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Teatro: Mi familia son mis perros

El teatro Español estrena «Iván y los perros», de Hattie Naylor, basada en el caso real de un niño que con cuatro años huyó de casa para vivir con unos animales en las gélidas calles de Moscú

  • Nacho Sánchez toma, en solitario, la sala pequeña del Teatro Español con «Ivan y los perros»
    Nacho Sánchez toma, en solitario, la sala pequeña del Teatro Español con «Ivan y los perros»
Juan Beltrán.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

19 de mayo de 2017. 00:40h

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Juan Beltrán.  Madrid. 19/5/2017

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Con solo cuatro años fue consciente de que tenía que escapar de su casa. Su padrastro lo maltrataba y su madre alcohólica era incapaz de defenderlo. La historia de Iván Mishukov sucedió. Se echó a las gélidas y duras calles del Moscú post-soviético, en pleno cambio de la URSS al capitalismo, y pasó de 1996 a 1998 conviviendo con una manada de perros. «Pero la historia de Iván no era una excepción –explica Víctor Sánchez, adaptador y director de la obra–, se calcula que alrededor de 30.000 niños sobrevivían en las calles de Moscú guarneciéndose del frío al calor de las alcantarillas y en las estaciones de metro junto a sus canes callejeros». En el 98, la policía, después de cinco intentos, pudo atraparlo. Antes no pudieron porque los perros lo defendían. El caso saltó a los medios porque tenía componentes de casos de niños salvajes que se crían con animales. «La historia fue escrita por Hattie Naylor como una pieza radiofónica que se estrenó en la BBC. En 2010 se adaptó a teatro y fue representada en el Soho de Londres. La versión que hemos trabajado nosotros es la teatral, que limamos para que estuviese más acorde con nuestra idea», prosigue el director. «Iván y los perros» se estrena en la sala Margarita Xirgu de Teatro Español con Nacho Sánchez como único protagonista.

4 años y a 30º bajo cero

Su casa debía ser un infierno. «La obra comienza contextualizando la situación que provoca su huida, su día a día y lo que pasaba en Rusia. La calle era un lugar hostil, con un clima durísimo. Él se queja continuamente del frío, a veces 30º bajo cero, con cuatro años y en la calle», señala Sánchez. «La atmósfera social también es peliaguda, es la época de los pistoleros, de las mafias que se enriquecieron con los despojos del comunismo, de los ajustes de cuentas. Desde sus ojos de niño, los mafiosos son los “hombres gordos”. La historia parece tener cierto paralelismo con el Mowgli de “El libro de la selva”, que encuentra en los animales una familia. «No es tropical, pero sí una selva urbana. En las calles de Moscú imperaba el hambre y el miedo. No solo encuentra la hostilidad de los mayores, sino la de otros niños, que esnifaban pegamento, que también buscaban comida en la basura. La obra radiografía estos momentos de colapso pintados como el fresco de una sociedad que se derrumba y sus lazos humanos se rompen». Y prosigue: «La solidaridad, un principio de la humanidad, era un sálvese quien pueda y esto llega a los menores, que en ese sentido actúan como adultos. Hace unos diez años se hizo un documental, “Los niños de la estación de Leningradsky”, que mostraba esta realidad y era aterrador. Sus preocupaciones no son las de cualquier niño del primer mundo, piensan como adultos e incurren en sus mismos comportamientos mezquinos. Porque están intentando salvar el pellejo o porque no saben otra cosa o no han aprendido a relacionarse desde otra posición».

La historia cuenta su evolución con los perros: «Al principio le dan miedo, los ve como fieras grandes, pero poco a poco se va acercando y aprende a relacionarse con la hembra y su familia. Le cuesta entrar a formar parte de esa manada, de esa jauría que, hasta el final, no lo consideran uno más». Y añade el director: «Es bonito porque resulta difícil que lo acepten, pero cuando lo hacen, forma parte de ellos para siempre y él se da cuenta. El niño experimenta el egoísmo y la crueldad humana. Compara su comportamiento con los perros y descubre en ellos un mundo de pureza y de nobleza que no encuentra en las personas. Al final –explica Sánchez– hay una reflexión muy hermosa de Iván que dice: ‘‘Los perros son y punto. Los perros son y ya está’’, no inventan historias. Desde su vivencia y su edad se da cuenta de algo muy complejo, que los humanos pueden hablar y mentir y los perros ‘‘son’’, solo tienen presente, viven el ahora, no reviven el pasado, no tienen memoria. Aunque es la historia de un niño, que habla con una sintaxis muy directa, desnuda y sin adornos –afirma–, es un texto muy profundo».

Desde su punto de vista, «la autora propone un juego muy teatral. El personaje que se presenta al público es el actual, con la misma edad, más o menos, del actor, pero va a contar lo que ocurrió entonces como si sucediese ahora. Apela al presente del teatro, no a narrar una historia, sino a vivirla. Pasar emocionalmente por el paisaje interior que plantea, duro, pero también emotivo porque, al fin y al cabo, cuenta una historia de amor con sus perros, cómo encuentra una familia». Por otro lado, «hemos intentado que el drama lo acabe poniendo el público, porque la historia, aunque dura, está llena de emociones puestas en sus ojos y su vivencia. Es fuerte ver cómo se mete en los contenedores y saca basura para comer, pero él no lo vive así, no tiene la conciencia ni la mirada del adulto, lo que hace la historia aún más desgarradora». Y subraya que «la puesta en escena la hemos concebido con un espacio sonoro potente que recrea esos paisajes urbanos y voces –en ruso, por deseo de la autora– de personajes que interactúan con él. Intentamos huir de la literalidad del texto para contar una historia teatral». Y concluye: «Este niño fue adoptado posteriormente y no se sabe bien por donde ha ido su vida».

l dónde: Teatro Español (Sala Margarita Xirgu). Madrid. l cuándo: del 25 de mayo al 18 de junio. l cuánto: 18 euros.

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