sábado, 29 abril 2017
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Cultura

Los justicieros del holocausto

  • Con los grandes nombres del aparato nazi condenados en los juicios de Nuremberg, los gobiernos vencedores perdieron interés por apresar a los restantes.

Los justicieros del holocausto

No todos tenían puestos oficiales. Unos simplemente lo hicieron porque consideraban que era lo justo. Para otros, se trataba de un encargo directo de sus superiores o una tarea más. También los hubo, muchos, que actuaron por cuenta propia, aunque jamás coordinados entre sí. Incluso se tenían celos. «Cazadores de alemanes» se les llamó en un principio. Más tarde serían «Cazadores de nazis». Hombres y mujeres que al demostrarse la indiferencia de los países vencedores de la IIGM al respecto, decidieron intervenir para que no se olvidasen las atrocidades cometidas. Algunos actuaron por venganza justo después de salir de los campos de concentración. Otros lo hicieron por simple justicia. El más famoso de ellos, Simon Wiesenthal, titula sus memorias: «Justicia, no venganza». Pero el lazo que los unió fue no dejar impunes los crímenes.

Ahora, el escritor y periodista de «Newsweek» Andrew Nagorski relata en su libro «Cazadores de nazis» (que próximamente editará Turner) ocho misiones de estos «justicieros», desde los juicios de Nuremberg hasta la actualidad; por Europa, Hispanoamérica, Estados Unidos y Oriente Medio. «Hay diferentes tipos. Los que trabajaban para el Gobierno y los que presionaban a éstos para que hicieran más. Poseían personalidades muy fuertes. Estaban dispuestos a desafiar a sus estados y a su propia gente para hacer lo que fuera necesario por encontrar a los nazis. A la vez existían rivalidades y no estaban de acuerdo en todo. Los había vanidosos. Pero, no resto importancia a lo que hicieron», reconoce el periodista. Entre los más destacados figuran William Denson –fiscal jefe del Ejército de Tierra de EE UU–, que se centró en los que llevaron Dachau, Mauthausen, Buchenwald y Flossenbürg y presentó cargos contra 177 personas; Elizabeth Holtzman, culpable de que EE UU creara un departamento que deportase a los criminales de guerra alemanes, así como Beate Klarsfled –famosa por abofetear al canciller alemán Kurt Georg Kiesinger– y su marido, que persiguieron a los miembros de las SS culpables de deportar judíos.

Escapatoria americana

En «Cazadores de nazis» también destaca la persecución a Klaus Barbie en Bolivia, la caza en Brasil de Herbert Cukurs –«El verdugo de Riga»– y la operación del Mosad para secuestrar a Adolf Eichmann en Buenos Aires. Andrew Nagorski reconoce que «pensaban que era su misión. Pero, creo que también había quienes sabían que estaba mal, y simplemente eran conformistas. Iban a hacer lo que fuese porque era lo que se les estaba pidiendo», explica. A continuación, cuenta que «a esta gente no se les debe llamar monstruos, porque, de alguna manera se puede pensar que no son cómo nosotros. Eran personas normales, sin ningún tipo de genética demoniaca. Actuaron de una manera terrible, sí. Si se les hubiese ordenado matar a otras probablemente lo hubiesen hecho. También hubo casos de escuadrones de ejecución, en los que algunos dijeron: “No puedo, no soy capaz de disparar”, y no se castigó a nadie. Fueron asignados a otro puesto, lo que demuestra que no se puede justificar que estaban siguiendo órdenes», mantiene un Nagorski que resalta que, al contrario de lo que pueda parecer, gran parte de los cazadores se centraron en abrir procedimientos legales para que los nazis fueran juzgados.

Pero se trata de un asunto tan amplio que, el autor apunta: «Con millones de asesinatos de por medio fue imposible capturar a todos los culpables. Eran demasiados. Aunque sí existió la posibilidad de capturar a gente para establecer un registro histórico, a la vez que se creó un precedente legal y moral. Pero ha sido un proceso muy imperfecto. Y al final sólo una pequeña fracción de los implicados ha pagado por esos horrores». Un asunto que «perdió interés a raíz de que la Guerra Fría se hizo fuerte. Se produjo una especie de amnesia histórica», completa Andrew Nagorski.

