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Un «voyeur» llamado T. S. Eliot

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Antonio Puente. 

Tiempo de lectura 4 min.

21 de diciembre de 2017. 22:05h

Comentada
Antonio Puente.  21/12/2017
Un «voyeur» llamado T. S. Eliot
  • Título:

    «Poesías completas (1909-1962)»

  • Autor:

    T. S. Eliot

  • Editorial:

    VISOR

  • Nº de páginas:

    1.145 Páginas

  • Precio:

    38 eur.

«Vayámonos entonces, tú y yo, / cuando la tarde está tendida sobre el cielo / como un anestesiado en mesa de quirófano». Cuando, en 1917, T. S. Eliot iniciaba así su primer poemario, «Prufrock and Other Observations», algo cambió radicalmente en la lírica de Occidente. Al rebufo de la Gran Guerra, que Eliot vuelve interior y neuronal, con trajes hechos de jirones, se habla ahí de un sol convaleciente, y una atmósfera con respiración asistida, como el paisaje humano más veraz. Lejos de las invocaciones...

«Vayámonos entonces, tú y yo, / cuando la tarde está tendida sobre el cielo / como un anestesiado en mesa de quirófano». Cuando, en 1917, T. S. Eliot iniciaba así su primer poemario, «Prufrock and Other Observations», algo cambió radicalmente en la lírica de Occidente. Al rebufo de la Gran Guerra, que Eliot vuelve interior y neuronal, con trajes hechos de jirones, se habla ahí de un sol convaleciente, y una atmósfera con respiración asistida, como el paisaje humano más veraz. Lejos de las invocaciones más o menos sublimatorias o tortuosas de románticos y simbolistas –aunque reciclándolas–, el narrador del poema coge de la mano al lector para conducirlo, cómplice, texto adentro. Y, a la inversa de la tónica clásica de colorear con atributos de la naturaleza la condición humana, hasta el sol es ya «un paciente anestesiado». A la siguiente estrofa se rompe con un esencialismo de siglos, con proclamar: «Pero no preguntemos “¿qué cuestión?” / Vayámonos a hacer nuestra visita».

Ahora, el poeta que con tal maestría incorporó el escondite inglés a la lírica contemporánea, nos es desvelado al completo, por primera vez en castellano, en un impecable tocho, que, con el negro-Visor que antecede al tono carmelita de tapa dura, emula ser, a la vez, su cuna y su sarcófago («En mi principio está mi fin»).

Un desbordante recorrido de 1.145 páginas constituye el primer tomo de sus «Poesías completas, 1909-1962» –al que seguirá un segundo volumen con la producción posterior–, con la incorporación de un centenar de inéditos. A partir de la edición inglesa de «The poems of T. S. Eliot» (Faber, 2015), de Christopher Ricks y Jim McCue, el poeta y traductor cordobés José Luis Rey ha versionado este exhaustivo trabajo, que incluye incontables notas sobre la génesis (y recepciones) de los poemas y el modo en que se bifurcan y aúnan «los dos Eliot»: el innovador y vanguardista de «La tierra baldía» (1922) y el conservador de los «Cuatro cuartetos» (1945). Entre los inéditos destaca la versión completa de «The waste land», como habría quedado si Eliot no le hubiese confiado el manuscrito a su amigo Pound, quien lo redujo a la mitad, cercenando los versos más humorísticos y «prosistas», más conectados con el «Prufrock» inicial.

El mes más cruel

En conjunto, Rey ha optado por una traducción más expositiva y discursiva que la canónica de José María Valverde, al punto de que «April is the cruellest month», por ejemplo, es aquí «El mes más cruel es abril». Se pierde en percusiones nemotécnicas pero se gana en tocar el centro de ese nidal, tan caro a Eliot, en que se amanceban lírica, relato y pensamiento. Es esa voluntad de encrucijada a la intemperie el rasgo primordial del poeta que mejor informó el cambalache siglo XX, pionero en apuntalar la inmanencia y la serialización de escisiones que se avecinaban. Sus poemas muestran el escorzo de su ebullición creadora e incluso deconstructiva, pues semejan ser también una vajilla recompuesta sin que se le note las junturas. Se trata de una imaginería ventrílocua; un «collage» en que la alta cultura (la Biblia, Dante, Shakespeare, John Donne...) se entremezcla con coloquialidad y contingentes soflamas publicitarias y prosaicas. El poeta no es ya un vidente, como quería Rimbaud, sino, en todo caso, un fatídico «voyeur», atento a la irreductible polifonía y polución visual. Como crítico juzgó indispensable la intertextualidad en poesía, ya que la diferencia entre un buen y un mal poeta es que –señaló– aquél «roba» y éste «plagia»...

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