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Cervantes, el pícaro

  • El «Pedro de Urdemalas» de Denis Rafter estrena la Sala Tirso de Molina de la CNTC

Jimmy Castro es Pedro de Urdemalas en la obra de Denis Rafter
Jimmy Castro es Pedro de Urdemalas en la obra de Denis Rafter
Alberto Nevado

Entre Lázaro de Tormes y don Pablos, de «El buscón» de Quevedo, encontramos a un crío de Cervantes poco conocido y menos representado: Pedro de Urdemalas. Uno más de la estirpe de los pícaros españoles que «queda acreditado en el monólogo en el que –dice Jerónimo López Mozo, autor de la versión–, tras confesar que es hijo de la piedra y que no conoció padre, da cumplida cuenta de sus andanzas», ya sean en la Península o el Nuevo Mundo. Es el encargado de guiar a los lectores –aquí espectadores– por la España de a pie: labradores, zagalas, sacristanes, cómicos, gitanos, viudas tacañas, ciegos que ven, alcaldes de aldea y escribanos mezclados con miembros de la realeza «apeados de sus pedestales y tratados como seres de carne y hueso», completa López. Gentes del día a día –representada por once actores para 25 personajes– que presumen de estar tocados por la gracia y obra de un Dios que ya les dio la espalda hace tiempo.

Si sus compañeros de reparto fueron vulnerables y víctimas de sus pasiones –en la línea de lo «subversivo» que era El Manco, dice Rafter–, al protagonista, Pedro de Urdemalas (Jimmy Castro), sí se le ha concedido un don; de la mano de Cervantes le llega un oficio en el que se le permite ser desde rey, fraile o Papa a matachín. «Es decir, farsante», concluye López para hablar del «homenaje de un autor dramático al mundo de la farándula». Sí, el hombre que quedó tullido en Lepanto también destacó en este campo. Es otra de las obsesiones de un montaje que dirige Denis Rafter: «Quiero demostrar en esta obra el gran dramaturgo que fue Cervantes, a quien hay que reivindicar en su país, y un hombre que tuvo que publicar por sí mismo unas obras que no pudo ver representadas».

Una pieza que, sin embargo, «en su época no entendían porque el público no se daba cuenta de que en verdad hablaban de ellos. Pero la realidad es que cada persona lleva su decadencia encima y la percepción que se tiene sobre la corrupción o la lujuria puede estar dentro de nosotros», añade Rafter de una pieza que sólo se ha interpretado dos veces en el último siglo y que ahora retoma la Joven CNTC para inaugurar la sala B de la Comedia: Tirso de Molina. «Target» de entonces que no conectó con sus contemporáneos, pero que no se alejaba de la que vino 400 años después, hoy: «Lo único que he intentado es escapar de la caricatura, porque los españoles son muy cómicos. Me encantan las plazas de las ciudades y los pueblos, y si te sientas en una a ver a la gente terminas viendo a Pedro», comenta Rafter.

Es por ello que autor y director de la versión defienden que la pieza no requiere actualizaciones, más allá de «acortar algún monólogo y sustituir palabras en desuso por otras del vocabulario cervantino más comprensibles», desmenuza López Mozo.

- Un farsante más

«Teatro en tres dimensiones –suma Rafter– con los actores presentes en el escenario durante toda la obra. Y, cómo no, introducir al propio Cervantes como otro farsante más, un creador obsesionado con los personajes que viven en su imaginación, cada uno buscando protagonismo mientras él mira del cielo a la tierra y de la tierra al cielo». Y es que a la incursión del autor del Siglo de Oro en su propio texto hay que sumar una adaptación en la que asoman guitarras y resuenan canciones en inglés como el «Killing Me Softly With His Song», de The Fugees: «Si hablamos de amor y pasiones lo importante no es la forma, sino la esencia. El público tiene que enfocar que es un joven que intenta presentarse a una chica», se justifica el «loco Quijote de Dublín», como se define Rafter.

- Dónde: Teatro de la Comedia (Sala Tirso de Molina). Madrid.

- Cuándo: del 6 diciembre al 22 de enero.

- Cuánto: 18 euros.

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