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domingo, 21 septiembre 2014
22:07
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La Razón

Columnistas

Esplín boloñés

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Conozco y aprecio el mundo educativo. Llevo treinta y siete años de profesor universitario, treinta de ellos en la Complutense. He tenido miles de alumnos -la mayoría, como es lógico, de izquierdas-, porque la izquierda disfruta y adolece de adolescencia. Guardo de ellos un feliz recuerdo y en muchos casos, pásmese usted, viceversa. Con la melancolía que suscita una jubilación que parece remota hasta que nos aborda, contemplo el debate sobre Bolonia y concluyo que no me apunto a ninguno de los dos bandos en liza. Los argumentos de sus contradictores son insustanciales, en particular el que augura una privatización de la universidad en la que absolutamente nadie piensa. Pero tampoco me convencen sus partidarios, porque temo que están alterando los términos del problema. Han detectado, y ya era hora, que las mejores universidades del mundo son las anglosajonas, y pretenden imitarlas, lo que está bien, pero a menudo en lo accesorio, lo que está mal. En el proceso de Bolonia los protagonistas sobresalientes son los políticos y los burócratas. Hace un par de semanas puso el dedo en la llaga José Canosa, en un artículo publicado en «Actualidad Económica» sobre las universidades del siglo XXI. Canosa es doctor en Física Aplicada por la Universidad de Harvard, ha enseñado en varias universidades americanas y españolas, y ha sido investigador en el Centro Científico de IBM en Palo Alto. Pero no es imprescindible ostentar un curriculum vitae tan notable para percibir lo obvio: ningún burócrata le dice a la Universidad de Chicago lo que tiene que hacer, porque resulta que esa Universidad tiene más premios Nobel que los burócratas, que no tienen ninguno. Esa es la objeción que cabe plantear, y no la bobada de que las empresas amenazan la autonomía universitaria. ¿O usted cree que Harvard no tiene autonomía? Si las universidades británicas, que sobresalen en Europa, desconfían de Bolonia, ahí estriba el argumento en contra, y no en una pretendida eliminación de las becas que nadie postula. En fin, que no me haga usted mucho caso, que cuando vislumbramos la jubilación incurrimos en irremediables tristezas.

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