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Paul Simon, pastoral americana

Crítica de música

Canciones sobre emociones que traslucen una crónica de costumbres

  • El cantante de Nueva Jersey, durante su actuación ayer en el Palacio de los Deportes
    El cantante de Nueva Jersey, durante su actuación ayer en el Palacio de los Deportes
Ulises Fuente.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

19 de noviembre de 2016. 11:22h

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Se llevó una enorme ovación al aparecer en el escenario tras 25 años de ausencia. Paul Simon regresaba a Madrid arropado por un Palacio de los Deportes casi lleno, con asientos cubriendo toda la pista. Unos 9.000 espectadores dispuestos a emocionarse con las canciones que han marcado a varias generaciones. Por lo visto anoche, Simon está en plena forma, pero ¿habrá sido ésta la última vez?

Simon pertenece a esa mitad educada, culta y respetuosa de esos Estados Unidos partidos en dos hoy en día. Y en un contexto político como el actual, canciones como «America», que trata de la desaparición física y también del fin de los ideales de su propio país, cobraron un nuevo sentido. Fue emocionante escucharle decir «he venido a buscar a América» como un pastor de fe discreta.

Empezó su repertorio por la raíz americana de «The Boy In The Bubble», magníficamente interpretada, y continuó por la agridulce crónica sentimental que le ha hecho célebre en «50 Ways To Leave Your Lover». Canciones sobre emociones que traslucen una crónica de costumbres son la marca de la casa, temas que ponen de relieve el delicado equilibrio moral de la clase media americana, el modelo de familia perfecta. «Dazzling Blue» ahondó en su lado íntimo y se declaró «muy feliz de estar aquí después de tanto tiempo». Con tono lacónico invitó a bailar «aunque a los chicos de seguridad no les guste» (y no les gustaba, porque ordenaban a todo el mundo sentarse) justo antes del tex-mex de «That Was Your Mother», otra pieza festiva con trasfondo moral. A través de esas escenas sentimentales, canciones levemente impúdicas escritas para la clase pudiente, Simon ha radiografiado la moral de su propio país. Y de esos polvos, estos lodos. No olvidemos que un tema como «Rewrite» trata de un veterano de Vietnam que trabaja en un túnel de lavado de coches y quiere reescribir las páginas del final que le ha sido asignado. Ésa es la escuela literaria que Simon ha fundado. De la músical, «Me And Julio Down By The Schoolyard» sentó la cátedra.

Tampoco escatimó el viaje fuera de su país: «Mother And Child Reunion», con su acento reggae, y «El cóndor pasa», claro, con su estilo andino. Y su experiencia con la ayahuasca que inspiró «Spirit Voices» porque, no nos engañemos: un hippy es un hippy por muy apocado que parezca. Sacó su gopichan (un instrumento indio, según aclaró) y luego, claro, por la madre África hasta llegar directos a «Graceland». Pero todavía quedaban «The Obvious Child», con su mágica melancolía, y «Homeward Bound», que precedieron a «Duncan» en la primera hora de un concierto y la banda, de nueve miembros, seguía sonando perfecta.

Con «You Can Call Me Al» los bailongos derrotaron a la seguridad definitivamente, pero aún quedaba la duda. Esa duda. Cayó «Wristband», «Bridge Over Troubled Waters», «Late In The Evening», «Graceland», «The boxer» y «The Sound of Silence». Pero no, no cayó el gordo en Madrid al cabo de más de dos horas y media, tampoco se pudo escuchar «Mrs. Robinson», un tema que Simon esquiva casi siempre. Quizá haya una próxima vez.

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