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«Todo lo que está pasando con Cataluña tiene su origen en el siglo XIX»

Manuel Milián Mestre presenta la historia de Fomento del Trabajo, que le ha ocupado 15 años de investigación

  • Manuel Milián Mestre, periodista y ex diputado
    Manuel Milián Mestre, periodista y ex diputado
David J. Fernández.  Barcelona.

Tiempo de lectura 5 min.

13 de abril de 2017. 20:26h

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Tras 15 años de trabajo, Manuel Milián Mestre (Forcall, Castellón, 1943), fundador del PP y diputado en el Congreso hasta el 2000, ha conseguido terminar, no sin bastantes vicisitudes, el primer tomo de la «Historia del Fomento del Trabajo» (Planeta), que abarca de 1771 a 1889. El texto estuvo a punto de perderse después de sufrir un robo. La supervivencia del manuscrito original, y la meticulosidad del bibliotecario de Fomento, sin embargo, permitieron que el barco llegara a buen puerto.

–Hábleme de los orígenes de Fomento.

–Es probablemente la patronal más antigua de Europa. Nace de la necesidad de defender los intereses primarios de la protoindustrialización. Hasta entonces, cuando la industria era manual, es decir, la artesanía, no había una necesidad de patronal porque no había demanda corporativa fuera de los gremios medievales. Sin embargo, Inglaterra lanza un reto a todo el mundo, ya que, al tener una hiper producción, puede abastecer mercados exteriores. Entonces, la burguesía inicial, consciente del reto, necesita capitales y empiezan a asociarse entre ellos para formar una suerte de industria elemental, pero mecánica, no obstante.

–¿Cómo lo hacen?

–La burguesía catalana se encuentra privada del mercado americano hasta 1771 desde la época de Carlos V. La entrada de los catalanes implica la importación de grandes cantidades de algodón para crear la filatura. No podían competir con Inglaterra pero sí abastecer el mercado interior. En ese momento se organizan alrededor de una Junta de Fábricas que sería el inicio de una cadena que llevaría a la configuración de Fomento en 1889. La burguesía catalana ficha a una serie de ingenieros y los envían a Manchester a copiar las máquinas inglesas, como por ejemplo la Berguedana, que ya tenía siete husos. Es decir, a medida que los ingleses creaban una nueva máquina, los catalanes la copiaban. Un trabajo espectacular de captación, o, más bien, de espionaje industrial. Mientras, paralelamente, aparece la energía de vapor.

–¿Y la relación con el Estado?

–La burguesía catalana tenía un sentido de liderazgo de España. Eran tan conscientes que incluso introdujeron el concepto de mercado propio para que no vinieran los ingleses a colonizarlo. Pero esto llevó a un conflicto con las burguesías agraristas del resto de España, que preferían comprar productos ingleses al ser más baratos. Los catalanes, sin embargo, abogaban en Madrid por cerrar el mercado español para generar uno propio que a su vez generase un capital propio. Pero no lo entendían. Así que los catalanes montaron un lobby, uno de los primeros del mundo, creo. Para ello, fichan a Pascual Madoz, uno de los mayores intelectuales que ha dado España, y lo hicieron diputado por Lérida. Pero también envían a Bonaventura Carles Aribau y a uno de los hermanos Bonaplata a Madrid como liberados. Se valen también de los artículos de Jaume Balmes. E incluso Joan Güell, de vuelta de Cuba, funda en Madrid un periódico, «El Bien Común». Todo ello para introducir las ideas industriales en el mundo político y social, además de en la opinión pública.

–Resulta una operación muy ambiciosa.

–Aún hay más. Como no era suficiente, montaron una candidatura electoral para las elecciones del año 50. Y colocan como jefe de gobierno a un extremeño, Bravo Murillo, al servicio de la mentalidad catalana, y como director de aduanas a Aribau. El siguiente paso fue promocionar a Joan Prim, un hombre de prestigio universal, al que incluso financiaron la revolución liberal, la Gloriosa.

–¿Tuvieron éxito?

–En contadas ocasiones. No querían dominar España, querían mentalizar al país de la industrialización y la creación del capitalismo. Pero la España agraria se resistía. No obstante, hubo otros periodos en los que se impuso la mentalidad industrial, como la exposición universal de 1882, en la que se invirtió en grandes obras que pusieron al descubierto las carencias de las zonas agraristas. Cada empujón industrializador venía acompañado de una captación de mano de obra tremenda desde Andalucía y demás. Paradójicamente, si hubieran tenido otra mentalidad y hubiesen implantado el sistema industrial catalán, las cosas habrían ido de forma muy diferente.

–¿Son muy distintos los problemas de entonces y los de ahora?

–Precisamente a partir de 1850, cuando ya está claro que Madrid no entiende la mentalidad industrialista, comienzan las tensiones. Esta cuestión se acaba planteando en las Cortes con un gran desembarco de burgueses catalanes, hasta el punto de que los partidos agraristas piden a Isabel II que disuelva la cámara. Y esto crea una conciencia de «no nos quieren entender» y acaba conformando «la cuestión catalana», que a día de hoy perdura. Todo lo que está pasando con Cataluña tiene su origen en el XIX. Entonces, sin embargo, no significaba un «queremos estar solos», sino «queremos modernizar España y no nos dejan». Buscaban el liderazgo. Eran conscientes de que España era un mercado mucho más grande del que podía ser Cataluña.

–Ya se pedía incluso el concierto económico.

–Pues sí, en 1905 hay una resolución de Fomento en la que piden al Gobierno y a la monarquía el concierto fiscal. Entendían que había un maltrato. En Cataluña se producía mucho y, por tanto, había bastante aportación de renta que no se traducía en inversiones como las infraestructuras. Por ejemplo, en Barcelona estaban las tintorerías, pero las fábricas se encontraban en las montañas para aprovechar la energía hidráulica. Y se necesitaba transporte. Además, estamos en el contexto de las guerras carlinas, por lo que las fábricas estaban rodeadas de conflictos. Tan poca comprensión había que la burguesía catalana decide montar el Instituto Industrial de España, lo colocan en Madrid pero lo financian desde Barcelona. Crean exposiciones industriales, charlas académica, y ni así. No hay que olvidar que estaban luchando con los ingleses, que incluso envían a un economista para hacer campaña contra la burguesía catalana.

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