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«La escena número 12»: La ficción, el teatro, la vida... y vuelta a empezar

R. Losánez. 

Tiempo de lectura 2 min.

09 de noviembre de 2017. 23:52h

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R. Losánez.  9/11/2017

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Autor y director: José Gómez-Friha. Intérpretes: Eleazar Ortiz, Marta Matute y José Gómez-Friha. Sala Nave 73. Madrid. Hasta el 20 de noviembre.

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Era hasta el momento un joven director que empezaba a pisar con firmeza y personalidad propia los escenarios, y al que cabía augurar por ello un saludable porvenir en nuestro panorama teatral; pero parece que a partir de ahora habrá que seguir de cerca también, tras su interesante debut con un texto propio de nueva creación, la carrera de José Gómez-Friha como autor. Quizá por aquello de que conviene empezar escribiendo por lo que mejor uno conoce, el argumento de «La escena número 12» se centra en el propio mundo del teatro. La obra cuenta la deteriorada relación de un reputado director escénico, muy bien interpretado por Eleazar Ortiz, con su joven y admirador ayudante, al que da vida el propio Gómez-Friha. Un tercer personaje, una actriz que recibe indicaciones del ayudante a espaldas del director –estupenda Marta Matute–, servirá como detonante de un conflicto bien armado en torno a las traiciones que siempre conllevan el paso del tiempo y el cambio de una etapa de la vida rebosante de ideales a otra en la que se va imponiendo el conformismo y la seguridad («Cuando estábamos en tu salón nos moríamos por una sala de ensayos como esta; y, ahora que tenemos esta sala, yo echo de menos tu salón», le recrimina el protagonista a su mentor).Quizá uno de los grandes méritos de la función sea que, a pesar de su eminente metateatralidad, logra trascender lo particular y hacer que los personajes, al margen de su oficio, puedan interesar a cualquier tipo de espectador por su riqueza dramática. Especialmente complejo e interesante resulta el del director consagrado, al cual Gómez-Friha ha sabido colocar con cuidado y verosimilitud en el justo punto medio entre dos extremos éticos y vitales: la contumacia impune de quien sabe que puede hacer ya lo que quiera sin importarle las consecuencias y la reflexiva contrición de quien sabe que no está haciendo realmente lo que debe. A pesar de que algunas escenas se alargan más que el texto que las sostiene sin que ello aporte nada al desarrollo, la función mantiene hasta el final una superposición muy lograda de dos planos que evolucionan paralelamente y que inciden uno en el otro de forma original; de este modo, la interacción entre los tres personajes como tales se va alimentando de esa otra interacción que se genera en la ficción de la escena número 12 a la que el título alude, la cual esos personajes reensayan continuamente encarnando a otros personajes.

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