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Tutte, el Turing olvidado

La Segunda Guerra Mundial tuvo muchos frentes. Uno de ellos fue la interceptación y la decodificación de las comunicaciones encriptadas. Un joven matemático, Bill Tutte, fue, junto con Turing, uno de esos grandes héroes que ayudaron a ganar la contienda a los aliados. El historiador Max Hastings cuenta su historia, y la de otros muchos, en «La guerra secreta. Espías, códigos y guerrillas. 1939-1945», que la editorial Crítica publica este martes. LA RAZÓN avanza este capítulo.

La Segunda Guerra Mundial tuvo muchos frentes. Uno de ellos fue la interceptación y la decodificación de las comunicaciones encriptadas

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«Y a en 1941 el alto mando alemán empezó a transmitir una proporción creciente de su tráfico más sensible mediante los diversos modelos de teletipo. El más utilizado era el Schlüsselzusatz SZ40/42 de Lo­renz, o «Tunny» en la jerga de los de Bletchley, junto con el Geheimschreiber T-52 de Siemens & Halske, también llamado «Sturgeon». Estos sistemas trabajaban conectados a una línea –a diferencia de las operaciones de Enigma, que se realizaban de forma autónoma– y empleaban el denomi­nado cifrado Vernam, un lenguaje distinto al Morse. Cuando en agosto de 1941 los interceptores británicos registraron aquel incomprensible repi-que­teo en las ondas, un equipo de Bletchley dirigido por el coronel John Tilt­man empezó a investigar su significado. Consiguieron romper un único mensaje emitido desde Atenas con destino Viena en el que un considerado oficial de señales alemán repetía un texto corrupto, pero esto no los situó más cerca de poder leer todo el tráfico. Tilt-man, un soldado condecorado de la primera guerra mundial, era veterano en el campo de la criptografía y había demostrado que no todos los genios del Park eran cerebros civiles. Era un coronel poco corriente: cuando llegó un nuevo recluta a su sección y dio un golpe de tacones antes de ofrecer el saludo de rigor, el oficial le indi­có el estilo de la futura asociación con un lamentoso comentario: «Pero bueno, muchacho ¿tienes que llevar esas malditas botas?».En adelante, el joven usó zapatillas de lona.

Paso a paso, con una dolorosa lentitud, los desencriptadores de Bletchley avanzaban a tientas buscando la solución a un acertijo aún más com­plejo que el de Enigma, en parte porque no disponían de una reproduc­ción de la máquina de transmisiones. En los primeros meses de 1942, la sección de investigación del Park realizó un verdadero esfuerzo intelectual para recrear sobre el papel un posible modelo de la Lorenz SZ40/42. El mayor mérito le correspondió a Bill Tutte, un estudiante de química que luego se pasó al campo de las matemáticas, y que merece tanto reco-noci­miento como Turing y Welchman. Había nacido en 1917 y era hijo de un jardinero y una cocinera en unas caballerizas de Newmarket. Consiguió una beca para estudiar en la Cambridge and County Day School y de allí pasó al Trinity College. En octubre de 1941 se lo escogió para estudiar el tráfico «Tunny» de la Lorenz y pasó los meses siguientes enfrascado en el extraordinario reto intelectual de deducir qué tipo de máquina debían de estar empleando los alemanes para generar el ruido que se registraba en los interceptados. Tutte determinó que el teletipo debía contar con dos juegos de cinco rotores y que uno de ellos «giraría» de forma irregular, con 501 pernos ajustables y otras dos ruedas motoras que producirían, conjun­tamente, un número de combinaciones posibles muy superior al de Enig­ma. Esta proeza, un triunfo del esfuerzo intelectual sin la ayuda de la tec­nología, movió a sus superiores a respaldar su posterior solicitud para una beca de investigación en el Trinity, a partir de sus actividades en Bletchley, aunque de esto nada se dijo al College. Nigel de Grey aclamó su contribución como «uno de los éxitos más sobresalientes de la guerra», y así fue. Determinar el tipo de máquina fue un comienzo importante, pero no representaba más que un pequeño paso en el camino hacia la lectura del tráfico. Edward Travis, el jefe de BP, señaló que el rendimiento del teleti-po guardaba «tanto parecido con el resto de máquinas de cifrado como un maorí con un esquimal». En mayo de 1942, Tiltman reconoció que «el Geheimschreiber [el teletipo de Siemens] nos da muchos dolores de cabeza». Un joven matemático de Oxford, Michael Crum, preparó un modelo de la T-52 y sus descubrimientos llevaron a los decodificadores a concluir que el reto era demasiado grande para seguir intentándolo. Prefirieron concentrar todos los esfuerzos y recursos en la Lorenz, y hacerlo con rapidez. Cuanto más utilizaban los alemanes su sistema de teletipo en rápida expansión de­nominado «WANDA-Netz» en el continente para su comunicaciones del más alto secreto, menos recurrían a Enigma para encriptarlos. Sorprende el gran entusiasmo que Berlín manifestó por el teletipo, dada su probada vul­nerabilidad; en 1940, el desencriptador sueco Arne Beurling, que repique­teaba los mensajes al enlace en Estocolmo que mantenía en contacto a Ber­lín con sus efectivos en Noruega, ya descifró mensajes de la T-52 con un método que jamás se ha desvelado. La empresa sueca Ericsson fabricó una máquina que bautizó como «la App», que ayudaría a Beurling en sus activi­dades, y éste leyó buena parte de su tráfico hasta mayo de 1943, cuando los alemanes, advertidos por los fineses de lo que estaba sucediendo, intro-duje­ron nuevas claves y medidas de seguridad. Pero Berlín no puso en duda la integridad del sistema en su conjunto y los británicos no sabían nada de las actividades de Beurling.

