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Venecia: el artista (casi) manda

La Torre de Babel que es la Bienal, que hoy se abre al público, tiene nombres propios. Los del más del centenar de creadores que toman calles y pabellones: Bradford, Eliasson, Barlow, Abad...

  • El pabellón de Estados Unidos con una de las obras que más han llamado la atención: «Medusa», de Mark Bradford
    El pabellón de Estados Unidos con una de las obras que más han llamado la atención: «Medusa», de Mark Bradford

Tiempo de lectura 8 min.

12 de mayo de 2017. 23:56h

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Manuel Tori Venecia. 12/5/2017

Se respira un gran fervor sobre las aguas de la «Serenissima». ¿El motivo? Queda oficialmente abierta al público, a partir de hoy, la edición número 57 de la Bienal de Venecia. Este año, al contrario respecto a otras ocasiones donde solía haber un hilo temático que conducía la cita expositiva, la cumbre del arte girará alrededor de la figura del artista. La exposición «Viva Arte Viva», organizada por la comisaria general de la Bienal, la francesa Christine Macel, tiene el objetivo de recolocar al artista como elemento de resistencia, que recupera su voz en el mundo para reinventarlo. Pretende superar la idea de los pabellones nacionales, algo muy propio del espíritu del siglo XIX y XX, con el objetivo de, a través del arte, eliminar las barreras entre países. Algo, por ejemplo, seguido por la línea artística de Jordi Colomer en defensa del nomadismo desde el pabellón de España.

«Viva Arte Viva» se desarrolla alrededor de nueve familias de artistas. De los 120 creadores participantes en el evento artístico por antonomasia a nivel mundial, procedentes de 51 países, 103 nunca han pisado antes la cita veneciana. «El arte de hoy es testigo de la parte más preciada de la humanidad, en un momento en el que el humanismo está en peligro. El arte, lugar de reflexión y libertad por excelencia, representa la alternativa al individualismo y a la indiferencia». Macel dixit.

Antoni Abad, uno de los representantes de la propuesta catalana, explica su proyecto «La Venecia que no se ve», así pues, la elaboración de una nueva cartografía de la ciudad: «Posee una enorme potencia precisamente aquí, en una bienal de artes visuales». Para el propio creador, se trata de un «proyecto inclusivo»: «Un tercio de los participantes han sido personas ciegas o de reducida visión». Abad, en continua experimentación sin dejar de lado su huella escultórica –sí, incluso en un proyecto sonoro como el de «La Venecia que no se ve» en una visión poética de su misión–, considera que la Bienal sigue manteniendo el espíritu que la inspiró, como el primer día. En relación a las novedades de 57 edición opina que «a priori, centrar una Bienal en la personalidad de los artistas no me parece muy acertado. Personalmente, prefiero enfocar la atención en lo que producen. Pero, por otro lado, la apuesta por la presencia de 103 artistas más o menos desconocidos me parece muy interesante», explica este catalán de largo recorrido.

Uno de esos artistas «desconocidos» (ojo, entre comillas) a los ojos de la Bienal hasta hoy, protagonistas de la exposición «Viva Arte Viva» es el danés Olafur Eliasson quien, a LA RAZÓN, explica en qué consiste «Green Light»: «La finalidad de mi trabajo es explicar qué percepción de nosotros mismos y el sentido de identidad que nos provoca en un mundo marcado por la actualidad de las migraciones». La actualidad se impone y manda. Un poco. Su trabajo está marcado por figuras geométricas teñidas por un verde protagonista, «quiere ser una plataforma para compartir un lugar común con los refugiados y aquellos que piden asilo», explica Eliasson. ¿Por qué verde? No tenía un motivo, aclara, pero admite que «desde luego es mucho más amable que el rojo para infundir esperanza».

Entre los artistas más llamativos destaca Ciprian Muresan, rumano, cuyo trabajo principal se centra en denunciar los desequilibrios de la sociedad de su país y los errores del socialismo, aun sintiendo una cierta desconfianza hacia la omnipresencia occidental y acerca del nuevo europeísmo. Sorprende mucho, la calidad de su trazado mediante lápices reuniendo, en una misma lámina, decenas de dibujos procedentes de las grandes obras de un mismo maestro del arte, como Giotto o Morandi. Su objetivo es que el espectador, al tener que descifrar los diferentes dibujos superpuestos se convierta en una suerte de arqueólogo» inmerso ante un excesivo número de imágenes, algo propio, según él, de la sociedad occidental contemporánea.

El cielo bajo los pies

Tiempo de espera. Largas colas. Uno de los pabellones más visitados es el de Estados Unidos y es que el californiano Mark Bradford apuesta por «Tomorrow Is Another Day» (en inglés, «Mañana será otro día»), proyecto con el que demostrar, mediante materiales cotidianos, que la vida diaria de cada cual contribuye a hacer la Historia, entendida como disciplina. En las paredes y en el suelo del pabellón la incertidumbre, la violencia, la oportunidad, los marginados y la esencia cíclica de determinadas promesas sociales que son imposibles de incumplir en América se alternan. La sombra de Trump se alarga. El encargo le llegó antes de la inesperada victoria del republicano. «Mi trabajo salió de eso, es como si se nos hubiera hundido el suelo de debajo de nosotros», asegura a Efe. Y añade: «Uno tiene que aceptar la inestabilidad, es tan nuevo que como artista tienes que no obviar esta especie de derrumbe, esta sorpresa». ¿Van a levantar la voz los artistas? «Yo creo que las personas progresistas tienen que hacer más de lo que ya hacen y tienen que someter a más presión al centro. No se trata simplemente de que tengamos que hacer nuestro trabajo y escondernos de alguna manera sino que tenemos que presionar más y que tenemos que exigir más a los que están en el meollo», zanja. En la visión de Bradford, el arte puede involucrar a todos para lograr diálogos profundos que pueden llevar a la acción. «Cuando uno lo que quiere y desea es salir corriendo ha de hacer precisamente todo lo contrario. No podemos escapar, sino que hay que presionar más y gritar con mayor fuerza para que nos oigan. Yo siempre he estado interesado en la política, en las políticas de mi tiempo y he querido que mi trabajo lo reflejara», piensa en voz alta.

La veterana Phyllida Barlow es la gran protagonista del pabellón británico, uno de los clásicos deVenecia. Su objetivo es «mostrar la duplicidad entre la alegría y la inquietud». Ella, quien trabaja habitualmente con materiales pobres como madera, cemento y tejidos, está siempre a la caza de nuevas posibilidades llevando éstos al límite, mezclándolos y reciclándolos para obtener nuevos trabajos. Su tendencia hacia el gris oscuro tiene una clara intencionalidad: remitirse constantemente a los ambientes más urbanos, mirar a la cara a edificios y construcciones. Pero, en cualquier caso, un gris siempre combinado y compensado por colores más cálidos como el naranja y los rojos: esto es,, el gris como inquietud y el color vivo como representación de la alegría. La escultura abstracta cobra muchísima potencia en su trabajo, cuyo objetivo es el de expresar la naturaleza paradójica de la escultura en general y de su relación con los objetos en el mundo real. Pasear por el pabellón británico provoca en el espectador un encuentro emocionante que desafían al mismo, en un momento de exploración de su concepto de escultura como disciplina. Y mientras, en venecia sigue habiendo colas. Hay hambre de ver. O quizá sea solamente de dejarse ver.

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