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«Troyanas»: fin a las lamentaciones

Portaceli y Conejero lideran un proyecto que recupera el texto de Eurípides para «romper tópicos», explica la directora del Español, y darle voz a las mujeres acosadas de hoy.

  • El gran coro de mujeres del texto original se reduce en esta versión de Conejero a seis actrices
    El gran coro de mujeres del texto original se reduce en esta versión de Conejero a seis actrices
Julián Herrero. 

Tiempo de lectura 4 min.

10 de noviembre de 2017. 00:02h

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Julián Herrero.  9/11/2017

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Le espeluzna a Carme Portaceli poner la televisión. Por eso, en las pocas ocasiones que lo hace, pasa de un canal a otro en busca de algo digno. Difícilmente lo encuentra, pero en una de esas ocasiones se topó con un Paul Newman que le atrapó. La película en cuestión, «de la que ya no me acuerdo el nombre» y argumento a parte, mostraba a unas mujeres encerradas en un ascensor en el que los gritos y la histeria se apoderaban de la situación –una vez más–. Estereotipos que a la directora del Español le hacen sacar las uñas y ampararse en el teatro para «romper tópicos, sobre todo con las mujeres», dice. Sus personajes lloran, por supuesto, pero no se detienen en lamentaciones. Tiran hacia delante. Eso es lo que se ha propuesto en «Troyanas», un texto en el que Eurípides remarcó dos «fortalezas», en palabras de Alberto Conejero –responsable de la adaptación–: no salvarse, «dio una lección de valentía al poner sobre la mesa –poco después de una matanza en Atenas– la preocupación por una sociedad igualitaria»; y dar a la voz femenina el peso de la obra. A él se aferra la directora para dar espacio a las mujeres represaliadas y abandonadas tras la guerra de Troya, que tratan de mantener la dignidad en un contexto de miseria moral; y, al mismo tiempo, arrojar una mirada contemporánea a la situación de acoso porque, para Portaceli, «los gritos de las protagonistas de esta historia son también los de las mujeres que hoy sufren. Cuanto más callamos, más se ampara al abusador, pero en cuanto tengan miedo porque sale a la luz, igual lo paramos».

Ulises, héroe caído

«Al relato histórico de los grandes hombres, que siempre ha silenciado la versión de las mujeres, aquí se le da la vuelta», comenta Aitana Sánchez-Gijón. La actriz interpreta a Hécuba, antigua reina de Troya y ahora esclava de Ulises, a quien Eurípides, a la vez que cuestiona uno de los mitos fundacionales como la «Ilíada», ya no presenta como un héroe nacional, sino «como un ser terrorífico, un estratega sin moral de ningún tipo que nos puede recordar a cualquier político de hoy día, desgraciadamente», dice Portaceli.

Ahí está la idea principal del montaje: acercar el texto del poeta griego. «Todo está en Eurípides», presentan. «Es un canto a la resistencia y a la fortaleza de las mujeres de Troya y un lugar para todas la que tienen algo que decir –expone Conejero–. Están la voces de las refugiadas, de las mujeres que siguen padeciendo ser consideradas un botín de guerra. Las que no se conforman con la versión de la historia que dejan los ganadores y también de las que sufren abusos y lo dicen». Ya advierte la función: «Los invasores regresarán a sus casas y contarán tu historia», la versión del ganador. Son palabras de Hécuba, que, en boca de Sánchez-Gijón, reivindica la palabra como «única vía para que las cosas aceptadas como normales y que son vergonzosas puedan remover a la sociedad. Estamos acostumbrados a grandes héroes y a que se hable de sus gestas. Por suerte, empezamos a hablar todos, no solo las mujeres, sino también los hombres», apunta la actriz sobre la denuncia del texto extendida en los casos actuales. «Cuando arrebatan el lenguaje se pierde la capacidad de lucha y esto se ve en una época en que los políticos lo usan para la manipulación», completa Portaceli.

Interpreta al espíritu de la resiliencia, que «a pesar de no tener razones para seguir viviendo, se levanta cada vez con más fuerza. Hay que hablar, lo único que nos queda es la voz y no se puede permitir que se lleven también la palabra», continúa. A Hécuba le han quitado todo: han matado a su marido e hijos y se han llevado a sus hijas como esclavas sexuales: «No hay dolor en el mundo que no me pertenezca», dice la que es una refugiada que pretende marchar al exilio.

Directo al corazón

Alza la voz «Troyanas», pero sin lamentos, «aquí hay una lucha por sobrevivir, por preferir morir a vivir sin dignidad», señala Portaceli de un texto que ha cuidado para que salga «diáfano y directo al corazón del espectador porque es pura pulsión, acción e impulso». Se centra así la versión de Conejero –que ha traducido el texto directamente del griego clásico– en la palabra, porque, como comenta el dramaturgo, «el silencio aumenta la condena de los cuerpos que ya han sufrido la violencia, pero igual de importante es la autocrítica. El compromiso íntimo de preguntarnos cuando nos metemos en la cama qué hemos hecho o que no para cambiar situaciones, Eurípides se hace cargo de su responsabilidad y espero que ‘‘Troyanas’’ nos haga ver lo que ahora no miramos, al menos, que sepamos que podemos ser cómplices, porque los privilegios de uno es que otro no tiene derechos. Nuestro presente está construido sobre un dolor que, a veces, es silenciado, pero aquí se habla expresamente de la banalidad del mal», expone. ¿Cuánta culpa tenemos? En ese «mal institucionalizado» se sitúa a Taltibio (Ernesto Alterio), «condenado a no morir para contar lo que pasó por toda la eternidad», apunta el actor y único hombre de la función que se completa con Alba Flores, Maggie Civantos, Pepa López, Miriam Iscla y Gabriela Flores y los niños Pablo Cordero y Alejandro López, reduciendo el gran coro de mujeres del texto original a solo seis. Un elenco que se traslada ahora de la inmensidad del escenario de Mérida a los límites del Teatro Español, donde el espectáculo se «comprime y gana en intimidad», para Flores.

Se llega así al final de una obra «arriesgada», comentan Alterio y Sánchez-Gijón, «hecha desde lo esencial, un poco abstracta, no realista, conceptual y muy corporal». Y donde en sus últimos pasajes la obra termina con «una mirada escalofriante» al presente, en la que se rompen las barreras con el pasado y se establece una semejanza con las condiciones actuales de los refugiados.

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