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Loquillo: «De Cataluña no hablo porque tengo miedo»

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Ulises Fuente.  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

21 de marzo de 2015. 19:40h

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Después de esquivar golpes y recibir algunos por opinar sobre la situación política de Cataluña, en el guión de esta entrevista con Loquillo no había preguntas sobre el tema. Pero lo saca él. Así transcurre la conversación con la excusa del último trabajo del músico barcelonés, «Código rocker».

–Rockabilly sí, pero sin bótox.

–Esto se lleva en el ADN. Necesitaba reiniciar el proceso. Dar un paso atrás para dar dos adelante.

–¿Terminó cansado de discos-concepto?

–Tras «La nave de los locos», con las trifulcas del estudio, se me quitaron la ganas. Me planteé estar una temporada parado, pero me dijeron que lo que la gente esperaba de mí era un disco de rock. Así que lo mejor era hacer esta «macarrada» de disco.

–¿Cuál es el «código rocker»?

–Es una actitud frente a la mediocridad, que se hace cuando saltan las alarmas emocionales y te ayuda a recuperar el pulso cuando vuelves al camino a casa. Y saber que no necesitas palabras para hablar con gente que es como tú.

¿Para ser «rocker» hay que pertenecer a la clase obrera?

–Difícil de saber hoy. Soy del tardofranquismo. Para nosotros, el rock era peligroso y ahora es sólo una música, es distinto. Ha derribado murallas, aunque quizá no entendimos a Lennon con 13 o 14 años. Él decía: «Imagina que no hay países». Para mí ha sido un error dejar al rock en su gueto, pero lo dejaron en la marginalidad. Sacarlo de ese ambiente y llevarlo al gran público es mi tarea, y reivindicar músicos españoles que son excepcionales. Hay que ser hortera para irse a grabar a Nueva York con los instrumentistas que tenemos aquí

–¿Es necesario el mensaje político?

–¿Sería posible hacer una canción como «Chanel, cocaína y Dom Perignon»? No. Es que «Políticamente incorrecto» va perfecta al tiempo que vivimos. Es curioso que tantas cosas coincidan. Me considero alguien que es una cámara, que mira la vida a través de los ojos y registra. Trabajo como un director de cine que ordena guiones y trabaja los personajes. Y en este disco está todo lo que soy. Puede parecer de género, pero es un disco de torpedos a la línea de flotación. «Piratas» es otra canción políticamente incorrecta en según qué lugares.

–En esa letra, que es el primer single que grabó, dice: «Las banderas son para quemar».

–Resulta increíble la actualidad que tiene. Cuando se compuso esta canción se daba por hecho que era una alegoría de un mundo sin fronteras y que el rock rompía las barreras. Y, de repente, está de actualidad porque va a la contra.

–¿Por qué?

–Porque hemos ido para atrás.

–¿Es porque la Transición está ya agotada, o, como dice Serrat, «liquidada»?

–Es curioso que lo diga, porque él formó parte de eso, pero me alegro. Siempre he pensado que la Transición se hizo con ruido de sables y no se hizo bien. El encaje de las autonomías, la politización del poder judicial, la Ley Electoral obsoleta, las listas cerradas... Yo no he votado la Constitución, tenía 17 años. Hay que actualizarla, como a un ordenador. Todo el mundo está de acuerdo. Pero de lo que más estoy cansado es del gran lastre que tenemos: el guerracivilismo. Yo no quiero que mi hijo siga con esta historia. Mi familia era republicana, pero vale ya. Miremos hacia adelante. Estamos todo el día con un lenguaje de otro tiempo.

–Así han surgido Podemos y Ciudadanos.

