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Rosa Villacastín: «Cuando se desnudó Marisol fue como si lo hiciéramos todas»

Acaba de publicar «Los años que amamos locamente», su nuevo libro

  • Rosa Villacastín
    Rosa Villacastín / Cipriano Pastrano

Tiempo de lectura 5 min.

31 de diciembre de 2017. 00:24h

Comentada
Marta Robles 31/12/2017

Rosa Villacastín es una coleccionista de anécdotas. Curiosa desde la más tierna infancia, la periodista y escritora ha vivido con tal intensidad que, en un momento determinado, se ha visto obligada a detenerse, apenas un instante, para recordar y sonreír. Y, al hacerlo, se ha dado cuenta de que era obligatorio compartir algunas de las experiencias vividas porque forman parte de la historia de este país. Lo ha hecho en «Los años que amamos locamente. Amor, sexo y destape en la Transición»(Plaza y Janés), donde recoge los testimonios de otras mujeres icónicas que abrieron las puertas de una nueva era y en el que las propias aventuras de Rosa se entremezclan con las de tantos protagonistas con los que compartió toda suerte de acontecimientos y cuya banda sonora es «Mediterráneo» de Serrat. «Le conocí en Puerto Banús cuando era muy jovencito. No era todavía el gran Serrat. Era muy amigo de un diseñador fantástico, que se llamaba Juanjo Rocafort. Desde entonces, siempre he pensado que esa canción está muy unida a mi vida».

Una vida que empezó siendo muy distinta en todo. Incluso en la sexualidad. «En las casas nadie hablaba de sexo. Cuando salía el tema y aparecían los niños, los padres decían eso de “no se puede hablar que hay ropa tendida”. Y en la mía, tampoco se hablaba de política. Mi padre era de los que había estado en la guerra en el bando de Franco y todo lo que él hacía le parecía estupendo. Solo una vez hablé de política con él. Fue cuando saqué mi libro sobre el 23-F. Me lo presentaban Fraga y Carrillo y cuando mi padre vio a este último se marchó sin decir nada, pero llorando. Fue muy impactante para mí porque nunca le había visto llorar. Entonces me enteré de que a mi abuelo lo habían matado “los rojos”, como decía él. Y fue la única vez que mi padre habló de política. Bueno, pasados los años, con todo el asunto de la memoria histórica me dijo que, aunque él no había perdonado a los que mataron a su padre, entendía el derecho de la gente a estar enterrada con los suyos».

En esa época Rosa ya había salido de su casa. O mejor dicho, la había echado su madre tras encontrarle la píldora. «Y no tenía 15 años, sino 25... De todos modos era bastante avanzada, porque por entonces la virginidad era el mayor capital que teníamos las mujeres si queríamos casarnos bien, pero como yo no me quería casar ni tener hijos...». De la virginidad, precisamente, habla Cristina Almeida en este libro. «Cuenta que su himen debía ser como el muro de Berlín –dice Rosa riéndose–; y cómo después de tener relaciones sexuales, al meterse en el mar, notó un escozor horroroso. Y claro se asustó y escribió al novio que estaba en la mili –por entonces no era fácil llamar– y él le mandó antibióticos... Ella estaba agobiadísima, pensando que aquello debía ser casi el castigo divino».

El amor en un ataud

Era un tiempo en el que la sociedad estaba muy dividida, de manera vergonzosa. Rosa Villacastín recoge también una anécdota contada por Paloma Gómez Borrero sobre un colegio de Madrid: «Era religioso y los padres pagaban la educación de sus hijos y la de niños pobres, pero a éstos no les dejaban entrar por la puerta principal, ni tampoco entrar en la capilla cuando rezaban en ella los niños ricos con sus familias. Paloma me contó que nunca pudo olvidar esa imagen. Eran cosas de la Iglesia elitista de entonces. Aunque también había una solidaria, sensibilizada con los problemas de la gente y estupenda, representada, para empezar, por el Padre Llanos, con el que Almeida estuvo en distintos poblados».

Villacastín omite muchos de los nombres de sus protagonistas «para no hacerles daño a ellos o a sus hijos», pero cuenta algunas historias que podrían estar sacadas de una película, como el de esa aristócrata guapísima que le ponía somníferos por la noche en la sopa a su marido. «Es verdad. Y cuando se dormía se venía conmigo a los tablaos de Madrid, donde ella estaba con un gitano que la tenía loca». También relata Rosa «cómo ese rico empresario, padre de familia y de golpe de pecho todos los domingos en misa, a mediodía comía siempre con la legal y por la noche se iba con la querida, con la que hacía el amor en un ataud».

Además de las hipocresías propias de las dictaduras, Rosa recoge el aperturismo de un destape que cambió a la sociedad española. «Como el de “La trastienda” de María José Cantudo. Ella era guapísima y tenía un cuerpo estupendo, pero había que ser muy valiente en aquella época para quedarse desnuda en una pantalla sabiendo las críticas que te iban a caer. Es más, se hacían versiones dobles de la películas. Unas venían a España y las otras iban fuera. Y en las de fuera salían todas, desde Carmen Sevilla, en pelotas. Y yo cuento en el libro que una vez se equivocaron y mandaron a Santiago de Compostela la que tenían que mandar a Santiago de Chile... ¡Imagínese!».

De entre todos aquellos momentos de destape, hay uno que sobresale, que es el protagonizado por Marisol en una portada de «Interviú». «César Lucas, que es un fotógrafo fantástico, le había hecho unas fotos buenísimas en el año 70. Se las encargó Carlos Goyanes, que entonces era su marido y quería lanzarla fuera de España. En el 76 le llamó Antonio Asensio y le preguntó si tenía fotos de Marisol desnuda. Él le dijo que sí y le pagaron 200.000 pesetas de entonces, que era una fortuna. Fue un punto de inflexión. Como si todas nos desnudáramos. Primero porque era una foto bellísima donde no había nada de porno y era maravillosa. Pero es que Marisol era todas nosotras. Yo con ella me llevo un mes. Cuando la foto salió no se hablaba de otra cosa».

Caben también anécdotas de su época gloriosa en el diario «Pueblo»: «Fue fantástica, sí. Aquello era como un arca de Noé, donde los que estábamos éramos de todo tipo y color. Cada uno había llegado de distinta manera. Estaban Pérez-Reverte, Rosa Montero, Julia Navarro...». Le digo que Julia tiene un papel muy protagónico en el libro: «Pues merecería uno ella sola. Nosotras sustituimos a los periodistas que escribían de la corte franquista. ¡No les iban a mandar a ellos! Nos resultaba mucho más fácil sacar información. Te tomabas un café con uno y con otro y te cantaban la «Traviata», te lo contaban todo. Imagino que eso no habrá cambiado, aunque ahora los políticos son más sosos...».

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