Baloncesto

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El club de la bocina

La Razón
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Michael Jordan, Drazen Petrovic, Kobe Bryant, Spanoulis o LeBron James son nombres asociados al momento más caliente de un partido de baloncesto. Ese en el que faltan segundos y el marcador está igualado, la bola quema, las piernas flaquean y la muñeca se endurece. No es el caso de los citados, claro, leyendas sin miedo al error, a quedar señalados. Líderes, al fin y al cabo. Tampoco es el de Sergio Llull, miembro ya de pleno derecho del que pasaremos a llamar el Club de la bocina, el de los que asumen la responsabilidad al final del partido y, generalmente, triunfan. Porque lo de Llull en el clásico fue una muestra más de que no estamos ante un jugador normal, de que su mentalidad es indestructible. El Barcelona estaba jugando los mejores minutos en meses, con Claver resucitado, Tomic percutiendo en la zona blanca y el Real Madrid perdiendo demasiados balones absurdos. Todo era confusión y el asalto culé parecía un hecho. Se avecinaba una derrota que habría hecho daño a los de Laso, pero como si de Sergio Ramos se tratara en un córner en el último minuto en el Bernabéu, apareció Llull. Penetración con Oleson mordiendo, dos contra uno, frenazo y balón al cielo del Palacio para conseguir la victoria sobre la bocina.

- El mejor Llull

Pero Llull no es sólo el que resuelve al final de los partidos, su estratosférico nivel actual abarca los cuatro cuartos. Anota en penetraciones imposibles y con triples desde prácticamente cualquier posición, asiste, suma rebotes, defiende con pasión y dirige al público. Esos golpes en el pecho a lo King Kong son pura adrenalina, carácter competitivo, encienden a la grada. Y, además, se siente tan feliz en Madrid que, de momento, tiene aparcadas las ofertas de los Houston Rockets de la NBA como quien desecha un 3x2 en el supermercado. Así de simple, así de complicado.