–Nacen del desconocimiento de los grandes partidos de la Transición hacia los jóvenes. Les cerraron las puertas en las narices. Tengo amigos en esos dos partidos que estaban en PP, PSOE o IU y no les hacían caso, se han perdido gente brillante y preparada. Tengo la misma edad que Zapatero. Y pensé que con alguien de mi generación, algo iba a cambiar: y termina volviendo Rubalcaba. Te dan ganas de salir corriendo. Y en la derecha, también. Hemos crecido con lo mismo, y no entiendo que alguien de mi edad me diga que escuchaba a Paco Ibáñez, cuando lo que sonaba eran Radio Futura, Alaska y Los Trogloditas. Pero a los políticos sólo se les ocurre mencionar «Mediterráneo» o Silvio Rodríguez. ¿Les da miedo? Igual desde la derecha podrían citar a Los Secretos o Los Hombres G, ¡o Los Nikis! ¡Si es lo más normal!

–¿Los nuevos partidos son diferentes?

–Bueno, lo que dicen los dirigentes de Podemos no tiene nada que ver con la gente que está en Podemos. Sé de qué va Ciudadanos, pero no Podemos. ¿Dónde están? Entiendo lo de la casta. Pero van y eligen «L’estaca» de Lluís Llach, ¡que para mí es la casta!

–Ciudadanos aparece como alternativa no rupturista.

–Eso es cambiar todo para que todo siga igual.

–¿Es optimista sobre el futuro?

–Algo debe cambiar. Pero hay riesgo: los paracaidistas son una cosa, los caraduras son otra. No pongamos en el mismo saco a Luis García Montero que a Juanjo Puigcorbé. Él merece un respeto. A Luis Alberto de Cuenca le costó que le pusieran a parir. Espero que los medios de derechas no cometan el error con él que los medios de izquierdas cometieron con Luis Alberto de Cuenca, que le machacaron.

–¿Qué opina de Puigcorbé?

–He estado sentado con él con Felipe y con Terenci Moix, pero cada uno sabe lo que hace. Yo digo que una cosa es ser un paracaidista y otra ser como García Montero, que tiene una trayectoria intachable. Se la ha jugado. Pero aquí nos gusta señalar y «pasear» a la gente.

–¿Volvería a involucrarse?

–No, porque soy disidente profesional. No sirvo para ser disciplinado.

–Y además, usted miente. Dijo que nunca más cantaría «Quiero un camión».

–(Risas) Ésa es buena, ¿eh? Como táctica. Éste era el momento, con Mario Cobo, tocando así. Antes no podía hacerla, porque no quedaba igual. Igual que «Tatuados», que fue una escena que presencié. Una pareja se tatuaba y me pareció bonito. Años después, me encontré al chico y me dijo que se habían separado. «¿Y qué vas a hacer con el tatuaje?», le pregunté. «Me lo voy a dejar», me dijo.

–Como una cicatriz.

–Sí. De hecho, todos mis tatuajes son momentos difíciles de mi vida. Tengo uno del que la gente se ríe. Pone «Amor propio». Fue un momento muy duro en el que lo único que me salvó fue creer en mí.

–Versiona «I Fought the Law», de The Clash.

–La música te ayuda a crecer. Yo he aprendido con cada disco con Sabino y con Luis Alberto. Ahora hago «Código rocker» porque quería hacer el indio, entre comillas. Que no se me acuse de nada, es argot.

–Está muy susceptible, ¿le malinterpretan mucho?

–Últimamente, sí. Hay que ir con mucho cuidado, porque la situación ronda el absurdo. No vamos a hablar del tema de Cataluña, pero...

–No, a menos que quiera.

–Pero es que tengo que decir que no puedo hablar. Es muy duro.

–¿Le atacan por ello?

–Tengo miedo, punto. La mejor manera de hablar de Cataluña es decir: «No puedo hablar». Y que cada uno piense lo que quiera. Y así tus palabras no se malinterpretan. Puedo hablar en España de todo lo que me de la gana...

–¿Menos de...?

–Que la gente lo piense. Pero es difícil para mí. A Madrid vengo y debatimos de todo y no tengo miedo, pero de lo otro sí. No puedo hablar del tema porque ya sabes. Bueno, así nos han llevado. Pero hay muchos ejemplos de gente brillante que se ha ido de Cataluña. Ya veremos, a lo mejor cuando haga falta reconstruir los puentes, me llaman. (Risas).

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