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Copa del Rey Llull

Javier Trinidad. 

Tiempo de lectura 2 min.

20 de febrero de 2017. 03:23h

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Javier Trinidad.  20/2/2017

Ni campo atrás del Valencia en la penúltima jugada del partido, ni triple fuera de tiempo de Rafa Martínez, ni falta en ataque de Doncic ante los puños fuera de Sato. Los árbitros fallan aquí y allí, así que la que iba a ser la Copa del campo atrás de Llull ante Andorra (cántico de moda todo el fin de semana en el Buesa Arena), la del «así, así gana el Madrid», se acabó convirtiendo en la Copa del Rey Llull, en la Copa de un jugador elegido para los momentos calientes. Sergio se olvidó de los árbitros, del público en contra y de un extraordinario Valencia a falta de dos minutos para el final. Fue ahí cuando cogió su fusil y acribilló la canasta del rival con ocho puntos consecutivos de puro carácter. Con el corazón en una mano y el talento en la otra, Llull encadenó un triple, un robo, una penetración y otro triple para dejar el partido y la Copa prácticamente servidos para su club.

Gen competitivo

El Madrid llegó a la final a base de milagros en los últimos minutos, remontando y forzando el tiempo extra ante Andorra y Baskonia por no hacer los deberes antes, por dejar todo para el último momento como los estudiantes remolones. Exceso de confianza que no se vio en la final ante un Valencia poderoso en el rebote de ataque, laborioso, con un coloso llamado Dubljevic que hacía y deshacía en la zona blanca. Pero el mayor talento del Madrid se impuso. Si Llull no cogía el timón ahí estaba el chico maravilla de 17 años, Doncic, o Carroll con su muñeca de seda, o Randolph con sus muelles. Un equipazo, en otras palabras. Ya son cuatro Copas consecutivas, diecisiete finales de veintitrés posibles. Poco más se puede decir del equipo de Pablo Laso, un entrenador para la historia.

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