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Terele Pávez: Raza es la palabra

La actriz, una de las intérpretes más personales del cine español, falleció ayer a consecuencia de un derrame cerebral. Acababa de cumplir 78 años. Vivió al límite. Imposible no recordar su voz quebrada ni el filo de su mirada

  • La actriz con su Goya en 2014
    La actriz con su Goya en 2014 / Jesús G. Feria
G. Pajares. 

Tiempo de lectura 4 min.

12 de agosto de 2017. 00:11h

Comentada
G. Pajares.  11/8/2017

Hubo un tiempo en el que en el cine español existían las carreteras, pocas, pero las había. Se tomaba algún tren de vez en cuando y el avión era un medio de transporte de lujo. Profesiones como la de actriz no estaban demasiado bien vistas porque implicaba ganarse la vida por los teatros de poca monta, doblando funciones y apenas parando para llevarse un bocadillo a la boca. Cuando había suerte. Terele Pávez, una actriz de raza, corajuda, con voz enorme y rotísima por los excesos de querer vivir la vida y con estampa potente, nació a la interpretación precisamente en un momento duro en que los titiriteros tenían que gastar muchas suelas para poder llegar a fin de mes. Sin embargo, para ella, el mundo del espectáculo no le era desconocido. En su casa la interpretación estaba en el aire, se respiraba. Sus tíos eran compositores y tres de las hijas del matrimonio habían decidido dedicarse al espectáculo, con la cantidad de otras cosas que podían haber hecho.

La suya ha sido, hasta ayer, una vida plena. Le dio tiempo hace apenas unos días a cumplir los 78. Había estado con la salud quebrada. Y después de pasar por una época dura en la que incluso llegó a vivir en la calle, casi pidiendo limosna (aquel tremendo 2008 de mal recuerdo en el que la vimos como no queríamos haberla visto nunca), había vuelto a su profesión por la puerta grande, ella, que siempre fue una grande de reparto y no tuvo un papel principal que bordar. Un papel a su medida, como ella. Ayer murió en el Hospital de la Paz víctima de un derrame cerebral. Su carrera fue plena tanto en el teatro como en la pantalla y la televisión. Su primera oportunidad en el cine se la dio con apenas 12 años Luis García Berlanga en «Novio a la vista» (1953), una deliciosa comedia con mucho de sonrisa y bastante de risa amarga en la que era una niña más de la pandilla de verano. En 1959 se fijó en ella Jess Franco para el reparto de «Tenemos 18 años», una comedia fantástica en la que interpretaba a una jovencita que deseaba vivir nuevas aventuras y, al no poder, optaba por inventárselas, con la connivencia de una amiga. El mismo año que Mariano Ozores la fichó para «Las dos y media... y veneno». Ya en los setenta trabajó a las órdenes de Bigas Luna en «Tatuaje». Lo suyo venía de cuna. Su manera de hacer y, sobre todo, esa voz tan rota y quebrada en tabacos y bares, la dirigió hacia un tipo de papeles.

Director fetiche

En «Los santos inocentes» (1984), a las órdenes de Mario Camus, cuajó una soberbia interpretación en la que dio lo mejor de su registro, aunque sería 1996 el año en que se encontraría con Álex de la Iglesia, su director fetiche (o quizá fuese ella la actriz que él siempre quiso). De esa fructífera unión nacieron algunos de sus más grandes trabajos. El primero, «El día de la bestia», en 1995. Fueron siete películas las que rodaron juntos más dos series de televisión a sus órdenes. Con él, de Bilbao como ella, que se definía como «una zurda arregladita», se convirtió en una mujer de armas tomar en «La comunidad» (2000): a recordar su salto «Matrix» de una azotea a otra y cada uno de sus gestos, realmente aterradores; se trasladó al «western» en «800 balas», junto al también desaparecido Sancho Gracia. Repitió en 2010 en «Balada triste de trompeta», y tres años más tarde bordó a una bruja de las de verdad, Maritxu, en «Las brujas de Zugarramurdi», por la que se llevó el Goya a la mejor actriz de reparto. En 2015 vivió «Mi gran noche» en lo que fue la recuperación para la pantalla de Raphael, menuda pareja (el artista se dolía ayer de la pérdida de una actriz «enorme. No te olvidaremos», escribía en Twitter). La última la estrenó este año. Una cinta también coral en la que del primer al último actor reverenciaron su trabajo: «El bar». Un papel que, dijo, la había dejado literalmente machacada, con el que «he sufrido mucho, porque no era llegar decir un par de frases y ya está. La tensión se respiraba y yo he sufrido una barbaridad». Aunque tras el esfuerzo llegaba la recompensa del director, un amigo para quien también fue la intérprete de «La Celestina» (dirigida por Gerardo Vera en 1996). «Lo mejor es que cuando todo acaba, Álex siempre te premia con una palabra de cariño, te hace ver lo positivo que es tu trabajo y lo que ha merecido el esfuerzo. Te lo agradece y lo valora. Y eso es realmente bueno», decía.

Su pasión, aseguraba, no era estrenar y colocarse delante de los focos y las luces. Era el rodaje, las horas con el equipo, las horas de plató. Sufría entre una película y otra por no poder estar metida en un papel. Y el público siempre supo agradecerle el esfuerzo, la interpretación, el desgarro de cada personaje. Ayer, Álex de la Iglesia confirmaba la terrible noticia desde el hospital madrileño mediante un tuit. Él prefería recordarla espléndida, como en otros tiempos. Santiago Segura también mostró su dolor a través de las redes sociales: «Como si me pegaran una patada en la cara, me llaman para informarme del fallecimiento de Terele Pávez. Hace unos días fue su cumpleaños...», escribía. Para Juan Antonio Bayona «se va un pedazo inmenso de la Historia del Cine Español. Cualquier adjetivo le queda pequeño a Terele Pávez. Muchas gracias por tanto. DEP.». Nos quedamos con las palabras de despedida de su hijo Carolo: «Podría haber vivido tres vidas, por lo menos, con todo lo que me ha querido».

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