuando le detienen por los gastos de la tarjeta. ¿Por qué entonces?

–Puede que porque era el único miembro de la empresa con amistades en el PP. Creo que a alguien se le debió ocurrir, un mes antes de las elcciones generales de 2011, que lo del «señor de las putas con amigos en el PP» era una buena historia electoral. Doy datos de por qué pienso que es verosímil que alguien influyera en la policía.

–Durante los cinco años anteriores, el ministro del Interior fue Pérez Rubalcaba y, en ese momento, ya era candidato del PSOE a las elcciones. ¿Cree que fue él?

–Yo sólo tengo hipótesis, no hago afirmaciones. Pero me detienen un mes antes de las elecciones.

–Con perdón, ¿cómo es posible que usted haya sido el único primo de la SGAE que termina en la cárcel?

–Sin perdón, tienes razón, porque a la cárcel van los robagallinas.

–¿Por qué no se termina la instrucción por fraude y malversación del «caso Saga»?

–No tengo la menor idea. Está en un cajón. A mí me acusó la Fiscalía Anticorrupción y se dieron mucha prisa. Y querían saber todo el rato quiénes eran mis amigos.

–Usted pasa de puntillas por las prácticas de la entidad. ¿Nunca vio nada ilegal?

–Mentiría si dijese que sí. Ví cosas poco éticas y muchos errores de bulto de estrategia, prepotencia y vanidad. A la gente le sorprende que no ponga el ventilador, pero no me puedo inventar las cosas. Quizá el agente que se hizo pasar por periodista y me dijo que me tenía «agarrado por los cojones» quería que contase algunas mentiras. Aunque me negué, y eso que en aquellos tiempos era un vanidoso y me creía intocable.

–Un buen día recibe una llamada anónima, ¿verdad?

–Sí. Dos años después de dejar la SGAE, me llama esa persona y cometí el error de quedar con ella. Untipo siniestro, que daba más miedo que los del patio de Alcalá Meco, de verdad. Me cita en un lugar y me abruma con información sobre mí. Sobre las putas, por supuesto, y sobre mis amigos y mi familia. Lo sabe todo y me preguntaba sobre algunas cosas. Y me dice que nos vamos a llevar bien, «porque soy un intelectual». ¿Qué quería? Es lo curioso, que no le dejé decírmelo. Me levanté y me fui. Dos días después me detuvieron.

-¿Y quién era?

–Un veterano capitán de la UCO reveló en el juicio, y por esto también se ha pasado de puntillas, que era un guardia civil que se hacía pasar por periodista y que tenía contacto con los servicios secretos. –¿Qué va a hacer ahora?

–Cuando salga, tengo que rehacer mi vida. Creo que me iré lejos, al campo.

«Cazado»

Pedro Farré

península

352 páginas,

17,90 euros

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