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Zuloaga, más allá de los tópicos

La Fundación Mapfre reúne noventa obras en una exposición centrada en el periodo más brillante del artista, comprendido entre 1889 y 1914, para mostrar, lejos de los prejuicios que perviven sobre él, la modernidad que este artista incorporó a la tradición pictórica española

  • Una visitante contempla «Retrato de la condesa Mathieu de Noailles», que Zuloaga hizo en 1913
    Una visitante contempla «Retrato de la condesa Mathieu de Noailles», que Zuloaga hizo en 1913
J. O..  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

27 de septiembre de 2017. 00:30h

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«Sus inicios fueron muy pobres, según vi yo mismo en Sevilla en 1896, pero en él valen todavía más el artista y el creyente que el hombre ejemplar. El artista no cree haber llegado a la cima. Se considera un estudiante, siempre en busca de la perfección, cuando es el mejor de nuestra época». De esta manera, Émile Bernard describía en 1932 a su amigo Ignacio Zuloaga, un pintor que había nacido en el seno de una familia de hondas raíces artísticas. Su abuelo había sido armero y trabajó en Francia, su tío había sido ceramista y su padre sobresalió como un artesano del damasquinado que alcanzaría reputación internacional. Unos precedentes que apuntalaron la palpitante vocación de pintor que Zuloaga arrastraba desde su infancia.

Un sueño que, debido a la mala acogida que tuvo durante su periodo de formación académica, en la que sufrió más de un revés, estuvo a punto de abandonar. De hecho, emprendió la carrera de torero y llegó a participar en alguna corrida como novillero. Una profesión que, sin embargo, dejaría muy pronto, apenas iniciada, para volver a tomar los pinceles que dejó en el estudio. ¿El motivo? El respaldo que encontró en el país galo a su trabajo.

La Fundación Mapfre dedica ahora un recorrido por la etapa más brillante de este artista, la que exactamente va desde 1889 hasta 1914, poco antes de que la Primera Guerra Mundial arrase Europa y se llevara consigo algunos de los mejores creadores del momento, muchos amigos del propio Zuloaga. Para ilustrar este recorrido se han reunido 90 obras de distintos artistas (las telas de Zuluoga, en su mayoría, proceden del extranjero, ya que en España escasean las que ejecutó durante este periodo) junto a la de otros grandes artistas coetáneos como son Pablo Picasso, Henri Toulouse-Lautrec, Giovanni Boldini, Jacques-Émile Blanche (el célebre retratista de Marcel Proust), Auguste Rodin (del que se han traído algunas esculturas muy representativas, como es «El beso», y al que dentro de muy pocas semanas esta misma institución dedicará una muestra en sus salas de Barcelona sobre sus trabajos alrededor de «La puerta del infierno») o Émile Bernard. «Es un redescubrimiento de Zuloaga, al que hemos visto siempre bajo la mirada heredadas de los prejuicios. Aquí vamos a poder observar sus piezas en un contexto completamente distinto para apreciar la enorme calidad de su trabajo y demostrar que él también tuvo un lugar preeminente en el arte moderno de finales del siglo XIX y principios del XX», comenta Pablo Jiménez Burillo, uno de los comisarios de la muestra.

Lecciones aprendidas

Por su parte, Leyre Bozal, que también ha participado en este montaje, cuya preparación ha llevado dos años, quiso destacar que Ignacio Zuloaga «comenzó como un pintor realista, pero enseguida se metió en la modernidad, como puede verse a través de la huella que dejó en su obra el movimiento simbolista francés. A pesar de que después regresó a España, él jamás olvidaría las enseñanzas que aprendió de sus amigos franceses, como es su maestría de la luz o del movimiento, algo que absorbió a través de Degas, al que admiraba».

