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«Los universos paralelos»: Desde la frescura hacia la impostura

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Raúl Losánez. 

Tiempo de lectura 2 min.

13 de octubre de 2017. 00:11h

Comentada
Raúl Losánez.  12/10/2017

Autor: David Lindsay-Abaire. Director: David Serrano. Intérpretes: Malena Alterio, Daniel Grao, Carmen Balagué, Belén Cuesta y Itzan Escamilla. Teatro Español. Madrid. Hasta el domingo.

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Fiel a su gusto por los textos de factura clásica, de aroma cinematográfico y de ámbito anglosajón, David Serrano ha querido traer a nuestros escenarios «Los universos paralelos», una obra del premiado dramaturgo y guionista norteamericano David Lindsay-Abaire que tiene como tema fundamental la superación del dolor –provocado por la muerte de un hijo en un atropello– a través del perdón, la conciliación y el amor. En esta versión que firma el propio Serrano, la historia del afligido matrimonio que forman Patricia y Alberto –Malena Alterio y Daniel Grao– comienza a discurrir sobre las tablas de una forma bastante original, alejándose en cierto modo de los ritmos y los códigos más usuales hoy en la representación teatral. Podría decirse que el director quiere centrarse más en crear un clima propicio para que el espectador pueda entender la tragedia que se cierne sobre los personajes que en hacer que estalle de forma estruendosa un conflicto dramático que permita a los propios personajes sacar a la luz esa tragedia. En este sentido, la función se desarrolla durante la primera mitad bajo una compleja y muy bien conseguida atmósfera de melancolía familiar, dejando que los diálogos –bien escritos y con buenas dosis de ingenio– fluyan en un tempo muy natural, tranquilo; modulados con una mesura muy acorde al vapuleado ánimo que va definiendo a los personajes y con el cual tienen que afrontar de nuevo sus actos más cotidianos; unos diálogos que suenan a verdad, sin aspavientos interpretativos ni pretensiones metafóricas. Hasta ahí todo bien. Hay además un adecuado enfoque narrativo del argumento, una resolución muy hábil de las transiciones –haciendo que las escenas se solapen en lugar de sucederse– y unas estupendas interpretaciones de los cinco actores que están muy ajustadas a sus respectivos caracteres. Lo malo es que la historia, poco a poco, empieza a derivar hacia el melodrama por el fácil camino del efectismo: las penas y las pérdidas se multiplican y la interacción de los personajes se torna sensiblera en el último tercio de la función. En este desmoronamiento, resulta especialmente llamativo lo poco aprovechado que está el personaje del joven que causó la muerte al hijo de la pareja protagonista, que se limita a entrar en escena para que el espectador vea que él también sufre mucho, pero que, extrañamente, no llega a avivar lo más mínimo un fuego dramático que se va apagando paulatinamente por falta de oxígeno. Hacia el final, la obra introduce, ahora sí, metafóricos sentidos no muy bien traídos acerca de la ciencia, la realidad física, la existencia humana y los universos paralelos a los que el título alude. Pero la cosa suena impostada y el autor no consigue encontrar un poético refugio para su desenlace.

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