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Vidas a la carta

Un volumen recoge la correspondencia más significativa enviada a lo largo de la historia y reproduce por primera vez algunas misivas inéditas

  • Elvis Presley rodeado de cartas que le mandaban sus fans
    Elvis Presley rodeado de cartas que le mandaban sus fans
M. Alonso-Majagranzas.  Madrid.

Tiempo de lectura 5 min.

21 de junio de 2014. 22:18h

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No hay nada como el sentimiento de esperar una carta que no termina de llegar. Literalmente. Esta incertidumbre es algo que, a grandes rasgos, ha sido seccionado de raíz con la explosión de la digitalización en la sociedad de masas. El correo electrónico –por no mencionar el Whats app, Twitter o Facebook– ha puesto fin de un modo irremediable a la hegemonía del correo postal. ¿Qué sería del océano sin peces y qué será del amor sin cartas? Esta nueva era digital ha mutado algunos escenarios que resultaban vitales para la expresión de cualquier sentimiento, necesidad, petición o deseo y ha acabado con la paciencia y el romanticismo en todas sus vertientes: el tiempo de la reflexión que da la espera terminó. Más allá de las famosas declaraciones de Napoleón a su esposa Josefina, en un sentido homenaje a las epistolares que han sido testigos de «la historia privada de las naciones», un libro, «A la carta» (ELBA), nos abre las puertas a las confesiones y la historia privada de quienes han participado en algunos de los episodios más importantes de la Historia por su preminencia en campos como la literatura, la política o la ciencia.

Conspiraciones y manipulaciones

Con las misivas, los más nostálgicos recuerdan cómo a lo largo de los años las cartas han servido como canales de sinceras peticiones así como de retorcidas manipulaciones y conspiraciones. También como testimonios de lucha y declaraciones de enemistad. Amantes, escritores con monóculo que solicitan ser exiliados de su propio país, supervivientes, madres que adoran a sus hijos y padres que rechazan a sus hijas, artistas y reyes han dejado en el mundo de las letras una prueba feaciente de quiénes hemos sido y del papel de cada uno. Sobre este tema, sorprende, por ejemplo, una de Elvis Presley (1935-1977) a Richard M. Nixon, en la que le trasladaba su preocupación por la situación social de Estados Unidos y expone su disposición plena para «ayudar al país» con «las drogas, los elementos hippies, los SDS o los Panteras Negras» en la etapa final de la Guerra de Vietnam, decía el cantante. «No quiero ningún título o cargo oficial», aclaraba Elvis en esa misiva fechada en 1970, «seré más útil si me nombran Agente Federal Plenipotenciario y podré ayudar a mi manera».

Pero los «tejemanejes» políticos vienen de mucho más atrás. Algunas historias británicas responsabilizan al nieto de la reina Victoria del estallido de la Primera Guerra Mundial debido a la misiva enviada a su primo, el último zar de Rusia, Nicolás II, en 1907 con información «secreta para tu uso personal y para que puedas tener tiempo de hacer tus planes» en la que le advertía de la amenaza japonesa y la inquietud que sentían los británicos hacia ellos. Finalmente, Nicolás II, «Nicky», como se le llama afectuosamente en la misiva, fue asesinado y su primo enviado al exilio en los Países Bajos. Frederick Douglass (1818-1895) fue un hombre autodidacta que afirmó que «la alfabetización es el trayecto desde la esclavitud hasta la libertad». No andaba desencaminado, pues llegó a acordar con el presidente norteamericano Abraham Lincoln el trato que debían recibir los soldados negros durante el transcurso de la Guerra Civil.

Libros quemados

Pero lo que aporta el mundo de las cartas va más allá de la libertad en el estricto significado de la palabra. Su lectura da alas y lleva la imaginación a los rincones más inhóspitos del planeta. Lugares que, sin la descripción incluidas entre sus líneas, muchas personas nunca habrían conocido. Ilustra esta realidad Bernard Berenson (1865-1959) en su misiva a Gustavo Adolfo de Suecia: «Agradezco su carta del mes de enero en la que me hablaba sobre todo de Chipre. Ha hecho que nos decidamos a seguir sus pasos y su carta será nuestra guía». ¿Y ahora? Ahora no habría lugar para literaturas, pues bastaría con usar el GPS. Mientras que en Tercer Reich se quemaban los libros que no compartían la mentalidad del nazismo, el pacifista Mahatma Gandhi escribió a Hitler en singulares términos: «Apelo a usted, en nombre de la humanidad, para que detenga la guerra», y, en la Navidad de 1940, le propuso crear un tribunal de común acuerdo entre Gran Bretaña y Alemania para que indicase cuál de los dos países «tenía razón». «Cuando los corazones de los pueblos de Europa ansían la paz (...) ¿es demasiado pedir que haga un esfuerzo?».

Por otro lado, las cartas también han sido testigos de las confesiones y de los celos más profundos. Así, Mozart (1756-1791) le pedía a su esposa que «no salgáis a andar sola; y si puede ser, no salgáis a andar. (...) Os ruego que en vuestra conducta tengáis en cuenta no sólo vuestro honor y el mío, sino también las apariencias». También Napoleón (1769-1821), que conquistó gran parte del Viejo Continente y consiguió que se le nombrara emperador, sufría de estos males y escribió a su esposa reclamando algo más de atención: «¿Quién puede ser ese nuevo y maravilloso amante que absorbe todos vuestros instantes, que tiraniza vuestros días y que os impide ser solícita con vuestro marido? Josefina, tened cuidado, cualquier noche se abrirán las puertas y apareceré». Pero las letras fueron también traficantes de declaraciones de amor apasionado. «Mi amor y mi adorado: son las ocho y diez. Debo decirte cuánto te quiero a las ocho y diez de un domingo por la noche», escribió Katherine Mansfield a su marido en 1918. O Emilia Pardo Bazán, que se carteaba con Benito Pérez Galdós haciendo gala de unos sentimientos «modernos» e idealistas.

Como en todos los asuntos de sentimientos, el corazón puede ser correspondido o no. En su última misiva al rey Enrique VIII de Inglaterra antes de morir, Catalina de Aragón manifestaba sus últimas voluntades y, como tantas veces hizo, reafirmó su amor incondicional a su esposo. «Os lo perdono todo y deseo y ruego fervientemente a Dios para que también Él os perdone. (...) Os juro que mis ojos os desean por encima de todas las cosas», aunque, como tantas otras veces, de nuevo fue rechazada. Años después, la Reina Victoria de Inglaterra (1819-1901) remitía una carta a su futuro esposo y gran amor de su vida, el príncipe Alberto, en la que, a pesar de demostrar sus sentimientos al más puro estilo inglés, reafirmaba su dignidad regia tajantemente. «Soy la soberana, y los asuntos de Estado ni se detienen ni esperan por nada», le explicó, ante la insistencia del príncipe de salir de viaje un par de días.

FICHA

«A la carta»

Valentí Puig

Elba

216 páginas, 18 euros

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