Entre los meses de julio y octubre de 1942, mediante unos esfuerzos en los que la asistencia mecánica no intervino prácticamente, un grupo que trabajaba en la nueva sección del comandante Ralph Tester leyó parte del tráfico de la SZ40 aplicando un método matemático que en Bletchley se conocía por el nombre «Turingery», en reconocimiento a su inventor. En aquel equipo participó Donald Michie, de 18 años por entonces, que más tarde enseñaría el código Baudor –por medio del cual se transmitían los mensajes encriptados con el cifrado Vernam– al futuro hombre de estado Roy Jenkins; a Peter Hilton, un matemático de Oxford de veintiún años; y a Peter Berenson, que más tarde sería el fundador de Amnistía Internacio­nal. Los procedimientos alemanes, cada vez más disciplinados, generaban un flujo de cifrados irregular: a las distintas claves se les adjudicaron nom­bres de peces y de criaturas marinas: «brama», «salmón», «pulpo», etc; más tarde se descubrió que «medusa» incluía algunos de los mensajes más rele­vantes del alto mando alemán.

Hasta mediados de 1943, el cerebro humano fue la herramienta princi­pal con que contaron los descifradores de códigos de teletipo. En junio, el Parque rompió 114 señales de la Lorenz de los 575 que el alto mando ale­mán en Italia había mandado a Berlín. En agosto, Bletchley informó: «la calidad de la inteligencia que proviene de “Fish” es de primer orden». Aunque jamás se logró romper el tráfico de Lorenz en la misma medida que el de Enigma, tuvo una importancia excepcional, porque afectaba a las comunicaciones de contenido más reservado del enemigo. Por otra parte, las dificultades y los retrasos de Bletchley en el desciframiento de los men­sajes del ejército alemán trasmitidos mediante Enigma no llegaron a resol­verse jamás por entero y Tunny representaba una ruta alternativa de un va­lor incalculable para acceder al tráfico militar.

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Los avances transformadores en el campo del descifrado llegaron, como no podía ser de otro modo, de la mano de las máquinas. Estas eran aún más innovadoras que las bombas de Turing y las crearon otras cabezas y otras manos. Max Newman había nacido en 1897. Su padre era un alemán llama­do Neumann y, como el de Sajonia-Coburgo, su hijo se cambió el nombre durante la primera guerra mundial, en la que sirvió como pagador del ejérci­to británico durante un tiempo. En el período de entreguerras, Newman se forjó una excelente reputación como matemático en Cambridge, donde ha­bía acudido para conocer al profesor Turing. El profesor Pat Blackett hizo que Bletchley se fijase en él al describirlo como un estupendo músico y aje­drecista. En principio, Newman no deseaba entrar a formar parte de la plan­tilla del Park, porque temía que el trabajo no le resultase interesante. Cuan­do a finales de 1942 aceptó un puesto, lo hizo a regañadientes y con la condición de poder marcharse transcurrido un año si no se sentía cómodo. Pocos hombres, por señalados que fueran, se atrevían a poner tales requisi­tos en plena guerra mundial; y menos todavía conseguían que se los admi­tiesen.

Los primeros meses de Newman en Bletchley resultaron tan frustran­tes que realmente daba la impresión de que quería abandonar; no era un buen decodificador. Sin embargo, consiguió un gran avance estudiando el análisis de Tutte sobre los trabajos relativos al teletipo, y defendió la posibi­lidad, y la necesidad, de construir una máquina para verificar las 1,6 × 1.019 posibles posiciones iniciales de los rotores. Alan Turing, recién llegado de un largo viaje por Estados Unidos, estaba ahora inmerso en sus investiga­ciones de los circuitos eléctricos, con Charles Wynn-Williams, especialista en esta materia que había sido transferido a Bletchley por sus investigacio­nes sobre el radar en Malvern. Turing apremió a Newman para que deba­tiera su proyecto con Tommy Flowers, un ingeniero superior del departa­mento de investigación del Post Office de Dollis Hill en el noroeste de Londres, que había desempeñado un modesto papel en la creación de las bombas (...)».

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Una máquina diseñada para el alto mando

Una de las diferencias entre la máquina Enigma y el sistema de cifrado Lorenz era quién las usaba. Mientras la primera, por lo general, era empleada por el ejército que estaba destinado en la primera línea de combate, esta nueva forma de encriptación, mucho más avanzada, estaba, en un principio, destinada al alto mando alemán. La retransmisión errónea de uno de los mensajes desde uno de los centros del Tercer Reich permitió a la inteligencia británica seguir el rastro y llegar a la conclusión de que el ejército de Hitler estaba empleando otro sistema de comunicación. Aunque los científicos ingleses destinados a las unidades de desencriptación de mensajes (que generalmente vivían en centros aislados), sería Tutte (en la foto), un excelente matemático, quien intuyó cómo era la máquina que había desarrollado el enemigo. En uno de los momentos más trascendentales de la Segunda Guerra Mundial, Tutte, sin apenas ninguna ayuda tecnológica, averiguó la secuencia de este artilugio, emparentado con Enigma, e, incluso, lo reconstruyó.