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martes, 30 septiembre 2014
15:46
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La Razón

Asia

Día de furia en Afganistán

  • Dos ataques contra la OTAN, uno de ellos el atentado suicida más grave desde 2001, causan 20 muertos
     

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ISLAMABAD- Hacía mucho tiempo que Kabul no sufría un atentado con coche bomba y  mucho más, un ataque tan mortífero contra las tropas estadounidenses en la blindada capital afgana. Los talibanes han vuelto a hacer alarde de fuerza y audacia al conseguir burlar la seguridad de este a oeste de la ciudad y llegar, tranquilamente, con una furgoneta común cargada de explosivos hasta las puertas de un centro de entrenamiento de las fuerzas de seguridad afganas,  situado en la carretera occidental de Darulaman.

En pleno medio día, un conductor suicida esperó,  pacientemente, a que un grupo de soldados estadounidenses, seguramente formadores, saliera en un convoy de las instalaciones militares para perpetrar la masacre. La explosión fue tan potente que se escuchó por toda la ciudad e hizo saltar por los aires los vehículos blindados, matando, al menos, a 13 militares de la OTAN y cuatro afganos que se encontraban en las inmediaciones. Con este atentado suicida, meticulosamente organizado, en un área de Kabul que está bajo control de las fuerzas internacionales,  y en vísperas de la conferencia internacional sobre Afganistán, que se celebrará el próximo día 2 en Estambul, los talibanes han dejado claro que la oferta de diálogo para la paz no está dentro de su agenda. Además del atentado suicida de Kabul, las tropas de la OTAN sufrieron ayer otro ataque en el sur del país.  Tres soldados australianos murieron por los disparos realizados por un individuo vestido con un uniforme del Ejército afgano.  El atacante falleció durante el incidente, según informa la Fuerza de Asistencia para la Seguridad en Afganistán. Con la  mirada puesta en la retirada de las tropas, que culminará en 2014, la Administración Obama busca a marchas forzadas una salida negociada a la guerra afgana. Pero hasta la fecha, las aspiraciones de paz con los insurgentes afganos no están dando los resultados esperados.

La situación de seguridad en Afganistán se complica día a día, a pesar de los esfuerzos de la OTAN y de los miles de millones invertidos por la comunidad internacional para formar a las fuerzas de seguridad afganas. Desde que comenzó a principios de julio, el proceso de traspaso de la seguridad a los afganos ha aumentado considerablemente el número de ataques talibanes. 

Algunos de ellos han sido espectaculares, como el del hotel Intercontinental de Kabul a finales de julio o el asalto coordinado a la Embajada de EE UU y el cuartel general de la OTAN dos días después del décimo aniversario del 11-S.  A esta escalada de la violencia hay que añadir el asesinato del ex presidente Burhanudín Rabbani, jefe negociador de la paz con los talibanes, el pasado 20 de septiembre. La muerte de Rabanni, en brazos de un terrorista suicida, cerró la puerta al consenso nacional en Afganistán. El presidente Hamid Karzai cargó toda la culpa en el vecino Pakistán y acusó a sus servicios secretos, el ISI, de proteger a la red Haqqani, principal instigador de la violencia en suelo afgano. Tras la muerte de Osama Ben Laden, los Haqqani se han convertido en el mayor quebradero de cabeza de la Administración Obama en la región.  En un último intento desesperado, la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, viajó recientemente a Islamabad, después de una fugaz visita a Kabul, para instar a las autoridades paquistaníes a que de una vez por todas se tome acción contra los santuarios de la red Haqqani en la región tribal de Waziristán del Norte.

Las advertencias de Clinton siguieron a un despliegue masivo de tropas estadounidenses en la frontera paquistaní que inquietó al jefe del Estado Mayor de Pakistán, Ashfaq Pervez Kiyani, que elevó el tono de voz para advertir a EE UU de que «debe pensárselo diez veces» antes de lanzar una ofensiva unilateral sobre Waziristán del Norte, porque Pakistán «no es Irak o Afganistán».

Hay que reconocer que las tropas de OTAN están empantanadas en Afganistán y que su salida no va a ser nada fácil. El presidente Obama apuntó muy alto al anunciar la retirada de sus tropas. Y este anuncio más que apaciguar ha alentando a los insurgentes.


La amenaza de los Haqqani
Washington insiste en que el gran peligro para el éxito de la misión en Afganistán son los grupos talibán que actúan desde Pakistán, ya que el movimiento insurgente en el país está muy debilitado.
Con ello se refería a la red Haqqani, que tiene sus bases en Waziristán del Norte pero opera en Afganistán, al que altos cargos estadounidenses han atribuido los recientes ataques contra la Embajada de EE UU y las instalaciones de la OTAN en Kabul.
Precisamente, Hillary Clinton viajó la semana pasada a Islamabad con este objetivo: seguir presionando a Pakistán para que acabe con los santuarios de los Haqqani.
El problema principal es que los hombres de Sirayudin Haqqani, hijo de Yalaludin, fundador del grupo insurgente, «no representan una amenaza para Pakistán»,  aseguró a LA RAZÓN el ex general retirado, Talal Masud.
Para el analista paquistaní,  «su país tiene un compromiso con la guerra contra el terrorismo,  pero si Estados Unidos sigue presionando a Islamabad perderá a un aliado».
El ISI ha apoyado a la red Haqqani para contrarrestar el poder del Movimiento Talibán de Pakistán (TTP), enemigo número uno de Pakistán.

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