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viernes, 25 abril 2014
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La Razón

Cine

El folclore mata la revolución

  • Director:  Radu Mihaileanu. Guión: Alain-Michel Blanc y Radu Mihaileanu. Intérpretes: Leïla Bekhti, Saleh Bakri, Hiam Abbass. Francia/Italia/Bélgica, 2011. Duración: 135 min. Melodrama.

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Calificación pionera Es el primer filme «recomendado para el fomento de la igualdad de género», según el ICAA.
Calificación pionera Es el primer filme «recomendado para el fomento de la igualdad de género», según el ICAA.

Cuesta desprenderse del síndrome de la clase turista cuando se viaja cargado de equipaje, con todas las guías sobre pueblos exóticos perdiendo páginas por el camino. Parece que el rumano afincado en Francia Radu Mihaileanu se ha trasladado hasta una remota aldea de Marruecos para ponerse feminista y atacar las tradiciones de una cultura que le resulta tan ajena –confiesa no conocer el dialecto de los nativos– como al propio espectador. El director de «El concierto» quiere denunciar la opresión de las mujeres bajo la religión islámica y defiende el derecho de éstas a la rebelión –¿cómo rebelarse cuando la libertad es un sueño masculino? Haciendo una huelga de sexo para que los maridos, que consumen el día sorbiendo té, vayan a buscar agua a una fuente a la que se llega por un camino árido y pedregoso y que ha provocado más de un aborto entre las sufridas amas de casa.

«La fuente de las mujeres» podría funcionar como micrometáfora del levantamiento de los pueblos árabes en este año que se acaba si no fuera porque Mihaileanu opta por la fábula pintoresca, suavizando el drama de sus heroínas con toneladas de folclore local, decorando su pequeña revolución con tomas de postura estereotipadas, cuidándose mucho de equilibrar la balanza, mostrando que también hay mujeres malas y hombres buenos en este universo machista, amparado por una lectura sexista y unilateral del Corán. Las mujeres malas –la suegra de Leila, la protagonista e ideóloga de la huelga– son las alérgicas al cambio. Los hombres buenos –el marido de Leila, maestro de escuela– celebran la iniciativa en privado pe- ro tienen que enfrentarse con la presión de la tradición, que les exige cumplir un papel con el que no están de acuerdo, y con el rechazo de los de su sexo, que piensan que deberían llevar los pantalones en casa. Mihaileanu no se conforma con hablar de roles sociales, discriminación y maltrato doméstico: también reserva un lugar incluso para los terroristas de Al Qaeda. Toca tantos palos, y con tan buenas intenciones, que su retrato sobre esta comunidad en crisis es pura superficie. Rascas un poco y te quedas con la piel muerta entre los dedos. 
 

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