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«Rilke fue un pobre muchacho incapaz de amar»

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Toni Montesinos.  Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

17 de noviembre de 2015. 00:22h

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Toni Montesinos.  Barcelona. 17/11/2015

Un buen día, Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) revisó sus inquietudes literarias y vitales hasta componer un volumen sobre sus artistas predilectos, titulado «Libro de réquiems», que se convirtió en todo un éxito allá por el año 2004. Se trataba de un libro de memorias: del yo como lector, del yo como visitante de los lugares en los que vivió y murió el autor admirado.

El propósito del autor de ascendencia germana pero de infancia andaluza, en todo un temperamento romántico, era idealizar lo pretérito frente a un mundo actual que le parecía amnésico, prefabricado y mimético. Wiesenthal, especializado en libros de viajes –recorriendo el Danubio, en barco a Nueva York en el «Queen Elizabeth» o escribiendo dentro del Orient Express– y toda una autoridad en el campo de la enología, aparecía así ante el gran público, y casi era algo insólito que un autor con una biografía cultural como la suya y una erudición tan rica y políglota no llevara décadas dando sus escritos y regalando conferencias.

Si en aquella primera ocasión el lector pudo seguir las huellas de Dostoievski y Tolstói en Rusia, o de Nietzsche y Casanova en Italia, o asomarse a su vida parisina haciendo vida de dandi con presupuesto de vagabundo, más tarde pudo conocer «El esnobismo de las golondrinas», el recuerdo de esos mismos lugares amados a lo largo y ancho del continente en los que se impregnó del antigua alma europea, y enseguida, la obra que daba forma de «Trilogía Europea» al conjunto con la voluminosa novela «Luz de vísperas» (2008); en ella, recreaba la descomposición del humanismo por culpa de las guerras entre los años 1880-1960 en ciudades como Praga, Viena o Berlín.

Estas tres magnas obras que hicieron que Wiesenthal se granjearse un alud de lectores a un lado y otro del Atlántico tenían vasos comunicantes, autores fetiche que volvían una y otra vez, muy en particular Stefan Zweig, y también otro al que ahora acaba de dedicar un estudio biográfico, poético, titulado «Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)» (Acantilado), que se pone a la venta la última semana de noviembre.

Ya en «Luz de vísperas» eran frecuentes las «angelicales» apariciones de Rilke, que era un personaje más como Tolstói y tantos otros autores importantes. Pero es ahora cuando, en otro esfuerzo extraordinario, Wiesenthal le ha dedicado una atención capital tras su libro «Siguiendo mi camino» (2013), en el que la sensualidad y la experiencia íntima se intensificaban gracias a un puñado de canciones en diferentes idiomas que el autor solía interpretar en público de joven, en hoteles, cafés o cruceros. «Soy consciente de que no podía escribir este libro cuando era más joven», nos cuenta al advertir que se trata de una de esas creaciones en las que resulta evidente que parten de una entrega monumental. «Hay obras que sólo pueden crearse a cierta edad, cuando uno ha superado muchos prejuicios y ha cometido muchos errores, pero permanece fiel –más fiel que nunca– a sus ideales». Y es que en Wiesenthal ese concepto, el de amar los ideales y hacerlos un modo de vida, hace que la vida se eleve a otro plano que está más allá de lo tangible, material y prosaico; por eso, un poeta como Rilke, «que habla desde una visión espiritualista –a veces espiritista–, subjetiva y mística», dice al comienzo del libro, concuerda con su visión vital y literaria.

Angelical y apátrida

El subtítulo indicaría la importancia de esa vena mística y la capacidad de todo gran poeta para descifrar lo que está oculto a los demás y convertir su contemplación de la vida y la muerte en algo atemporal. No en balde, Wiesenthal afirma que, aunque el libro «habla de un hombre que vivió ayer, parece una crónica de lo que pasa hoy. Aquel infierno que soportaron nuestros abuelos y costó millones de muertos en guerras y revoluciones, todo eso no ha sido enderezado en justicia y se ha disparatado hasta el delirio. Las atrocidades de ayer son las mismas que seguimos padeciendo hoy, multiplicadas por la facilidad de la técnica, que ha progresado mucho para el bien, pero que está siendo utilizada sin piedad para el mal y para la infamia». Rilke, ya cuarentón, fue movilizado para la Primera Guerra Mundial en un tiempo aciago para él, cuando sufre una forzada estancia en Alemania, país que le resultaba antipático y en el que estuvo retenido por su condición de apátrida tras la caída del Imperio Austrohúngaro.

Es la época también en la que se dedica a las «Elegías de Duino» (referencia al castillo de Duino, cerca de Trieste, y a la princesa Maria von Thurn und Taxis, que apoyó al poeta durante los últimos años de su vida), una serie de poemas que comparte también con la que fue su amante durante varios años, Lou Andreas Salomé, la escritora rusa tan vinculada a Nietzsche. Toda una vida que Wiesenthal, nos dice, ha querido enfocar a modo de «libro de iniciación. Porque, en estos años de barbarie, se ha difundido la idea de que basta tener “instrucción” para tener “educación”. Yo nací en otro tiempo, cuando había menos instrucción y más educación, menos genios y más labradores, menos artistas y más artesanos, menos ricos hipocritones vestidos de pobres y más pobres que –limpios por dentro– legaban a sus hijos tesoros de sabiduría, de heroica honradez y de amor». El autor reconoce que empezó este libro de modo «apacible», pero «a la vez que iba desovillando el hilo, me daba cuenta de que ese «relato sencillo» se estaba convirtiendo en un escándalo. Ya que, para comprender a Rilke, hay que «aprender a pensar con el corazón». Y eso es una revolución en una época, como la nuestra, llena de “fanatismo racionalista”».

Sociedad farisaica

Wiesenthal ha incidido en el regusto romántico de contar con la fe y la ilusión ante una sociedad presurosa, tecnificada, que confía más en el dinero que en el espíritu. «No pretendo minusvalorar el tesoro sagrado de la razón, pero rechazo el racionalismo, tanto como su secuela natural: el materialismo», señala, para añadir: «No hay nada más noble que conducir a la razón con la disciplina y la medida del corazón». Es la fe y la esperanza las que ayudarán a luchar en momentos difíciles; la fe y la esperanza en la poesía.

De ahí que merezca la pena acudir a Rilke, pese a su dificultad y ser tildado de hermético y oscuro, al ofrecer un lenguaje que cabe recuperar para verbalizar el simbolismo de la vida, volviendo con ello a la idea de que hay que educar con el corazón, porque si no, se es un ignorante. «Rilke era hijo de una burguesía cerrada y cobarde: la misma que hizo dos guerras mundiales y numerosas revoluciones sin piedad en el siglo XX», advierte. «Su carácter quedó marcado por esas mezquindades de una sociedad farisaica que llegó a perder incluso la capacidad de amar. Rilke vivió ese mismo drama y fue un pobre muchacho incapaz de amar. Pero se dio cuenta a tiempo de que la verdadera sabiduría no estaba en los valores burgueses ni en las rebeldías románticas», concluye. La poesía le salvará al fin, sin embargo. Y a Wiesenthal, y al lector abierto a angelizarse.

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