El conjunto de piezas que se han reunido pretende iluminar el camino de un pintor que se desarrolló entre la modernidad y la tradición, entre la cultura española y la francesa, y que, a pesar de que el público suele, generalmente, vincularlo con una moda caduca o la generación del 98, en realidad, fue más de lo que suelen destacar los tópicosque todavía existen sobre sus pinturas, algo que puede probarse con leer la favorable opinión que tenían sobre sus cuadros un poeta como Rainer Maria Rilke, un crítico como Charles Morice o un artista como Émile Bernard.

Zuloaga acudió a París atraído por su luminosidad y los horizontes vanguardistas que estaban desarrollándose allí. Pero su intención era completar su formación para convertirse en un gran pintor, aunque se encontró con la paradoja de que en Francia lo que deseaban era el tema español, el torero, la mantilla así como escenas típicas. Resulta paradójico que Zuloaga destacara en la cuna de la modernidad como un gran artista español. «Él quería ser un pintor a lo parisino, pero cuando ya se encontró allí, lo que se le exige casi desde el principio es la tradición española. La razón es muy sencilla: hay un público que demanda el tema español, las estampas de los cantaores, los toros... Es un mercado que existe porque en ese momento, en Francia, prevalece una idea de nuestro país muy precisa. España todavía es un país exótico para Europa. Hay que tener en cuenta que los europeos consideran que la modernidad es rupurista, pero, también, que con su llegada se han extraviado el espíritu de la nación, su esencia, ese mundo de espiritualidad que, según ellos, aún puede rastrearse en nuestra cultura. De alguna manera es lo que hizo el propio Paul Gauguin cuando se va a Normandía para buscar dicha tradición. Así que la existencia de Zuloaga es casi paradójica. Acude a París para formarse y destacar como un pintor de relieve y lo que se encuentra es que es un pintor español. Eso lo vivió muy mal al comienzo, pero con el tiempo lo acabó aceptando», explica Pablo Jiménez Burillo.

No obstante, en los óleos de Zuloaga puede divisarse un rescoldo de influencias francesas, como puede verse en la presencia de los fondos, en la sensualidad de los desnudos, en los vestidos o en el retrato, como, por ejemplo, el que hace de la condesa Mathieu de Noailles en 1913, un enorme lienzo de una gran provocación, o «La celestina» de 1906.

Reencuentro

La transformación de la pintura de Zuloaga se produjo a raíz de un viaje de retorno a España que le volvió a poner delante de su cultura. En esa travesía se reencontraría con la herencia olvidada de la pintura española, que él retomaría con gusto desde una nueva perspectiva y una originalidad que en ocasiones se ha ignorado porque, en el fondo, era un moderno que deseaba inscribirse en la historia de la gran pintura española. «Él acepta esa tradición y se fija en un caso muy claro como es El Greco, que en cierto momento fue dejado de lado, pero que más adelante se reivindicó como un talento original, innovador», subraya Jiménez Burillo. Luego, él mismo añade una puntualización: «Es obvio que El Greco aborda en sus composiciones temas clásicos, algunos circunscritos a la tradición clásica, pero su manera de percibirlos, amoldarlos a su época y de acometerlos era tremendamente original. Hay testimonios de pintores que incluso consideran que Velázquez es aburrido y que el talento y lo vanguardista residía en los cuadros de El Greco. Por esta razón, hemos querido incluir en el recorrido de la exposición un óleo que es emblemático de esto: “Retrato de Maurice Barrés”, que aparece pintado con Toledo al fondo y con la monografía que este crítico dedicó a El Greco».

Zuloaga acabaría incorporando en su obra el legado de Velázquez, como puede apreciarse en «La merienda» (1899); El Greco, como refleja en «Monje en éxtasis» (1907), o Zurbarán, algo visible en «Tipo de Segovia» (1906). Pero nada de eso serviría para que en nuestro país se le apreciara. De hecho, sufrió el desplante de un jurado que ignoró su obra para que representara a España en el pabellón de la Exposición Universal de 1900 y se encontró con la paradoja de que expuso antes en Europa y Estados Unidos que en España. En 1914 se instalaría en su tierra natal, pero a partir de esta fecha, lejos de la influencia de sus amigos franceses, su obra se volvería más tosca.

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