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«¡Ay, Carmela!»: La dignidad ante el horror

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Raúl Losánez. 

Tiempo de lectura 4 min.

03 de noviembre de 2017. 01:12h

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Raúl Losánez.  3/11/2017

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Autor: José Sanchis Sinisterra. Director: Fernando Soto. Intérpretes: Cristina Medina y Santiago Molero. Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 11 de noviembre.

Soberbia reinterpretación la que ha hecho el director Fernando Soto de ese clásico moderno de nuestro teatro que es ya, por derecho propio, «¡Ay, Carmela!», de José Sanchis Sinisterra. Apartándose de los discursos más fáciles y consabidos en torno a la Guerra Civil, el director ha sabido zambullirse de lleno en la poesía que rezuman esos dos formidables personajes que son Carmela y Paulino, dos seres desamparados en un mundo hostil, que encuentran en el arte y en el teatro un modo se supervivencia no tanto ya alimenticia como esencialmente ética. Y aquí reside la verdadera grandeza de un texto que cuenta las peripecias de estos dos cómicos de poca monta, obligados por un teniente italiano a representar en el frente una función especial ante las tropas del bando nacional que acaban de vencer en la Batalla del Ebro. Bajo una compleja estructura dramatúrgica nutrida de analepsis, el argumento se desarrolla como una evocación delirante del propio Paulino, que recrea, junto a una Carmela ya fusilada que se le aparece en forma de fantasma, aquellos momentos de la última y fatídica representación. Y son la ternura y el patetismo que desprenden los dos protagonistas, enfrentados en sus menudos y torpes afanes a la sinrazón de la contienda y de la soldadesca, lo que ha subrayado Soto como tema fundamental y profundo, dejando en un segundo plano el análisis sociológico del despiadado contexto en el que se desenvuelven estos personajes. De este modo, la obra, que sigue funcionando para derribar toda convención de tiempo y espacio, se levanta en este montaje, en el plano conceptual, como un descarnado y demoledor canto al verdadero valor de la vida; a lo que el horror y la guerra pueden borrar de un plumazo, pero también y a lo que no podrán borrar nunca, ni siquiera con la muerte, que es la dignidad. Ciertamente, la función no intenta tanto reconstruir fidedignamente el espanto de un capítulo de la Historia como radiografiar a la gente común, la muchedumbre desinteresada y silente, que se ve demasiadas veces atropellada cruelmente por esa Historia. Una de las grandes dificultades de un espectáculo que se propone hacer llegar al espectador ese canto, bello y doloroso, confiándolo todo al vigor de su melodía desnuda era encontrar dos actores capaces de trasmitir con verosimilitud la amalgama de sencillez, cariño, gracia y sentido común de los dos personajes. La elección de Cristina Medina y Santiago Molero no es que haya resultado acertada; es que supera cualquier expectativa. El trabajo de ambos es lisa y llanamente brutal; difícil hubiera sido encontrar en otro lugar el desparpajo, la naturalidad, la justa contención dramática y el sentido del ritmo y la comicidad que derrochan ellos sobre el escenario.

LO MEJOR

La mirada sin prejuicios que se ha vertido sobre el texto para hablar de seres humanos

LO PEOR

Que siga siendo cierto eso que dice Carmela de que «los vivos no escarmentamos ni a tiros»

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