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viernes, 31 octubre 2014
06:27
Actualizado a las 

La Razón

Nobleza obliga

Un heredero quiso ayudar al Príncipe en esta delicada semana por Andrés Merino Thomas

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Cuando hace unos años comenzó a resultar cansino oír con tanta frecuencia que Don Felipe es, con diferencia, el heredero mejor preparado de la historia de España y de la actual generación de príncipes europeos, la Casa de S.M. el Rey entendió pronto el mensaje y la agenda pública del sucesor comenzó a poblarse de actividades institucionales de toda índole. Fue un acierto. Cualquier análisis de su papel pasa hoy por subrayar el incremento de sus audiencias y que representa a España, con Real Decreto previo incluido, en las tomas de posesión de mandatarios iberoamericanos. Poco se sabe de las actividades que conforman la agenda privada de su familia. Pero hay una tercera agenda, una agenda discreta cuyo interés ha subido exponencialmente en los últimos días.

A la opinión pública ya no le sirven afirmaciones obvias como «Don Felipe ha seguido minuto a minuto la evolución del estado de salud del Rey». La participación directa del Príncipe en las recientes tomas de decisiones en el Palacio de la Zarzuela confirman su creciente protagonismo, lógico por las leyes de la edad y su posición institucional, que sin afectar en absoluto la indefinición en la que la Constitución de 1978 dejó a la figura heredero de la Corona, han sido para mucho, no sólo deseable, sino imprescindible. La primera decisión, visitar en solitario al Jefe del Estado, fue tomada con rapidez con la intención de mostrar la necesaria cercanía y asunción de tareas pendientes, ante la intervención y convalecencia. Se reservó para la segunda, casi inmediata, la presencia familiar de la Princesa de Asturias y las Infantas Leonor y Sofía. El Príncipe de Asturias no sólo ha mantenido los actos previstos durante estos días, sino que ha asumido la presidencia de varios en representación del Rey. El resto de su tiempo no se ha limitado a continuar con lo que se denomina en el argot institucional «trabajo de despacho». Hay aspectos muy sobresalientes de una agenda discreta que desembocó en las históricas palabras del Rey a su salida del hospital. Don Felipe mantuvo conversaciones con varias personalidades políticas y sociales españolas… y al menos con tres embajadores de importantes países –con uno de ellos fuera de su residencia–. y, que haya trascendido, con el heredero de una monarquía europea que se prestó directamente a colaborar en la resolución de la delicada situación creada.

La estrategia trazada en estos días para Doña Letizia se ha revelado también como acertada: no ha suspendido su presencia en los actos en los que estaba prevista, y sus palabras serenas en una entrega de premios periodísticos significaron una valiosa contribución a la normalidad. Su papel como consorte se asienta con el tiempo y su discreción, que no ha de ser interpretada como estar en la sombra, no supone que no haya participado en buena parte de esa agenda discreta. En las últimas dos semanas, los herederos han vivido una situación compleja durante la que, naturalmente, no han dejado de estar asistidos por la Secretaría del Príncipe de Asturias, la unidad que dentro de la Casa se ocupa directamente de su atención. Hoy parece que comienzan a solucionarse los frentes abiertos, que no consisten únicamente en una cuestión de imagen, sino de organización, de procedimiento, de usos. Qué extraña paradoja: con un histórico gesto, Don Juan Carlos ha simbolizado que quizá ha terminado para la monarquía el tiempo de los gestos, que debe volver el de la normalidad. Siempre que quien debe hacerlo sepa distinguir a supuestos consejeros que se acerquen a tomar posiciones, muchas cosas irán a mejor. De todo esto, la Corona, y por tanto también Don Felipe y Doña Letizia, podría salir ampliamente reforzada.
 

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