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miércoles, 17 diciembre 2014
04:12
Actualizado a las 

La Razón

Guadalmina

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Me comprometo, siempre que visite Marbella, a rendir tributo de presencia, consumición y pleitesía al «Asador Guadalmina», el único local que se ha enfrentado con su libertad al prohibicionismo de Trini y Leire pactado con los sumisos acomplejados del Partido Popular. No escribo como fumador, sino como persona libre que se rebela contra la hipocresía del poder omnímodo. Contra los que prohíben de forma tajante a una buena parte de la sociedad consumir tabaco en locales adaptados para su consumo, y simultáneamente amplían el permiso de sus puntos de venta en toda España. Para colmo, tenemos una ministra (¿) que anima a la delación popular y a la acusación gratuita. Y lo hace en pleno Estado de Alarma, que ya llevamos treinta y dos días con nuestras libertades limitadas.

«El Asador Guadalmina» informa: «Ante la inminente entrada en vigor de la ley "Anti tabaco" (cortina de humo creada por nuestro Gobierno para tapar siete años de destrucción masiva de España), les informamos que, como negocio privado, haciendo uso de lo que nosotros entendemos son nuestros derechos, dicha ley no será aplicada en nuestro establecimiento. Pedimos disculpas a toda aquella persona que se sienta perjudicada».

El bello gesto fue rápidamente vencido. Una pareja de la Policía acudió al asador rebelde. Ordenó la retirada del cartel y denunció a sus propietarios. Pero ahí queda la semilla de la insumisión de una de las sociedades más sumisas y aborregadas del mundo occidental. En Holanda, coincidiendo con la entrada en vigor de la «Ley Trini», ha visto la luz una ley que rectifica la absoluta intolerancia, demostrado el fracaso de su aplicación y las mermas en los negocios de hostelería. Una ley como la que los españoles tuvimos que cumplir hasta el 2 de enero de este año, y que garantizaba la buena armonía y el respeto mutuo entre fumadores y no fumadores. Al «Asador Guadalmina» le van a caer chuzos en punta y un bombardeo de multas, pero desde su soledad resistente, puede nacer una corriente de insumisión contagiosa y alentadora. No por el hecho de fumar o no fumar, sino por la defensa de la libertad individual de cada ciudadano, que siempre que no altere la libertad de otro, tiene que ser considerada intocable en toda sociedad avanzada. Sucede que a los socialistas no se les ha quitado aún la capa del estalinismo, y cuidado con ellos, que muy capaces son de establecer un campo de concentración en el Páramo de Masa para recluir allí a los fumadores delatados y desobedientes.

En España, se puede asesinar a un hijo no nacido, pero se prohíbe fumar. Toda la bóveda cretina del buenismo se ha adueñado de la costumbre y el hábito de millones de españoles. El café, la copa y el puro. Suena a muy antiguo, pero somos así. Nada les importa nuestra salud, sino la satisfacción de aplastar con su poder. Lo escribió el doctor Galloway, prestigioso cardiólogo con sentido del humor, y por ende, ajeno al autoritarismo. «Bajo las condiciones más rigurosamente controladas de presión, temperatura, volumen, humedad y otras variables, el organismo humano hará lo que le de la gana». Y el gran Churchill, empedernido fumador, descubre el secreto de la voluntad del hombre: «La voluntad es una cualidad que todo hombre posee hasta el día en que decide dejar de fumar». No obstante, y hablando de genios fumadores, mi ánimo se sitúa en el aire de Mark Twain: «Al cumplir los setenta años me he impuesto cierta prudente moderación en el tabaco. No fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto, y no fumar más de un cigarro a la vez». Mi padre, que se fumó sesenta cigarrillos al día hasta la víspera de su marcha, murió con noventa y tres años. Pero no defiendo el vicio. Me refiero a la libertad.

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