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Sobre el cadáver de Cobi

El mundo simbólico de la mascota de los Juegos generó colaboración, eficiencia, progreso, alegría y éxito internacional. Como el muñeco parecía de goma, propongo que los catalanes podamos volver a inflarlo.

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Sabino Méndez. 

Tiempo de lectura 4 min.

25 de julio de 2017. 03:34h

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Sabino Méndez.  25/7/2017

Para hacernos una idea cabal de las diferencias entre la Cataluña de las olimpiadas y la actual, es inexcusable leer un artículo fundamental publicado en Barcelona hace ahora cuatro años. Se titulaba «Matar a Cobi» y lo firmaba Jordi Amat Fusté, escritor, biógrafo y estudioso de la realidad y la tradición cultural catalana. En el artículo se constataba, de una manera prudente y mesurada, la decisión del regionalismo independentista de imponer una visión de Cataluña que acababa con todos los significados simbólicos que en su momento exponía Cobi, imagen emblemática de las olimpiadas del 92. No deja de tener cierta gracia que la broma general que hicimos, cuando apareció la mascota, fue que parecía la caricatura de una cosa muy peninsular: un perro atropellado por los coches de las tremendas carreteras comarcales de la época. Lo cierto es que el profético destino visual de Cobi parece haberse cumplido, porque el independentismo se ha dedicado a ignorar su valor e intentar aplastar con saña todos sus posibles significados.

Lo bueno del artículo de Amat es que pretendía comprender más que tomar partido. De una manera suave, se desprendía de él el precio civil que se paga por las luchas de poder de las élites y cómo la complicidad con los proyectos del poder disuelve la necesaria distancia crítica que es la prioridad intelectual en un mundo democrático. Cobi fue creado por Mariscal, artista independiente que provenía de los círculos de ácratas apacibles que se dieron en la Barcelona de la transición. Para entendernos, hablamos de esos hippies y bohemios que en casi todas las generaciones se ven condenados a circular por los límites de lo marginal. Pero, en el caso de Mariscal, lo que sucedió en aquel momento fue que tuvo un inesperado éxito internacional. De hecho, para el resto del mundo, la identificación estética innovadora de nuestro país pasaba al principio de los noventa por tres nombres: Almodóvar, Mariscal y Miquel Barceló. Los diseños de Mariscal, con su toque ingenuo de estética placentera y limpia, gozaban de atención en todo el mundo. Mostraban un eclecticismo abierto al resto del mundo, a internacionalizarse, a llevar alegría y sensualidad a todos los rincones del globo. La vocación de modernidad internacional, de uso cotidiano, de funcionalidad entendida como cosa que funciona, latían detrás de todos sus diseños. Encima, económicamente le iba bien y se había convertido en hombre de empresa alternativo. El humor nunca estaba ausente de su postura y eso le costó airadas protestas por sus boutades naives a costa del pensamiento único.

Cuando veintiún años después, en 2013, Amat publicó su artículo sobre el triste destino de la mascota tuvo, curiosamente, también reacciones polémicas. Y digo curiosamente porque los trabajos de Amat traslucen siempre una clara preocupación de orientación catalanista por las tradiciones culturales de la zona. Como lector de Gaziel y Joan Ferraté, Amat no quiere, a pesar de sus preocupaciones personales, que ninguna militancia le distraiga del método de observar imparcialmente las regularidades que detecta en su sociedad de nacimiento; es decir, que nada le desvíe del pensamiento científico. Así, de una manera paradójica, las reacciones a su artículo se convirtieron en la principal demostración de que su tesis probablemente era cierta. Esa tesis, perfectamente documentada, exponía una lucha por el poder que había empezado en la década de los sesenta. Una lucha entre una comunidad nacionalista, de dogmas y colectivos, enfrentada a la vivencia ciudadana entendida como urbe laica, jovial y cosmopolita. No hace falta decir –y de hecho Amat no lo dice en ningún momento– cuál de esas dos orientaciones se podía entender mejor con la democracia. Y así andamos todavía en Cataluña.

Supongo que precisamente, lo innecesario de decirlo, la claridad prístina con que cae por sí sola la consecuencia, fue lo que más molestó al catalanismo revelado. De la misma manera que, ahora mismo, irrita el solo sugerir que alguna de las dos visiones enfrentadas actualmente en Cataluña pueda estar probablemente muy equivocada. El debate sobre que todos los votantes de uno u otro bando estén manipulados y sean tontos me parece ocioso. No lleva a ninguna parte porque no es real. Lo que sí es muy real (y lo demuestra repetidamente la Historia) es que a veces las colectividades, o parte de ellas, entran en procesos exaltados en los que se perjudican a sí mismas. Evitaremos el diáfano ejemplo del nazismo para no desviar inadecuadamente las perspectivas. Pero la realidad siempre se basa en los hechos que han sucedido y nunca en los que pudieran suceder en un futuro contrafactual más o menos imaginativo. Y el hecho innegable es que el mundo simbólico de Cobi generó colaboración, eficiencia, progreso, alegría y éxito internacional. Uno de los proyectos puede presumir hoy que eso está comprobado. Al otro proyecto, todo se le supone solamente. Y, cuando a algunos de los que defienden la suposición los vimos hace poco colaborando con condenados por corrupción y tráfico de influencias, todo incita a desconfiar de supuestos tan imaginativos.

Proponiendo una plegaria civil ante el cadáver de Cobi, uno se da cuenta de que el muñeco parecía de goma. Por esa extraña cualidad, quizá los catalanes podamos volver a inflarlo. Al fin y al cabo, para esa labor sólo se necesita un poco de aire.

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