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viernes, 19 septiembre 2014
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La Razón

Gente

Traicionado por Hitler: el día más negro de Stalin

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En aquel primer estadio de la guerra, el dirigente soviético seguía sin querer ver la realidad que lo rodeaba. Cuando lo despertaron la madrugada del 22 de junio en su dacha de Kuntsevo, extramuros de Moscú, convocó una reunión en el Kremlin para anunciar a los asistentes que aquel supuesto ataque debía de ser una «provocación», o que cabía la posibilidad de que los generales de Hitler estuviesen actuando a espaldas del führer. Cuando, al fin, quedó fuera de toda duda que lo que estaban haciendo los alemanes no era ninguna «provocación», comenzó a dar instrucciones que apenas guardaban relación con la realidad. Su «Orden número 3», por ejemplo, instaba al Ejército Rojo a avanzar hasta suelo enemigo en dirección a Lublin para poner en práctica el plan, ya sin sentido, de empeñar una batalla defensiva en tierras del oponente.
Los oficiales se suicidan
Con todo, sus lugartenientes, que acudieron al frente desde Moscú a fin de informarse de cuanto allí estaba sucediendo, no tardaron en conocer la aterradora verdad. Nikita Jrushchov fue testigo directo, en calidad de comisario político de relieve, del derrumbamiento del cuerpo de oficiales durante una reunión con el general de división Nikolái Vashuguin, comisario del frente suroeste, quien, presa de la desesperación, le confesó:
–He decidido pegarme un tiro. Soy culpable de haber dado órdenes desacertadas a los comandantes del cuerpo mecanizado, y ya no quiero seguir viviendo.
–¿Perdona? ¿Qué dices?
Cuando Vashuguin hizo por explicarse, Jrushchov, que no tenía intención alguna de discutir, lo atajó diciendo:
–¿A qué viene esa estupidez? Si has decidido quitarte la vida, ¿por qué no lo haces?
El otro sacó la pistola por toda respuesta y, llevándosela a la cabeza, apretó el gatillo y cayó muerto a los pies de Jrushchov.
Su suicidio simbolizó el carácter quebradizo del sistema estalinista en aquel momento fundamental de la guerra. Las purgas de la década de 1930, período en que el dirigente soviético había ordenado eliminar todo atisbo –a menudo imaginario– de oposición en el seno de las fuerzas armadas soviéticas, habían debilitado de un modo lamentable el Ejército Rojo, no sólo al hacer desaparecer a algunos de los mandos militares de más talento para sustituirlos por oficiales relativamente jóvenes e inexpertos (el comandante de la fuerza aérea, por ejemplo, sólo contaba 29 años a la sazón), sino también al crear una atmósfera generalizada de miedo que había destruido la capacidad de los que conservaban su puesto para actuar de forma eficaz bajo presión (...).
Los alemanes, imparables
Los carros de combate del ejército blindado de Heinz Guderian se las compusieron para capturar Smolensk, ciudad bien adentrada en la Unión Soviética, cuando aún no habían transcurrido cuatro semanas del inicio de la conquista (no cabe sorprenderse de que sus hombres se refirieran a él como «Schneller Heinz», o «Heinz el Rápido»). «Parecía cosa de coser y cantar –asegura Albert Schneider, integrante del 201.er batallón de artillería de asalto–. Estábamos convencidos de que la guerra duraría seis meses, o un año a lo sumo: a esas alturas, habríamos llegado a los Urales, y todo habría acabado... En aquel momento pensábamos: "¡Por Dios bendito! ¿Qué puede pasarnos? Pues nada». Al fin y al cabo, formábamos parte de la hueste victoriosa: ¡nos iba tan bien que había quien avanzaba cantando! Resulta increíble, pero es cierto».
El espectacular avance alemán había sumido a Stalin en la desesperación. A tal extremo lo encolerizó la reunión informativa del 29 de junio, durante la cual supo que el enemigo estaba a un paso de hacerse con Minsk, la capital de Bielorrusia, que abandonó la sala diciendo: «Lenin fundó nuestro Estado, y nosotros lo hemos mandado a tomar por culo». A continuación, se retiró a su dacha. Nunca como en aquel momento gozó el resto del Politburó de la justificación necesaria para destronar a Stalin.
A la postre, había sido, sobre todo, su incompetencia la que había desembocado en la penosa falta de preparación de que adolecía el Ejército Rojo a la hora de enfrentarse a Alemania; en primer lugar, al despojar a las fuerzas soviéticas de algunos de sus mejores comandantes durante las depuraciones de la década de 1930, y después, al negarse a actuar en conformidad con los innumerables indicios que le iban proporcionando los servicios secretos y que dejaban fuera de toda duda que los alemanes estaban a punto de invadir la nación.
El Politburó, desconcertado
Además, durante la primera semana de la agresión había dado muestras de una insólita debilidad de carácter, y así, por ejemplo, había ordenado a su ministro de Asuntos Exteriores que se encargase de anunciar por radio el ataque al pueblo soviético, que en aquel momento necesitaba saberse dirigido por un caudillo con dotes de mando. El resto del Politburó no pudo menos de quedar desconcertado ante semejante proceder.
Voznesenski, de hecho, llegó a sugerir, de forma velada, que Molótov debía erigirse en dirigente.
–«¡Viacheslav –le dijo–, ve delante, que nosotros te seguimos!» Sin embargo, los demás tuvieron cuidado de hacer caso omiso de su propuesta.
En este momento, Stalin sí se benefició de la atmósfera de terror que había creado a lo largo de los años anteriores, pues pese a todos los errores en que había incurrido, ninguno de cuantos conformaban la cúpula soviética se atrevió a dar un paso al frente para sustituirlo.
Todos temían que la menor insinuación de estar conspirando contra él pudiese acarrearle tortura y pena de muerte, aun estando su superior aquejado de tamaña endeblez. El 30 de junio se dirigieron a su dacha, pintada de verde y oculta en una arboleda a escasa distancia de la capital, las figuras más relevantes del Politburó, incluidos Beria, Mikoián y Molótov. Al verlos llegar, el dirigente soviético, quien se hallaba sentado en un sillón, no pudo evitar sobresaltarse. «¿A qué habéis venido?», quiso saber. «Lo dijo –recuerda Mikoián– con aire cauteloso, y eso nos resultó extraño, aunque no tanto como el hecho mismo de que hubiese formulado aquella pregunta. Al cabo, teniendo en cuenta la situación, era él quien tenía que habernos llamado. No me cabe la menor duda de que estaba convencido de que habíamos ido a detenerlo». Al decir del hijo de Beria, su padre centró su atención en el rostro de Stalin al llegar, y no pudo menos de persuadirse de que «creía que íbamos a comunicarle que lo habíamos destituido».
Como Ivan el Terrible
Más tarde, cuando el Ejército Rojo comenzó a contraatacar frente a los nazis, algunos interpretarían el episodio como un ejemplo más de la perspicacia del hombre en cuyas manos se hallaban las riendas de la Unión Soviética, señalando que tan ávido lector de obras de historia no podía ignorar una táctica que había hecho célebre Ivan el Terrible: la de fingirse derrotado y retirarse a fin de identificar a quienes pretendían conspirar contra él. Sin embargo, semejante explicación sólo es posible desde un punto de vista retrospectivo: en la atmósfera funesta del mes de junio de 1941, estando en retirada el Ejército Rojo y Minsk a punto de ser conquistada por los alemanes, resulta difícil imaginar a Stalin urdiendo maniobras maquiavélicas como aquélla. No: llegado el momento más bajo de su gestión, es evidente que pensaba que, al final, sus colegas habían ido a verlo para declararlo «enemigo del pueblo».
Aun así, mientras él permanecía encorvado, presa de la inquietud, en su sillón, Molótov le dijo algo enteramente distinto: que creían llegado el momento de constituir un Comité Gubernamental de Defensa. «¿Y quién va a presidirlo?», preguntó el dirigente, que, a todas luces, seguía sin tener claro cuáles eran las intenciones de sus visitantes.
El ministro de Asuntos Exteriores respondió que creían que el cargo debía recaer sobre él mismo, y Stalin, aliviado, aceptó antes de erigirse en moderador de un debate acerca de la función que tendría que desempeñar cada uno de sus subordinados en el seno de aquel nuevo órgano.
El mensaje al pueblo
El primero de julio regresó al     Kremlin para ponerse, una vez más, manos a la obra. Seguro ya del apoyo de sus subordinados, decidió que había llegado la hora de que el gran dirigente soviético hablara a su pueblo. Por consiguiente, el día 3 ofreció un discurso radiado que adquiriría renombre no por su tortuosa defensa de las razones que habían llevado a la cúpula soviética a firmar con los nazis el pacto de 1939, ni tampoco por el llamamiento que hizo a los diversos grupos étnicos comprendidos en la Unión Soviética (uzbekos, tártaros, georgianos, armenios, etc.) para que luchasen a una con objeto de evitar convertirse en esclavos de los fascistas; sino por las palabras que pronunció al comienzo de la emisión: «Camaradas, hermanos y hermanas».
Para muchos ciudadanos soviéticos, aquella frase era anuncio de un nuevo Stalin, un cabeza de Estado que se preocupaba por ellos no como simples «camaradas», sino como integrantes de una misma familia unida; demostraba que lo que pretendía no era presentar batalla al nazismo desde un punto de vista ideológico, sino defender la madre patria frente a un invasor rapaz. Y una lucha así sí entraba dentro de lo que podían entender.

