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Un Mozart, borracho de gorgoritos, para una apertura bicentenaria

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Gonzalo Alonso. 

Tiempo de lectura 4 min.

14 de septiembre de 2017. 00:15h

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«Lucio Silla», de Mozart. Kurt Streit, Patricia Petibon, Silvia Tro Santafé, Inga Kalna, María José Moreno y Nenneth Tarver. Ivor Bolton. Claus Guth. Teatro Real, Madrid, 13-IX-2017.

Si abrir temporada siempre supone un compromiso y un riesgo, más aún cuando el Real anuncia a bombo y platillo que esa temporada es «algo excepcional». Nada menos que la celebración auténtica de los veinte años de su reapertura y, algo más discutible, los doscientos de su fundación. En un patronato se aprobó por unanimidad que las inauguraciones de temporada deberían ser con una producción propia o coproducción. Personalmente jamás hubiera elegido para la ocasión el título que presenta el Teatro Real y, ni estamos ante una nueva producción ni ante una coproducción, sino ante el alquiler o compra de una de hace doce años. «Lucio Silla» no pasa de ser una obra menor en el catálogo mozartiano de 22 obras escénicas. Fue su octavo título, la tercera ópera si nos ponemos escrupulosos, escrito con tan sólo 16 años. Obviamente no estaba ni en su plenitud ni en condiciones de exigir un libreto sólido y el de Giovanni de Gamerra no reúne el menor contenido dramático por mucho que lo revisase Metastasio. El argumento se puede resumir en cuatro líneas y sus complicadas dieciocho arias responden más a un reflejo de los sentimientos de cada personaje que a un desarrollo de la acción que se guía por los recitativos. Se ha escrito que duró 6 horas, afortunadamente en el Real se ha quedado en tres y media y ya es bastante, porque la primera parte de la representación pesa. Estamos ante una borrachera de gorgoritos, de factura muy similar y en las que, de vez en cuando, se vislumbra el genio mozartiano.

Mozart quiso escuchar las voces de sus cantantes antes de terminar la partitura, pero no le fue bien porque se retrasaron sus llegadas e incluso hubo que sustituir al tenor de Silla. Permítaseme una maldad. Quizá, cabreado con ellos y como venganza, les escribió arias absolutamente inclementes, como el «Parto, m’afretto» de Giunia. La ópera nunca ha levantado el vuelo –por algo será- ni Mozart la volvió a ver, ni se programó jamás en el Real, Salzburgo la recuperó en 1975 y el Liceo la estrenó en 1987 para volverla a llevar en 2013. Es justo esta producción la que trae el Real con ese ya manido anuncio «nueva producción en el Teatro Real». ¿Qué se pretende con tal medio verdad?

Una vez dicho lo cual, he de añadir que el trabajo de Claus Guth, estrenado en Viena en 2005, puede calificarse como fuera de serie. Sigue los mismos patrones de la «Rodelinda» vista en nuestro teatro: una fea plataforma giratoria y movimientos escénicos durante las arias que buscan reproducir lo que pasa por las mentes de los personajes. Combina así la presencia del cantante de turno con las figuras y situaciones a las que se refiere su canto, logrando así una agilidad que ayuda mucho al público de nuestro tiempo, muy necesitado de acción. Respetuosa con texto y partitura, cambia el tiempo de la acción, pero el resultado hubiera sido análogo de optar por un vestuario romano, suprimiendo unos roídos asientos de avión. La buena iluminación ayuda a configurar una producción de referencia en el título.

Ivor Bolton dirige con la vivacidad, la chispa, que precisa la partitura. La orquesta rinde al máximo, al igual que el coro, un punto estridente. El reparto del Real es prácticamente el mismo que el del Liceo hace cuatro años. Quizá porque el tenor con el que Mozart contó para Sila dejaba bastante que desear, no le concedió el protagonismo principal, pero Kurt Streit le saca todo su partido, tanto vocal como escénicamente. En esto último está espléndida la Giunia de Patricia Petibon, justa en algunas coloraturas, porque son imposibles, pero lejos de las de Bartoli o Gruberova en sus grabaciones y siempre con personalidad y expresividad arrolladoras. Inga Kalna resuelve con suficiencia las de Lucio Cinna, al igual que Silvia Tro Santafé las de Cecilio. María José Moreno brilla en el papel de Celia y Kenneth Tarver supera su difícil página. Brilla la homogeneidad y se agradece.

Una buena representación e interesante, ovacionada por quienes que se quedaron hasta el final, pero más idónea en medio de esta temporada «especial» que abriéndola.

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