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Javier Colorado: «En el Amazonas no he visto ni una serpiente, hay mucha leyenda»

Ha recorrido la zona durante cuatro meses con un fin solidario: becar a una joven keniana para que pueda ir a la Universidad de Nairobi.

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Tiempo de lectura 4 min.

15 de noviembre de 2017. 09:28h

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Francisco Martínez 14/11/2017

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Javier Colorado (Madrid, 1986) dio la vuelta al mundo en bicicleta durante 18 meses y ahora ha estado cuatro recorriendo el Amazonas, aventura que además tiene un fin social: Glenfiddich becará a una joven keniana para que pueda comenzar sus estudios de Enfermería en la Universidad de Nairobi. Ya tiene en mente su reto para 2018: nadar alrededor de Zanzíbar.

–En 2013 decide dar la vuelta al mundo en bicicleta. ¿Por qué?

–No fue de la noche a la mañana que dije: «Mira, no sé qué hacer con mi vida, voy a hacer esto». Lo soñaba desde los 20 años. Lo empecé en 2013 porque primero decidí terminar la universidad, me licencié en ingeniería química, hice mis prácticas, pero no me comprometí mucho porque yo quería hacer esa vuelta al mundo. En un futuro colgaré las botas y buscaré otra profesión, seguramente relacionada con la ingeniería. Ahora quiero viajar porque es mi mejor momento.

–¿A cuántas personas ha conocido en su viaje por el Amazonas?

–Excepto al principio, en el río Tiputini, que estuvimos cinco días sin ver a otro ser humano, cada día hablábamos con alguien. Llegar a conocer, solo a la gente que nos hospedaba.

–¿No se extrañaban cuando les contaba quién es usted?

–Siempre me presentaba: estoy haciendo este viaje con la canoa y con mi compañero Manu (fotógrafo y amigo que lo acompañó), soy de España y directamente: «Necesitamos ayuda, un sitio donde acampar». La respuesta es muy clara: «Sí o no». Y el cien por cien de las veces: «Claro que sí, por ahí..., vente a casa».

–Entonces hay esperanza para el ser humano...

–Es que en el Tercer Mundo, en las zonas donde la gente vive de una forma más simple, no sé, no han perdido el corazón. En las grandes ciudades vivimos a otro ritmo.

–La canoa la hizo usted....

–Contacté con una Comunidad quechua. Me ayudaron mucho. Había un carpintero profesional, que llevaba 20 años haciendo canoas, y le pedí que me enseñara a hacerla y que me dejara involucrarme. Ser un poco su ayudante. Es de una pieza y se quedó en el Amazonas. Se la di a la última familia que me hospedó.

–¿Cuál es el mejor recuerdo?

–Cómo entramos en el Amazonas. Estábamos perdidos, buscábamos el campamento y sin querer llegamos al Amazonas por la noche, con la luz de la luna.

–¿Sintió miedo alguna vez?

–Miedo a hundirme con el oleaje. Con los animales salvajes, no. No he visto ninguno que haya amenazado mi integridad. Cuatro meses en el Amazonas y no he visto una serpiente... Ver un jaguar es imposible. Hay mucha leyenda. El animal salvaje te evita. Lo que más he visto han sido delfines.

–¿Y alegría y felicidad sintió?

–...Y realización personal. Lo que busco en un viaje es que me aporte algo a mi vida futura, aprender unos valores que pueda aplicar a mi vida día a día. Por eso duran más de dos meses, que te dé tiempo a adaptarte, a llegar a la tranquilidad de tener dominada la situación. El último mes y medio fue maravilloso, el remar por ahí, esa tranquilidad, esa paz...

–¿Paz?

–El Amazonas no es un río agitado en el que escuchas la corriente. Vas por el centro y es todo silencio: una amplitud, unos paisajes...

–¿Impone el Amazonas?

–Hay que tenerle respeto. Al que tenga agorafobia no le recomiendo el centro del río; y al que tenga claustrofobia no le recomiendo ir por el centro de la selva.

–¿Con qué viajaba?

–Tienda de campaña, saco y machete no podían faltar. Y muchos víveres. Comprábamos kilos y kilos de arroz, que normalmente hacíamos en un hornillo; ramas enteras de bananas... De todo.

–¿Tenemos más de lo que necesitamos?

–De viaje yo necesito muy poco. Sí que necesitamos poco para ser felices, pero depende de dónde vivamos. Si ganara 300 euros al mes sé que en muchos países de África viviría a cuerpo de rey, pero yo soy madrileño, aquí está mi familia y es mi hogar.

–¿Necesitó dinero?

–Hemos vivido con muy poco. Tres o seis dólares diarios de media entre los dos. Llegabas a una «ciudad» con un almacén y a lo mejor ese día entre arroz, pasta, aparejos de pesca, porque se nos rompían los sedales, pues 20 o 30 dólares, pero después durante una semana nada.

–¿Alguna vez pensó en volverse?

–En la vuelta al mundo en un momento pensé que me volvería a casa solo si pudiera teletransportarme. Pero tiré para adelante. Después pensé: «Menos mal que no tenía ese poder, porque me hubiera arrepentido siempre».

–¿La familia qué le dice?

–Son los primeros que se preocupan, pero también son los primeros que se enorgullecen después.

–¿Contacta con ellos en el viaje?

–Siempre que puedo. Un whatsapp por lo menos si tengo conexión, al menos para decir que estoy bien. Un buen “smartphone” es un elemento indispensable para una aventura.

–¿Ayudan estos viajes a conocerse a uno mismo?

–De viaje todos llegarían a conocerse si se dedican a estar con ellos mismos, aunque estén rodeados de gente. En casa es más complicado, pero de viaje...

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