martes, 22 agosto 2017
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Cultura

Ocho «drogatas» para acabar con Marley

  • El 3 de diciembre de 1976, un grupo de hombres intentó matar a Bob Marley. ¿Quiénes eran? Marlon James describe con pulso de «thriller» lo que sucedió.

Bob Marley logró unir las manos de los dos rivales políticos Michael Manley (al fondo) y Edward Seaga (junto a él) en un concierto
Bob Marley logró unir las manos de los dos rivales políticos Michael Manley (al fondo) y Edward Seaga (junto a él) en un concierto

A finales de los años 70, en la pequeña isla de Jamaica desembarcaban una cantidad inusual de armas ilegales y baratas que equipaban a las guerrillas de la capital, Kingston, dividida en gigantescos suburbios. También entraban como un torrente, con total libertad, grandes cantidades de heroína y cocaína, en su ruta hacia EE UU. Parte de este equipaje se quedaba en la isla para sacar de quicio a una nación de jóvenes que iba perdiendo el respeto por la vida ajena. La situación política en Jamaica era un bidón de gasolina bajo el sol de agosto. El gobierno del socialista moderado y blanco Michael Manley, el PNP, se enfrentaba a unas elecciones cruciales frente al conservador JLP. Ambos partidos, que cambiaron de principios ideológicos varias veces durante los años, se han repartido los barrios de la ciudad y arman y alientan a sus escuadrones de la muerte. Funcionan casi como dos instituciones mafiosas y caciquiles. En ese contexto, Bob Marley, que ya es una celebridad mundial, anuncia un concierto en la capital que es interpretado como un acto electoralista a favor del PNP y que EE UU ve como una amenaza en su lucha contra el comunismo en su patio trasero. Dos semanas antes de los comicios, la propaganda y los rumores calientan el ambiente y varios agentes de la CIA alientan el intento de asesinato de Bob Marley. Serán apenas unos días frenéticos en los que la temperatura no deja de subir. La CIA no quiere intervenir descaradamente, pero es partidaria de camuflar una operación para eliminar al artista en medio de la lucha a muerte entre las facciones rivales. Marlon James pone voz e imagina muy libremente a capos, agentes secretos, chicos de la calle, hombres de confianza del «Cantante» (como se menciona a Marley siempre en la narración), muchachas de arrabal, y hasta un periodista de la revista «Rolling Stone» que se encuentra en la isla en esa época de diciembre. La novela, «Breve historia de siete asesinatos» (Malpaso), obtuvo el premio Man Booker en 2015 por su ritmo electrizante –en su nada breve duración hay muchos más de siete asesinatos– y por el crudo retrato que hace de una sociedad desalmada en pleno Caribe. La narración, de corte tarantiniano, avanza veloz y poco a poco gana en complejidad histórica: veteranos del desembarco en Bahía de Cochinos, rastafaris, prostitutas, AK-47 y hasta la estrella del reggae Peter Tosh y Mick Jagger. Pero sobre todo muchos «chicos sin futuro a los que les dicen que tres rayas más y les da igual a quién matar», como describe una de las voces. De esa calaña son los integrantes del comando reclutados para acabar con Marley. La fecha se acerca y la narración de James se acelera a cada disparo y cada esnifada, mientras los personajes alucinan en los suburbios, basureros en los que apenas pueden sujetar su mente, que galopa en primera persona sobre la aceleradora sustancia blanca.

Hasta que llega el día. Tras burlar a los matones que la custodian, ocho «negratas» entran en la casa de Marley armados con automáticas y disparan doscientas balas en el salón y la cocina, como si aquello fuera OK Corral. Evidentemente, no matan al «Cantante» (como es conocido, falleció de un tumor mal curado en 1981) pero hieren de gravedad a su mánager y a uno de sus músicos. Fallaron porque no eran más que muchachos drogados hasta las cejas que cerraban los ojos mientras aprietan el gatillo. Hieren a Marley pero, en su bisoñez, no se cercioran de que ha muerto y huyen. Todo lo que ocurre antes y después de esta secuencia es una historia muy disfrutable aunque algo cacofónica, porque los testimonios de los casi 70 personajes que entran y salen a escena mantienen mucho en común. Sin embargo, la trama mantiene el pulso porque se desarrolla en varios marcos temporales, que abarcan desde 1959 hasta 1991, y en diferentes escenarios. La novela es en el fondo una historia sobre Jamaica (ahora que está tan de moda lo de la Gran Novela Americana, esta podría ser la Gran Novela Jamaicana) pero que no transcurre sólo en la isla. El narco colombiano, Ecuador, Cuba y Miami son coordenadas del libro que acaba por desarrollarse en una casa de yonkis de crack en Nueva York.

Colonial y moderna

Y es que Marley, como un «macguffin», jamás toma la palabra sino que aparece en la trama como una referencia en la sombra. Y la novela se va transformando, por habilidad de James, en un «thriller» que hila los detalles del atentado con aspectos de la Historia de Jamaica, tanto de la época colonial como de la moderna. Por ejemplo, las decisiones del presidente Manley que perjudicaban a las compañías de bauxita (estadounidenses) y a la élite económica y social (blanca) de la isla, la carestía de alimentos e incluso los proyectos que prometen instalar sanitarios de los que carecen las viviendas de chapa de miles de personas. La propaganda comienza a relacionar al «Cantante» con Fidel Castro, al que se acusa de entrenar a los pistoleros de Manley. La CIA estaba llevando a cabo operaciones como la que eliminó a Lumumba en el Congo por medio de operaciones anticomunistas que financian a sus rivales políticos, y que se extienden con incursiones en Chile, Ecuador y Argentina. Centenares de sus hombres actúan casi por libre. En la isla coinciden hasta cuatro agentes o ex agentes que enseñan a manejar la M16 y a detonar cargas de explosivo C-4.

Algo debía imaginarse Marley sobre la autoría intelectual del intento de asesinato, porque ocho meses después del suceso publicó «Rastaman Vibration», su octavo álbum de estudio, en el que dejaba una pincelada en la canción «Rat Race»: «Rasta don’t work for no CIA» («Los rastas no trabajan para la CIA»). Nunca ha podido demostrarse tal teoría, porque los informes de la agencia secreta sobre la isla siguen clasificados. Los autores materiales desaparecieron y por eso Marlon James imagina lo que les ocurrió a cada uno de los integrantes del comando: unos fueron torturados y asesinados por los rastas, otros por sus compañeros de misión, y algunos se reciclaron en el narcotráfico. En los 80, los gangsters jamaicanos de Nueva York eran conocidos por una reputación de extrema violencia, fruto de un aprendizaje en Kingston, y allí es donde termina enganchado al crack uno de los personajes de esta historia, cuyos derechos, por cierto, han sido adquiridos por la HBO –James ya está escribiendo el guión–. Entonces, al final, nos damos cuenta de que los siete asesinatos del título son los de los siete, de ocho, integrantes del comando que trataba de matar al Cantante.

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