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Terror rojo

Cuando las opciones en Petrogrado eran morirse de frío o de hambre, socialistas y bolcheviques tomaron partido en el asunto para movilizar a 180.000 obreros que recordarían el domingo sangriento de 1905 con una huelga y una manifestación que ni Policía ni Ejército lograron aplacar.

  • Líder del sector bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, Lenin se convirtió en el principal dirigente de la Revolución de Octubre de 1917
    Líder del sector bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, Lenin se convirtió en el principal dirigente de la Revolución de Octubre de 1917
David Solar.  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

23 de enero de 2017. 19:44h

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En enero de 1917, la alternativa para los obreros de Petrogrado era morirse de hambre o de frío. Los alimentos eran dificilísimos de conseguir, exigiendo interminables colas en las que menudeaban los altercados e, incluso, las congelaciones mortales. El invierno azotaba la capital del Imperio zarista con temperaturas diurnas de 20 bajo cero (habitualmente, 8-10 bajo cero) y el combustible escaseaba. La inflación estrangulaba a millón y medio de personas, pues si el salario se había duplicado en dos años, el precio de alimentos y combustible se había multiplicado por tres. A la desesperada situación material se añadía la desmoralización por los reveses militares y la tragedia humana, a la sazón, millón y medio de muertos, dos millones de desaparecidos, cuatro millones de heridos.

Hace cien años, el lunes 22 de enero de 1917 –se ha utilizado el calendario gregoriano, obviando el cirílico vigente entonces en Rusia–, 180.000 obreros recordaron el domingo sangriento de 1905 con una huelga y una manifestación por la gran avenida Nevski, que ni Policía ni Ejército se atrevieron a atajar. Los desórdenes, promovidos por socialistas y bolcheviques, constituían una gravísima señal del malestar reinante, una amenaza por la probabilidad de que se reiteraran y se propagaran a toda Rusia, y denotaban lo poco fiable que era la bisoña guarnición.

Mientras los políticos más optimistas querían creer que había sido una protesta pasajera que se olvidaría con la mejoría del tiempo y el abastecimiento de víveres, los dirigentes obreros capitalizaban la desesperación del proletariado convocándolo ante el palacio de Táuride, sede de la Duma (cámara baja del Parlamento, con escasos poderes) el 27 de febrero, jornada inaugural de las sesiones del nuevo año, para que sustituyera al incapaz Gobierno del primer ministro Golitsyn. Descubierto el plan, fueron detenidos, pero su iniciativa siguió clandestinamente circulando. Alertadas, las autoridades trataron de evitar un estallido de violencia nombrando al general Jabalov como jefe de la guarnición.

La fuerza de la harina

Jabalov advirtió que las tropas dispararían contra toda manifestación, protegió los accesos a la Duma, instaló ametralladoras en los cruces de las calles y destinó piquetes de caballería cosaca a controlar la circulación por los puentes del río Neva. Las medidas parecieron funcionar: el 23 de febrero fracasó una manifestación bolchevique convocada para reventar la de los dirigentes obreros, y la de estos tampoco logró su propósito.

Pero el hambre, el frío y los desastres bélicos relanzaron las protestas. El 28 de febrero, informado Jabalov de que sólo había harina para diez días, impuso el racionamiento, pero una filtración permitió que gran parte del cereal fuera a manos de los acaparadores. Las colas para conseguir pan, las peleas por obtener lo poco que llegaba a las tiendas, aumentaron la desesperación general, detonante de la huelga de los 30.000 obreros de la factoría Putilov, que fue cerrada y despidió a miles de obreros. Helados, hambrientos y sin dinero, recabaron la solidaridad de otras fábricas y la intervención del opositor más famoso de la Duma, el socialista Alexander Kerensky. Hambre, frío y guerra habían provocado las protestas, pero a comienzos de marzo también tomaron un cariz político.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, era desde su establecimiento (Copenhague, 1910) una fecha habitual de reivindicaciones, sobre todo femeninas. En Petrogrado, al despuntar el día, las mujeres ya estaban en la calle haciendo colas desesperanzadas a 20 grados bajo cero. Allí se inició un movimiento arrollador que exigía alimentos, el final de la guerra y la marcha del zar. A las mujeres se unieron obreros y estudiantes, 90.000 personas llenas de ira y el odio, que fueron contenidas en los suburbios por la policía y los soldados.

Por la tarde, Kerensky se hacía eco de sus demandas en la Duma: «Para esta fuerza elemental, cuya hambre constituye su único zar y cuya razón está obnubilada por el ansia de comer un mendrugo de pan negro, no existe reflexión sino un odio atroz a cuanto le impide saciarse; con esta masa (...) es imposible razonar, la persuasión y a las meras palabras son inútiles». (Richard Abraham: «Alexander Kerensky» Nueva York, 1987). Por tanto, pidió que se solucionara el abastecimiento por medio de un comité elegido por la Duma, pero no fue escuchado.

