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jueves, 30 octubre 2014
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La Razón

Columnistas

El éxito liberal: 1812-2012 por José María Marco

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La celebración patriótica del segundo centenario de la Constitución de Cádiz, y la unanimidad política que suscita indican que hemos empezado a superar antiguas rencillas histórico-políticas. La Constitución de Cádiz empieza a ser comprendida otra vez como lo fue antes de las convulsiones del siglo XX: el principio del liberalismo (político) en España, entendiendo el liberalismo como la forma política que garantiza el respeto de los derechos humanos.

También siguen vigentes otras interpretaciones de aquellos hechos, que tienden a convertirse en una visión de toda la historia contemporánea de nuestro país. Una primera hace de los españoles de principios del siglo XIX seres un poco primitivos, ignorantes y oscurantistas, que no supieron acoger como era debido la propuesta progresista de los constituyentes gaditanos. La otra, que tiene puntos en común con la anterior, es que aquel terremoto produjo un desastre no menos monumental: como fracasó la Constitución de Cádiz, fracasó también el liberalismo español.

En realidad, los españoles de la época no eran particularmente oscurantistas ni ignorantes. No querían ser franceses, ni ser gobernados a la francesa. Identificaban lo que Jovellanos y los conservadores llaman la «constitución política» de España con la monarquía que conocían. No dejaban de tener razón: la Ilustración española había avanzado en la modernización política de España… sin rupturas con la situación anterior. Una vez rota la continuidad reformista, por la ambición poco atinada de Bonaparte, fue difícil recomponer el impulso reformista.

Los españoles lo lograron, sin embargo, y el siglo XIX asiste a la construcción de la nación política liberal y a la puesta en marcha de un régimen liberal ejemplar, la monarquía de Alfonso XII y María Cristina, modelo de tolerancia y convivencia civilizada. Ese grandioso éxito de todos es lo que celebraron las conmemoraciones de hace un siglo. Otra historia es que quienes tenían que haber democratizado aquel régimen no lo lograran, y otra muy distinta es que responsabilizaran de su fracaso –incluso antes de que ocurriera– a sus antecesores liberales.

En realidad, tan sólo se había fracasado en un punto, muy doloroso: y es que la nación española, a esas alturas, ya no era la nación europea, americana, asiática y africana, la de los «españoles de ambos hemisferios». Sin embargo, el que los españoles no hubiéramos sabido mantener la obra nacional y global a un tiempo, tan original, tan atractiva y tan moderna, que habían levantado nuestros mayores no significa que todo lo demás fracasara. Al contrario. Reflexionar sobre aquellos hechos y recordar nuestra primera Constitución es motivo de orgullo y de satisfacción por los hechos en sí y, además, porque hoy hemos sabido reanudar con la gran obra liberal y nacional española.

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