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jueves, 30 octubre 2014
17:21
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La Razón

Columnistas

Onusal por Luis Alejandre

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Mañana viernes, el Alcázar de Toledo,  será testigo del reencuentro de parte de aquellos 250 oficiales de los Ejércitos de Tierra y Aire y de Infantería de Marina, que sirvieron  en la Misión de Naciones Unidas para El Salvador (ONUSAL), cuya División Militar mandó el general Víctor Suanzes que presidirá el acto. Conmemoraremos los veinte años del comienzo de la Misión.
Algunos  de los componentes, procedíamos de la misión anterior, ONUCA, que  mandó el también general español Agustín Quesada.

Tras Angola y Namibia, las Fuerzas Armadas españolas se «abrían» a un mundo convulsionado por los últimos coletazos de la confrontación USA-URSS, en los que ya se presagiaba su fin, materializado por la caída del Muro de Berlín y la siguiente disolución del Pacto de Varsovia.

Siempre recordaremos a quienes en España impulsaron estas misiones. A Francisco Fernández Ordóñez, Ministro de Asuntos Exteriores, y al general Veguillas al frente de la Dirección de Política de Defensa del Ministerio, a quien ETA asesinó pocos años después. Tampoco podemos dejar de citar el papel de un hispano al frente de la Secretaria General de NNUU: el peruano Pérez de Cuellar, hombre que nos quería, que hizo lo imposible por acabar con las guerras en su continente. Por cercanía de raza, lengua, religión y carácter, los contingentes militares españoles se adaptaron perfectamente  a la situación, integrándose sin ningún problema con canadienses, chilenos, colombianos, irlandeses, indúes, ecuatorianos, venezolanos  y brasileños.

ONUSAL no representó solo un éxito militar, cumpliendo lo acordado en los Acuerdos de Chapultepec sobre separación de fuerzas, sino que fue algo más. Su organigrama definía sus misiones. Junto a la División Militar operó otra Policial, una de Derechos Humanos e incluso se activó una Electoral. Porque los Acuerdos de Paz, representaron algo más que poner fin a una guerra. Pretendían ahondar en las raíces del conflicto social existente,  para intentar paliar sus causas y evitar su recaída. Dos reformas constitucionales, la restructuración de sus cuerpos policiales y un buen paquete de reformas, se introdujeron de la mano de Naciones Unidas en un trabajo integrado, duro a veces, delicado, incluso poco valorado en el momento. Los testimonios de los oficiales que se reunirán mañana servirían para escribir un libro: momentos tensos, peligros del desminado, dificultades en aplicar estrictamente los acuerdos firmados, presencia de ETA en los entornos guerrilleros, junto a amistades entrañables, agradecimientos de las gentes sencillas, satisfacción, en suma, del deber cumplido.

Desde entonces, El Salvador sigue siendo para nosotros como una segunda patria.  Muchas veces he repetido que de los salvadoreños aprendí a detectar los terremotos, algo que forma parte normal de sus vidas. Años más tarde convivimos en Iraq con un contingente militar salvadoreño. Dije, desde que supe que se integraban en nuestra Brigada Plus Ultra, que «serían duros de pelar» y lo demostraron con valentía en Nayaf en momentos muy difíciles.

Hemos seguido año tras año en estas dos décadas su evolución, comprobado cómo personas que conocimos en el FMLN, aquella conjunción de cinco grupos armados, hoy ocupan cargos de responsabilidad en la República. Valoramos  los resultados de su última  consulta electoral que ha renovado a sus 84 diputados y a más de 200 alcaldes. Nos preocupan los problemas que causan sus «maras», así como los derivados del narcotráfico. La posición de El Salvador, este pequeño país de 21.000 kilómetros cuadrados, densamente poblado por más de seis millones de habitantes, con costas en el océano Pacífico, facilita el tránsito de la oferta  de la droga procedente del sur, rumbo al mercado norteamericano. Bien saben que les queremos y que si hace 20 años entregamos parte de nuestro esfuerzo en ayudarles a recuperar su identidad y libertad , hoy y mañana ratificaremos nuestro compromiso con ellos. Porque realmente dejaron una huella indeleble en nuestras vidas. Llegamos en momentos críticos tras el asesinato de los seis jesuitas y dos empleadas  en la Universidad Centroamericana (UCA) un 16 de noviembre de 1989 por efectivos de un Batallon de Operaciones Especiales- Atlacatl-, cuando la capital de la República estaba prácticamente tomada por la guerrilla del FMLN. Llegamos cuando los países amigos, el Consejo de Seguridad y los propios dirigentes del país entendieron que no se podía seguir así, y solicitaron el apoyo de Naciones Unidas.

Y salimos años después, dejando a una República  dueña de su destino. Yo les advertía no obstante: «La paz no llega un dia después de la firma de los acuerdos; mirad lo que nos ha costado en España». Mañana brindaremos por el pueblo hermano. Algunos de nuestros oficiales siguen ligados con El Salvador por programas y organizaciones internacionales; otros rehicieron sus vidas allí; otros han educado hijos adoptivos en España lo que representa un magnífico puente entre ambos. Pensaremos en las gentes que no están, en los que comprometieron su vida por un ideal, en los que confiaron en nosotros. ¡Desde España, un abrazo, querido El Salvador!

 

Luis Alejandre
General (R)
 

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