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Ruth Beitia no volará más

La mejor atleta española de la historia se retira a los 38 años con un palmarés espectacular, redondeado el año pasado con el oro olímpico.

  • Ruth Beitia, campeona olímpica de salto de altura en Río'2016, ha anunciado su retirada de la alta competición durante el acto de entrega de esa medalla de oro al Museo del Deporte de Santander
    Ruth Beitia, campeona olímpica de salto de altura en Río'2016, ha anunciado su retirada de la alta competición durante el acto de entrega de esa medalla de oro al Museo del Deporte de Santander / Efe
Francisco Martínez Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

18 de octubre de 2017. 23:27h

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Francisco Martínez Madrid. 18/10/2017

Toda una vida por los aires, superando listones a dos metros de altura, pero a Ruth Beitia le ha llegado el momento de tocar tierra, de hacer pública la «decisión más difícil» de su vida: se retira. No es la primera vez que anuncia algo así, pero sabe que, a los 38 años, en esta ocasión es de verdad, no hay marcha atrás. En 2012, después de los Juegos de Londres, creyó que era el fin y se dedicó a hacer «locuras» como montar en moto o patinar. Pero dio marcha atrás. Ella echa la «culpa» de ese regreso a la lluvia, que le impedía hacer esas nuevas actividades. Pero en el fondo sabe que sólo es una excusa: la pista estaba ahí, la llamaba, Ruth la visitaba para dar clases a los que sueñan con ser como ella, y entre unos y otros, volvió. En aquel momento, se había retirado una gran deportista. La que lo hace ahora es la mejor atleta española de la historia, una saltadora de talla internacional, como recuerda Raúl Chapado, el presidente de la Federación Española de Atletismo. «Hace un año estábamos en Ámsterdam, en el Europeo, y me crucé con Jonathan Edwards (leyenda del atletismo, poseedor del récord del mundo de triple salto desde 1995) y lo primero que me preguntó fue si Ruth estaba para ser campeona otra vez. Ahí te das cuenta de lo que significa también fuera de España», cuenta Chapado.

Porque Ruth regresó en 2013 para ganar, entre otras cosas (ver gráfico), dos títulos europeos seguidos y, sobre todo, para proclamarse campeona olímpica en Río 2016. Cuando le recordaron ayer ese momento, lloró. «Ya lo habéis conseguido», dijo. Lloró casi como cuando conquistó el oro, aunque aquel día no fue la única. «Estaba de comentarista en televisión y me emocioné. No me había pasado ni conmigo mismo. Fue una sensación de justicia», desvela Chapado, que fue saltador de triple. La imagen de todas las rivales arropándola y reconociéndola como la reina después del oro habla por sí sola. Ruth, al primero que buscó en la grada, claro, fue a Ramón Torralbo, su entrenador, su «cincuenta por ciento», como lo describe siempre, con el que lleva desde los once años. También cayeron lágrimas de los ojos de Ramón, por supuesto. Juntos han sufrido y vibrado; juntos han crecido y en aquel saludo se juntaron muchas emociones. «Es tan importante como mis padres», explica la atleta de Ramón. «Yo soy una Torralbo en su familia y él es un Beitia en la mía», continúa. Las cervezas que tomaban juntos después del entrenamiento, para hablar de todo menos de atletismo, eran sagradas y lo seguirán siendo.

La chica desgarbada que empezó haciendo cross se pasó a la altura cuando conoció a Torralbo. «Siempre digo que la altura me eligió a mí», suele comentar. Es la quinta de cinco hermanos deportistas. Creció en una pista de atletismo y ha conseguido llevar su deporte un poco más allá sin salir del complejo municipal de La Albericia, en Santander, donde ha entrenado toda su vida y que ahora lleva su nombre. En medio de todo también ha tenido tiempo para estudiar psicología y fisioterapia, y para ser diputada en el Parlamento Cántabro.

Volviendo al comienzo de este texto, esta vez el adiós es definitivo porque después de cada vuelo de Beitia, de cada listón superado, hay una caída. Es contra una colchoneta, pero repetido mil veces el físico se acaba resintiendo. «Han sido muchos años de trayectoria deportiva y hemos puesto el cuerpo al cien por cien en muchas situaciones y al límite en otras», admitió la saltadora. Han sido meses, los de 2017, infernales, de lesiones, sobre todo en el hombro, la primera parte del cuerpo que toca la colchoneta al caer; de noches sin dormir. Pero quería cumplir un último sueño: ser campeona del mundo al aire libre, lo único que se le ha resistido. Llegó al Mundial de Londres sin haber podido prepararse y no peleó por las medallas, aunque dio una nueva lección cuando en la clasificación consoló a la italiana Trost, que había sido eliminada y lloraba sin parar. La abrazó, charló con ella e incluso le sacó una sonrisa. La Federación Internacional le dio un premio por ese gesto.

«Siempre es la alegría del equipo», cuenta el marchador Diego García, que recuerda cómo en 2015, en Pekín, en su primer Mundial, Ruth se apuntaba «a salir un poco de marcha para celebrar el final de temporada». «La edad no era problema», dice García.

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