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La España del espíritu olímpico

Los Juegos de Barcelona supusieron un cambio para el deporte español y el paso del olimpismo a la era moderna

  • El arquero Antonio Rebollo lanza la flecha para encender el pebetero durante la ceremonia de inauguración de los Juegos de Barcelona
    El arquero Antonio Rebollo lanza la flecha para encender el pebetero durante la ceremonia de inauguración de los Juegos de Barcelona

Tiempo de lectura 8 min.

25 de julio de 2017. 13:48h

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«Atletas, bajen del escenario». La frase de Constantino Romero desde la megafonía del estadio puso fin a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Cientos de deportistas, atraídos por la rumba catalana de Peret, Los Amaya y Los Manolos, quisieron unirse a ellos antes de que la voz de Clint Eastwood les pidiera que desalojaran por seguridad. Aquella fue la primera vez que los deportistas se sintieron tan partícipes de una ceremonia de clausura. Una de tantas primeras veces que se vivieron en los Juegos de Barcelona que se inauguraron hace hoy 25 años.

Hasta entonces, el aterrizaje de unos astronautas en el Estadio Olímpico de Los Ángeles en 1984 había sido lo más llamativo de una ceremonia inaugural en toda la historia de los Juegos. Nada comparable al espectáculo preparado por La Fura dels Baus para Barcelona que se cerró con el encendido del pebetero con una flecha lanzada por el arquero Antonio Rebollo. Era la primera vez que la última posta de la llama olímpica no la realizaba un atleta a pie de camino hasta el pebetero. Londres tomó prestada la idea después para darle un paseo en barco por el Támesis o hacer bajar a James Bond de un helicóptero.

El despegue

Para España aquellos fueron los Juegos del despegue, el final de las excursiones olímpicas en las que el mayor trofeo era que ninguno de nuestros nadadores se ahogara en la piscina. Para ilustrarlo estaba Martín López Zubero, el español de Florida, que consiguió el oro en los 200 espalda. La suya era una historia de superación nacional y familiar. Era el primer oro de la natación española y superaba, además, a su hermano David, que había sido bronce en los 100 mariposa en Moscú 80.

Fue también la primera vez que el fútbol español se sintió capaz de todo. El gol de Kiko en la final ante Polonia coincidió prácticamente en el tiempo con el triunfo de Fermín Cacho en los 1.500, como si la historia no supiera adónde dirigir los ojos de los españoles. «Si a alguno le daban la medalla de oro, a mí me daban la medalla de futbolista profesional», reconocía Kiko en un especial emitido por Movistar Plus. El fútbol español había vivido hasta entonces de espaldas a los Juegos, pero los futbolistas quisieron vivir el espíritu olímpico desde el comienzo. Fue su insistencia, personalizada en la figura del capitán, Roberto Solozábal, la que permitió que acudieran a la ceremonia de inauguración a pesar de que el torneo de fútbol había comenzado ya y la sede del equipo español estaba en Valencia. El único logro hasta entonces había sido la plata de Amberes, cuando aún no había limitaciones para la participación de futbolistas. El de Barcelona fue el primer torneo olímpico sub’23. Hasta entonces no había limitaciones de edad, pero a los Juegos no podían acudir futbolistas que hubieran disputado un Mundial o un torneo continental de selecciones. Y con este mismo sistema España consiguió la plata en los Juegos de Sidney, donde perdió la final con Camerún.

Los de Barcelona también fueron los primeros Juegos que pudieron disputar sin limitaciones los jugadores de la NBA. Apareció el «Dream Team», con Magic, Jordan, Larry Bird y todos los demás y, desde entonces, nada volvió a ser lo mismo. Dejó de existir la absurda distinción entre profesionales y amateurs que privaba a la competición olímpica de los mejores jugadores y a la NBA de los mejores extranjeros. Esa norma provocó, por ejemplo, que el brasileño Oscar Schmidt no se atreviera nunca a dar el paso de jugar en Estados Unidos.

Angolazo

Para el baloncesto mundial los Juegos de Barcelona fueron un paso adelante. Para España quedaron marcados por la derrota por 20 puntos ante Angola. Aquel año se aprobó la autorización de incorporar un tercer extranjero para los equipos de la ACB y no tardó en aparecer una pancarta que decía «Sí al tercer angoleño». La esperanza de repetir el éxito de los Juegos de Los Ángeles saltaba por los aires desde el comienzo, a pesar de que todavía quedaban algunos jugadores de los que habían logrado aquella hazaña ocho años antes y de que el entrenador era el mismo, Antonio Díaz Miguel. O precisamente por eso.

Fermín Cacho no fue el único triunfador del atletismo español en los Juegos, que de repente se vio consiguiendo medallas en disciplinas hasta entonces inimaginables. Como sucedió con el bronce de Javier García Chico en pértiga o la plata de Antonio Peñalver en el décatlon.

Pero el ejemplo de superación fue el equipo femenino de hockey hierba. «Las chicas de oro», como se las llamó entonces, llevaron a las mujeres al lugar donde nunca habían sido capaces de llegar los hombres. El oro olímpico que consiguieron ellas nunca ha sido igualado por ellos. José Brasa, el seleccionador, les explicó a sus jugadoras en 1991 los distintos planes de entrenamiento que podían seguir y les dio a elegir entre cumplir y acabar dignamente con un diploma olímpico o intentar ganar el oro. Todas decidieron luchar por el oro y acabaron logrando el premio esperado. «Todas queríamos llegar al máximo», recuerda Mercedes Coghen en el libro «Barcelona 92. 25 años del gran cambio en el deporte español».

Boulmerka

Barcelona significó el empujón que necesitaba el deporte femenino español, pero el estadio olímpico también vivió una de las mejores historias de lucha contra la discriminación de la mujer en la figura de la argelina Hassiba Boulmerka. En su país era perseguida y criticada por correr con una vestimenta indecente. Pero ella nunca se frenó y ganó la medalla de oro en los 1.500. Lo que no pudo conseguir su compatriota Noureddine Morceli, el favorito en la prueba masculina, que fue derrotado por Fermín Cacho. Boulmerka recibió años después el premio Príncipe de Asturias del Deporte por sus éxitos deportivos y por sus valores humanos. «Al vencer, pensé que había justicia divina, que era una apuesta de Dios, que ganaba a los enemigos de la vida», reconocería después.

Carl Lewis fue otra de las caras en el estadio. El estadounidense, que no se clasificó para competir en los 100 metros, consiguió su tercer oro olímpico consecutivo en salto de longitud. Una marca que aumentó cuatro años después en Atlanta.

Los Juegos Olímpicos sirvieron también para que España descubriera que tenía una estrella mundial en la figura de Rafa Pascual. Él era la base de un equipo que nunca antes había soñado con clasificarse para unos Juegos. Lo hizo amparado por la posibilidad que tiene el organizador de participar en todas las disciplinas. No llegaron a las medallas, pero España descubrió que tenía al mejor jugador mundial de los próximos años.

Y llegó Francia

Cuando la selección de balonmano perdió con Francia en la primera fase, nadie se esperaba que aquella derrota marcara el nacimiento del equipo que iba a dominar el balonmano mundial durante los siguientes 25 años. Encabezada por Jackson Richardson, la selección francesa llegó al podio y consiguió la medalla de bronce, mientras España se quedaba sin el premio al que se acostumbró años después.

Pero si los de Barcelona fueron los Juegos de las primeras veces hay que recordar a José Manuel Moreno, el ciclista que dio a España la primera medalla, de oro además, en el velódromo. Ahora quiere volver a competir en Tokio 2020. Todo vuelve a empezar.

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