Al mismo tiempo el libro aborda la reacción de la comunidad internacional. ¿Cómo fue posible que los nazis escapasen? «Si uno era una persona corriente y decía que pertenecía al Partido Nazi, por supuesto no recibía el permiso para venir a Estados Unidos. Pero la gente escondía su pasado por razones obvias. Sobre todo aquellos que vivían entre Alemania y la Unión Soviética, como bielorrusos y ucranianos, gente que colaboró con las fuerzas ocupantes. Bastantes mintieron, como también otros pensaron que ‘‘no hacían más que su trabajo y ahora están volviendo a su puesto anterior”». Un viaje donde también sobresale uno de los temas más polémicos entre la comunidad judía en Norteamérica: la participación de muchos nazis en los programas nucleares. A juicio de Nagorski, «con los científicos se fue oportunista. Tanto EE UU como la URSS consideraron que la Guerra Fría era la nueva lucha y que su programa de misiles tenía que ser más fuerte que el del otro lado. Por lo que reforzarse con alemanes era una opción más para vencer».

Otros, sirva el ejemplo de Otto Remmer –negacionista del Holocausto y fundador del Partido Socialista del Reich– se fueron a España. Nagorski recuerda que «tenía problemas en Alemania. Y creo que en la Península no se veía como algo terrible a la gente que tenía un pasado como el de Remmer. Y por eso pensó en España para salir de la jurisdicción alemana, mucho más favorable que Francia o Inglaterra», recuerda del germano que desempeñó un papel fundamental en el fracaso del golpe contra Hitler del 44 y que murió en España.

Un pasado con demasiado peso para que no se tenga en cuenta. Sean las condiciones que sean. El periodista reconoce que «tener una edad avanzada no te hace ser menos culpable. Hay delitos que prescriben. Pero cuando uno es culpable de asesinatos y masacres no se puede dejar pasar. Se le debe a las víctimas. Hay que juzgarles. En la mayoría de los casos, cuando son personas de 80 y 90 años, no van a ir a la cárcel, pero cada uno de ellos sí representa una oportunidad para enseñar a las nuevas generaciones qué ocurrió», explica con unas palabras que recuerdan el reciente caso de Michael Karkoc (98 años), un nazi que vivía en Minnesota como un anciano carpintero. Atrás había dejado, y ocultado, su comandancia de la Legión de Autodefensa y su sobrenombre de «la Bestia de Chlaniów», en Polonia. «Creo que vino prácticamente después de la guerra. La ley de desplazados ayudaba a la gente a salir de la Unión Soviética. Y alguien como él podría pasar como refugiado político. Y no tuvo que decir nada sobre qué hizo durante el régimen nazi. Solo llevar una vida discreta. Además, en EE UU no se puede juzgar a alguien así porque no hay jurisdicción sobre lo que hizo. Sí se le puede retirar la ciudadanía porque se puede decir que mintió al llegar a o puede otro país, como Polonia en este caso, pedir la extradición. Pero estos procesos son bastante largos», cierra un Nagorski que duda de que Karkoc termine en prisión debido a la dilatación de estos procesos judiciales.

Herman Göring, morir como un soldado

Querían morir ejecutados por un escuadrón. No colgados. Por eso, Hermann Göring –en la imagen, de pie durante los juicios de Nuremberg–, el más alto militar nazi juzgado allí se escapó de la horca tras tomar una pastilla de cianuro que precipitó su final. Después de escuchar el veredicto que dio por cerrado el proceso, volvió tembloroso a su celda. Su expresión estaba congelada cuando regresó. En cambio, no le preocupaba la sentencia. Ni se arrepentía. Nagorski explica que «la mayoría no lo hizo en absoluto. Por ejemplo, escribo al principio sobre el joven fiscal de Nuremberg. Ninguna de estas personas dijo jamás que sentían lo que habían hecho. Siempre había excusas: “Seguía órdenes”, argumentaban. Creo que había algunos que creían que tenían el cometido de matar judíos, gitanos o lo que fuesen. El arrepentimiento era muy extraño», explica el periodista. En el caso de Göring, sólo estaba aterrado por lo que sería su honor militar. Quería que le disparasen. Deseaba morir como un soldado.

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