Laurence REES


LOS MANDOS, LOS PRIMEROS EN HUIR
Los alemanes emprendieron la mayor invasión terrestre que haya conocido la historia de la Humanidad poco antes del alba del domingo, 22 de junio de 1941. En total, avanzaron más de tres millones de soldados en tres embestidas multitudinarias. Los primeros que comprendieron que nada se podía hacer ante semejante avalancha fueron los mandos soviéticos, que no tuvieron reparos en abandonar a sus hombres. «Tenientes, capitanes y subtenientes se subían al primer vehículo que pasaba... No nos parecía bien que se sirvieran de su posición para salvar el pellejo; pero todos tenemos nuestras debilidades», admite Gueorgui Semeniak, combatiente de la 204ª división soviética.
El caos brutal que dominó aquellos primeros momentos se apoderó también de Iván Kulish, uno de los soldados soviéticos que había invadido Polonia oriental en 1939. «Jamás pensé que fuésemos a tener que retirarnos de Lvov –reconoce este soldado, en uno de los relatos que recopila Rees–, pero lo hicimos, y de un modo bochornoso. Nos alejamos de allí a la carrera y en total desconcierto... Los comandantes del ejército no tenían ni idea de dónde estaban sus hombres ni de dónde estaban ellos mismos... Pánico. Todos huíamos azuzados por el pánico».


Ficha
- Título:  «A puerta cerrada: Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial».
- Autor: Laurence Rees.
- Edita:  Crítica.
- Sinopsis:  El autor de «Auschwitz: los nazis y la "solución final"»  reconstruye en este libro los momentos cruciales de la Segunda Guerra Mundial a partir de lo que revelan los archivos y las entrevistas a testigos y supervivientes, hasta desentrañar las decisiones que marcaron el rumbo del conflicto.

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