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«Inconsolable»: El pensamiento en arte mayor

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Raúl Losánez. 

Tiempo de lectura 4 min.

30 de junio de 2017. 05:11h

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Raúl Losánez.  30/6/2017

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Autor: Javier Gomá.

Director: Ernesto Caballero.

Intérprete: Fernando Cayo.

Teatro María Guerrero (Sala Principal). Madrid. Hasta el 23 de julio.

Comprensiblemente afectado por el fallecimiento de su padre, y decidido a poner negro sobre blanco sus pesarosas consideraciones al respecto, el filósofo Javier Gomá ha tenido que salirse momentáneamente del ensayo, género que ha venido cultivando durante años con notable éxito, para buscar otros moldes literarios que permitieran a su pensamiento, sin dejar de ser profundo y analítico, hermosearse convenientemente con los ropajes de la emoción más espontánea y sincera. Y ha encontrado la horma perfecta para dar forma artística a sus preocupaciones, conclusiones e incertidumbres en este monólogo teatral que ha titulado Inconsolable.

El actor, inevitablemente convertido en alter ego del autor, sale a escena para agradecer al público su disposición para atender a lo que, manifiestamente, va a ser un desahogo de su alma, “convulsionada” tras la pérdida de su padre. A partir de aquí, Gomá va hilvanando un potente discurso, salpicado concienzudamente de certeras reflexiones y aforismos –un hermosísimo aliento poético recorre el texto con cierta melancolía machadiana-, que tocan de lleno el asunto central –la triste e inexorable orfandad que dicta el ciclo vital-, pero que se desvían oportunamente del mismo para abordar otras cuestiones, siquiera de manera tangencial pero igualmente inteligente.

Y, con inteligencia muy pareja a la del autor, Ernesto Caballero aprovecha felizmente ese movimiento serpenteante del pensamiento para disponer en torno a él un espectáculo deliberadamente heterogéneo en el tono y en el ritmo, sorprendentemente variado, atractivo; un espectáculo exquisitamente domado en sus aspectos melodramáticos y en el que todo el leguaje escénico ha sido cuidado al detalle, con exquisita elegancia, para atrapar la atención sin desviarla y para embellecer la narración sin encubrirla.

Como es lógico, en montaje tan cuidado, no podía quedar al albur la elección del actor. Ciertamente, pocos podrán encontrarse en nuestro país del nivel de Fernando Cayo para realizar el despliegue de técnica interpretativa que requería la propuesta y del que aquí, una vez más, hace gala con esa pasmosa e incomprensible facilidad suya para adueñarse de un escenario. En un incesante ir y venir por la sala, Cayo vuelve a bailar con las palabras al ritmo que ellas mismas le imponen, modelándolas con la intención precisa en su voz antes de entregárselas definitivamente al espectador con eficacia demoledora.

La escenografía de Paco Azorín, adecuándose siempre de manera extraordinaria al fin dramático prefijado; la conmovedora música de Luis Miguel Cobo, y el dinamismo que aporta Ion Anibal con su juguetona iluminación sirven de guinda a este delicioso pastel teatral que combina muy bien los sabores del arte y la reflexión.

Lo mejor: El texto, la dirección, la interpretación, la producción... Todo está, verdaderamente, en un primerísimo nivel.

Lo peor: Gomá se aferra tanto al lenguaje elevado que, en ciertos momentos, exige un plus de atención por parte del espectador.

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