jueves, 27 julio 2017
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Cultura

Luis Cerezo: «Al público le atrae el circo, no el poeta»

Luis Cerezo: «Al público le atrae el circo, no el poeta»

Dejó un buen trabajo por cuestiones morales aun quedándose sin dinero. Confiesa «haber ido a las entrevistas con periódico en la suela de los zapatos rotos, porque no tenía más que 35 euros en el banco». Rebelde en la escuela, que abandonó pronto, Luis Cerezo es un alma inquieta sin miedo a cambiar completamente de vida, algo que ha hecho varias veces. Ha sido músico de jazz, boxeador, empresario, cineasta y ahora ha escrito «Eo» (Suma de Letras). Un niño solitario encuentra un animal escapado del circo y oculta su descubrimiento para conservarlo como amigo. Pero un elefante es un secreto difícil de ocultar... Una fábula que contrapone la mezquindad y la ternura, la sinrazón humana y la amistad de un niño con un animal. Una deliciosa historia sobre un corazón puro para leer con alma de niño.

–¿A quién va dirigida, a jóvenes o a mayores con sensibilidad de niños?

–Tiene algo de narración oral, de «El Principito» o de Tolkien, que escribió «El Hobbit» para ser narrado. Es una novela de aventuras para todo el mundo. Tras la historia del niño y del elefante hay cargas de profundidad y aspectos éticos que pueden hacer reflexionar: el maltrato y el abandono animal, la manipulación de los medios de comunicación, el despertar al mundo adulto... Vale para jóvenes y mayores.

–¿Cómo surge una idea así?

–Tratando de recuperar mis experiencias juveniles escribiendo cuentos, reflexiones... inicié una novela y en un momento concreto me llegó «Eo». Lo vi tan claro que lo escribí en una semana en jornadas de hasta diecisiete horas. Luego hubo que pulirlo, pero lo esencial estuvo en ese tiempo.

–Toda fábula tiene un fin didáctico, ¿qué enseña «Eo»?

–El cuento de la estaca. Al elefante lo atas con un pequeño cordel y no se va. Le queda grabado cómo lo educan poniéndole limitaciones. El libro tiene que ver con la salida del niño del contexto y sus limitaciones. Al apartarse de lo estipulado emprende un camino hacia la madurez porque es capaz de responsabilizarse de otro.

–A los niños se les mima, se les maltrata... pero, ¿se les escucha?

–Pedro es un niño llave, un fenómeno muy típico en Japón. Los padres trabajan y ellos desayunan, van al colegio, comen solos y, a veces, cuando vuelven los padres ya están en la cama. Esto es terrible. Una manera de educar a los niños es escucharlos, pero ellos también han de aprender a hacerlo. Yo intento educar a mis hijos en el valor del silencio y la escucha mutua.

–¿Existe un lenguaje entre niños y animales por encima de las palabras?

–La cultura tradicional posee algo que no sólo tiene que ver con la razón. Una parte fantástica que conecta con el mundo de las intuiciones o del instinto, que también son patrimonio del ser humano. A veces, esto es más importante que el raciocinio, pero se nos olvida y los niños son un ejemplo. Tienen una parte afectiva que conserva el instinto y la intuición.

–¿Perciben el mundo de forma diferente a los adultos?

–Tienen una mirada abierta, sin prejuicios. Miran con el ojo limpio y el corazón puro. Esto también les pasa, o debe pasarles, a los artistas, que han de tener esa mirada libre de prejuicios.

–Pero aparece la crueldad entre ellos.

–Es que hay personas que llevan el mal y algunos pueden ser muy crueles con los más débiles, que tienen un mundo interior más rico porque las heridas ayudan a crecer. La vida difícil, llena de experiencias y de obstáculos, te hace madurar. Ésa es mi propia experiencia. En un mundo que tiende a la uniformidad, al que es diferente se le ataca.

–Refleja en el cuento un tipo de prensa y redes sociales.

–Aquellas en las que la economía parece importar más que el niño. Es el reflejo de un mundo materialista que valora a las personas por la audiencia y eso es inhumano. Lo que atrae al pueblo es el circo, no el poeta, y muchos van a lo fácil, que suele ser lo más destructivo.

–Usted comenzó en la música pronto...

–Dejé el instituto. No atendía, no veía bien y no me enteraba. Me dedicaba a hacer poemas, dibujos... me aislaba. Con 15 años me fui a tocar la batería en una orquesta de jazz, a ganarme la vida profesionalmente por las noches y participando en «jam sessions». También me dediqué al estudio del arte y al boxeo amateur, donde me dieron bastante.

–Hasta que descubrió el cine.

–He leído y estudiado mucho, pero como autodidacta. Con la que sería mi mujer y sin apenas comunicarnos, porque es japonesa, vimos «Al final de la escapada». Después de la proyección, le pedí matrimonio y decidí abandonarlo todo para hacer una película. Me dije, esto es lo quiero hacer. Así nació «N@ufragos». No sabía nada de cine, sólo me puse a filmar. Todo fue experimental. Después vinieron «Fiesta», «Ocaso» y «Plan B», que han estado por distintos festivales internacionales.

–Fundó Cinelibre y escribió un manifiesto. ¿Qué revindica?

–Es una reflexión sobre la autoría cinematográfica. Hay quien pone en duda que el director sea autor único de la obra al existir fotógrafos, montadores, músicos o guionistas que tienen una grandísima parte en su confección. Creí interesante encontrarme con los actores llevando todas las tareas creativas y técnicas en solitario, cámara en mano. Aislarnos autor y actores sin más interferencias que la óptica de la cámara fue una experiencia fantástica. Sin esas prisas que da la escasez de recursos, se podrían hacer grandes cosas. Es una alternativa más para hacer cine.

–¿Y qué son «Los González»?

–Una serie que presenté a la televisión autonómica. Trata de una familia con todos sus miembros en paro que decide montar un canal de bromas con cámara oculta en YouTube. Lo novedoso era que mezclaba ficción con personas reales, y encantó al público. Al poco, la adquirió Televisa y fue portada de Cannes, junto a grandes series. Se espera su estreno en Argentina, México, Portugal, Italia...

–Y la literatura, ¿qué lugar ocupa en su vida?

-Mi elemento ha sido siempre la escritura. Antes de hacer una película, la escribes, igual que en la música. Necesitaba una masa crítica, dejar que llegara la necesidad y esa vuelta al estadio original que sólo alcanzas después de haber vivido mucho. Actualmente la literatura ocupa un lugar central en mi vida y ya estoy preparando mi próxima novela.

–Con tantos registros diferentes, ¿cómo se definiría?

–Las etiquetas son un error. Conozco a un filósofo que toca la flauta, hace esculturas y cuida cabras. ¿Cómo etiquetarlo? En mi caso, soy creativo porque invento cosas, especialmente con palabras. Ahora éstas ocupan todo. Resulta curioso que, cuando escribo mucho, del piano no sale nada. Es como si las palabras tuvieran celos del instrumento.

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