lunes, 05 diciembre 2016
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Una Barcelona dinamitadora

La concesión del Premio Cervantes a Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) viene a galardonar, de paso, la rica tradición del realismo crítico y testimonial, la crónica irónica de un presente frecuentemente ambientado en este caso en una Barcelona que va, desde las luchas obreras de principios del siglo XX a los actuales entresijos políticos, pasando por el período revolucionario de la Guerra Civil, el aluvión inmigratorio de la postguerra o el desarrollismo industrial de los años sesenta; la obra de Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Candel o Francisco González Ledesma es ampliamente representativa de esta trayectoria literaria. En 1975 se publicaba «La verdad sobre el caso Savolta», una novela con la que Mendoza dinamitaba los clásicos esquemas del descripcionismo documental, para sumergirnos, con intencionada distancia irónica, en los enfrentamientos entre los sindicatos y la patronal, en la turbulenta Barcelona de la huelga general de 1917, en medio de truculentos melodramatismos, intrigantes conspiraciones y sangrientos atentados; una obra, en suma, que convulsionará la narrativa de la Transición, abordando con decisiva valentía el curso de un trágico devenir histórico. Con «La ciudad de los prodigios» (1986) asistimos al crecimiento urbano de una Barcelona que encara la modernidad a través de las celebradas exposiciones universales de 1888 y 1929, de la mano de un inolvidable personaje, Onofre Bouvila, ejemplo de despiadado arribista enriquecido con las más turbias maniobras sociales. En «Sin noticias de Gurb» (1993) encontramos la desternillante historia de ese entrañable extraterrestre que aterriza en una ajetreada Barcelona preolímpica, estupefacto ante tan aparatosos preparativos. Ambientada también en esa época, en «Mauricio o las elecciones primarias» (2006) la ciudad condal se convierte en el escenario de taimadas conspiraciones políticas mezcladas con espinosos asuntos amorosos; una lograda sátira de la consabida erótica del poder. Más recientes novelas, como «El enredo de la bolsa y la vida» (2012) y «El secreto de la modelo extraviada» (2015), nos devuelven al anónimo detective que, pateando las calles barcelonesas, desarrolla la ácida y humorística sátira de una alta burguesía instalada en claros postulados nacionalistas y predominantes intereses económicos. Barcelona supone, para esta novelística, un espacio moral, un pretexto crítico, el paisaje de cierta desnortada modernidad, el vivero creativo de inolvidables protagonistas, el reducto de una inigualable ficción humorística, más que una concreta geografía urbana o una identificable ruta literaria. La vida es aquí una ciudad, extensa, densa y profunda; sobrado motivo, entre otros, para este merecidísimo Premio Cervantes.

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