sábado, 19 agosto 2017
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Motociclismo / Moto GP

Un Mundial sin dueño

  • Dovizioso aprovecha el hundimiento de las Yamaha y los problemas de Márquez para firmar un doblete histórico con Ducati.

Andrea Dovizioso
Andrea Dovizioso
Ap

«Cada fin de semana tenemos una montaña rusa», decía Marc después de que el Mundial diera otro giro inesperado en Montmeló. No hay una tendencia clara este año en MotoGP y pocas veces ha sido tan difícil pronosticar el nombre del ganador final con siete de las 18 carreras ya disputadas. Que todo puede pasar no es un tópico; en este caso, es una realidad que se demuestra en el hundimiento de las Yamaha y en la segunda victoria consecutiva de Dovizioso este fin de semana. El italiano es el hombre del momento, como antes lo habían sido Rossi, Maverick o Marc. Todos, en alguna jornada se sintieron capaces de dominar y ahora sucede justo lo contrario.

Viñales sigue siendo el líder, aunque su ventaja ha quedado reducida después de que ayer no pudiera ni asomarse por la cabeza. Su lucha se limitó al fondo del pelotón, donde se encontró con pilotos que, generalmente, ni ven al de Roses. Su límite estuvo en el décimo puesto final, que permite a sus rivales acercarse en la clasificación. Un paso atrás que no le pilló para nada de sorpresa, porque durante todo el fin de semana supo que los neumáticos que había llevado Michelin a Montmeló no permitían hacer funcionar a su Yamaha. No tenía ningún tipo de agarre y la prueba que hizo en el «warm up», a primera hora de la mañana, no servía como señal para tener algo de optimismo. El día fue tan malo como él esperaba, así que tocaba resignarse, esperar a Holanda y cruzar los dedos para que allí las gomas sí agarren.

Algo parecido le sucedió a su compañero Rossi, que entre unas cosas y otras se va descolgando más de la cuenta en su misión de ganar el décimo título. En Mugello estaba golpeado por su caída en el motocross y en Barcelona tampoco pudo tener un papel protagonista. Se trataba de sumar lo más posible y guardar fuerzas para momentos mejores.

Mientras unos sufrían, Dovizioso firmaba los mejores ocho días de su carrera deportiva. Ganó el pasado domingo y repitió ayer, llevando a Ducati a hazañas que quedaron olvidadas cuando Casey Stoner dejó el equipo de Borgo Panigale. Pero mucho tiempo después parece que la Ducati funciona de verdad y no es la de Lorenzo, el fichaje estrella, sino la de «Dovi», un currante de las dos ruedas al que podría haberle llegado su ración de gloria.

En Montmeló dio una lección de superioridad, guardando neumáticos al principio, estudiando a Pedrosa y a Márquez en la parte intermedia y atacando en las últimas vueltas. Se fue hacia el triunfo cuándo y cómo quiso para colocarse a sólo siete puntos del liderato. «No tengo presión ni pienso en el Mundial», decía un piloto más acostumbrado siempre al segundo plano y al que en las próximas semanas se le va a mirar de otra forma.

Es el más consistente últimamente, lo que unido a la inconsistencia del resto hace que nadie pueda descartarlo. Márquez trató de discutirle el triunfo hasta que se dio cuenta de que si lo intentaba acabaría en el suelo otra vez. Se ha caído cinco veces en tres días, así que su segundo puesto es un tesoro valiosísimo que le deja a 23 puntos de la cabeza. Un mundo en un año normal en el que un único cero te condenaba casi definitivamente, pero un suspiro este curso raro donde nadie manda y todos tienen sus días buenos y otros para olvidar. «Lo negativo es que estamos teniendo más malos momentos que los pilotos de Yamaha. Al final yo creo que Holanda y Alemania serán dos circuitos diferentes. La clave será mejorar los problemas que tengo», analizaba Marc, quedándose con lo bueno dentro del desastre. «He arriesgado cuando Dovizioso tiraba a tres vueltas del final. Si no me hubiese caído ayer (por el sábado), habría tenido muchos números de que hoy me hubiera vuelto a caer», continuaba el vigente campeón, que no quiso arriesgar más de la cuenta con los neumáticos ya abrasados por el calor.

Pedrosa completó el podio y puede seguir soñando con que este Mundial, que no acaba de tener dueño y en el que todo cambia de un día para otro, le acabe dando lo que más desea.

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