Con el termómetro a 25 grados bajo cero, la noche fue tranquila, pero el día 9, por la mañana, unos 160.000 obreros dejaron las fábricas y cruzaron el río helado y alcanzaron el centro; simultáneamente, mujeres, estudiantes y funcionarios tuvieron vía libre tras vitorear a los soldados y hablarles de su miseria, frío y hambre. Al anochecer, las concentraciones en el centro urbano sumaron más de 200.000 personas. Las siguientes fechas serían cruciales. Los huelguistas ocuparon las fábricas y, siguiendo a bolcheviques y mencheviques, se organizaron en comités. En la calle, los soldados no intervinieron, pero la policía disparó contra los manifestantes hasta que algunas unidades se pasaron a éstos, asesinando a sus oficiales. Y, también, ocurrió lo más temido por el Gobierno: grupos de cosacos defendieron a la multitud y se unieron a ella.

Los días 10 y 11, soldados y policías causaron un centenar de muertos y heridos, pero, paulatinamente, eludieron disparar y terminaron uniéndose al inicio de la revolución. El asalto de arsenales y polvorines proporcionó armas a unos 50.000 hombres. Las cárceles fueron tomadas y liberados los presos. Jabalov perdió el control de la ciudad y se lo comunicó al zar, que se limitó a ordenar: «Deben suprimirse desde mañana todos los desórdenes empleando cuantos medios sean necesarios».

«El gordo Rodzianko»

Imbuido en la sagrada naturaleza de su poder, Nicolás II no advertía el peligro. El presidente de la Duma, Rodzianko, le telegrafiaba rogándole que cambiara el Gobierno y, a pesar de que la Zarina también se lo aconsejaba, su única reacción fue burlarse del político: «El gordo de Rodzianko me ha escrito un montón de tonterías a las que no me dignaré responder».

El lunes, 11 de marzo, trató de conocer la situación, pero con tanta desgana que no se enteró de nada: «No dediqué mucho tiempo al informe y por la tarde me paseé (...) Lucía un sol hermoso». Al anochecer jugó al dominó sin atender la solicitud del Gobierno que pedía tropas porque le era imposible sofocar la revolución. Por la noche le telegrafió su hermano, el gran duque Miguel, encareciéndole que nombrase un nuevo gabinete supeditado a la Duma. En vano. Por noche fue asaltada la sede del Gobierno y detenidos varios ministros. Sólo entonces el zar ordenó al general Ivanov que llevara tropas a Petrogrado y sofocase la rebelión.

El 12 de marzo, Ivanov reunió varios batallones, pero la mitad desertó durante las paradas del tren y lo mismo ocurrió con algunos regimientos que debían unírsele en Petrogrado. El viaje de la mermada tropa fue ridiculizado porque los ferroviarios desviaron el tren, que al día siguiente estaba nuevamente en el punto de partida.

Con facilidad sorprendente, los revolucionarios se apoderaron de las instalaciones militares, incluyendo la base de Kronstadt, llave naval de Petrogrado. En Moscú y en otras ciudades y guarniciones importantes también había triunfado la revolución. Las guarniciones urbanas dejaban sus cuarteles y se diluían en la masa que dominaba la calle

Mientras, la Duma organizó un Comité provisional y controló centros administrativos y comunicaciones pero, guardando las formas, todavía el 12 de marzo intentó que el zar autorizara un nuevo Gobierno. Ciegamente se negó. El 13 de marzo, después de pasar una noche zarandeado en su tren por marchas y contramarchas manipuladas por los ferroviarios, autorizó a Rodzianko la formación de tal Gobierno, pero el «gordo», al que tanto había despreciado, le hizo saber que ya no era suficiente: debía abdicar.

Como los diversos comandantes militares también eran partidarios de que abdicara, Nicolás II intentó hacerlo en favor de su hermano Miguel, pero éste, sin libertad de acción, el 15 de marzo de 1917 abdicó en su nombre y en el de su hijo, siendo recluido por el Gobierno provisional en Tsárskoye Seló, palacio próximo a Petrogrado, primera etapa del camino hacia su asesinato y el de toda su familia.

Había terminado la primera fase revolucionaria, con la Duma y su Gobierno Provisional en el poder, pero los soviets iban extendiendo sus tentáculos y su líder, Lenin, regresaba del exilio en abril. La partida definitiva de la revolución bolchevique se jugaría en octubre.

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