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viernes, 25 abril 2014
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Columnistas

Monarquía por Alfonso Ussía

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A las ocho de la mañana, cuando esto escribo, es muy complicado el apasionamiento. Además, soy hipotenso. Un hipotenso empieza a sentir que la vida corre por sus venas horas más tarde de su despertar. Monárquico. «El escritor monárquico». Algunos compartimos el apellido. Quizá sea una argucia para bloquear mi libertad.

No entiendo, en los tiempos que vivimos, la militancia monárquica. Los monárquicos sólo lo fuimos cuando el Rey estaba desterrado, en el exilio. Con el Rey en la Jefatura del Estado, el ser monárquico pierde todo su sentido. Las antiguas emociones hay que sustituirlas por la frialdad y el pragmatismo.

El Rey, como persona, comete errores. Menos que los políticos, que se van todos de rositas. El Rey y el Príncipe son las dos únicas personas en nuestro Estado de Derecho que carecen de libertad. Cada uno de sus movimientos, diáfanos y ocultos, se vigilan con especial regodeo. No voy a referirme de nuevo al 23 de febrero de 1981. Sí a la nueva España, que no ha conseguido por parte de sus izquierdas superar su derrota en la Guerra Civil. El Rey, con inteligencia, ha sido mucho más comprensivo con la izquierda que con la derecha. Y se ha sentido más cómodo con un Presidente del Gobierno socialista que con otro del Partido Popular. Adolfo Suárez queda ya muy lejos, desgraciadamente. Y hay una izquierda que ha aceptado con toda naturalidad la función Real. No se declara partidaria de la monarquía, sino «Juancarlista», que es pleonasmo, porque Monarquía y Rey son la misma cosa.

España, y se ve todos los días, no es una nación estabilizada por la Historia. Los rencores fluyen y los tópicos predominan. El Rey está ahí, precisamente, para conciliar, para recordar que por encima de los debates ideológicos hay una última instancia de concordia y de acuerdo. Existe una ignorante corriente de republicanismo vano que todavía no preocupa, pero está ahí, alentado por los comunistas y los nacionalistas, es decir, por aquellos que consideran que España es un mapa a trocear, no la Patria común. El comunista español odia todo lo que España significa, y siempre se ubica del lado del que quiere destrozar la unidad de España. Otra lección histórica de la Corona. La unidad. El Rey es el Señor de Vizcaya y el Conde de Barcelona. Más que meros títulos. Historia e Historia. Me hace dudar mucho que esos jóvenes que se apuntan a todo y llevan a las manifestaciones la banderola tricolor, la efímera y rupturista, hayan leído una sola línea de nuestra reciente Historia. Son parte de la masa manipulada y fácil de llevar. Esos jóvenes no están con el Rey, pero el Rey sí está con ellos. Entre otras cosas, el Rey les garantiza su derecho a la crítica e incluso, al insulto. En una República, la sola exhibición de una Bandera de España se consideraría delito. «La Bandera de Franco», que dicen los imbéciles. Es decir, que Franco falleció con 190 años de edad, por cuanto la Bandera la instituyó Carlos III el 28 de mayo de 1785, primero para los buques de su Armada, y posteriormente para simbolizar la unión de todos los españoles de ambos hemisferios. La Corona cuenta también con enconados enemigos en los ámbitos de la derecha extrema, notablemente menos numerosa que la extrema izquierda, pero también vocinglera. No entiendo esa animadversión enconada y, en algunos, enfermiza, obsesiva. Sin el Rey, esa España que dicen defender se desgajaría irremediablemente.

El Rey, con independencia de sus responsabilidades constitucionales, ha sido y es la puerta abierta de España hacia el exterior. Sus errores personales no pueden nublar sus personales aciertos y sus extraordinarios servicios en beneficio de España. Y no tenemos un Heredero tonto como desea Cayo Lara, que quizá no ha terminado de examinarse a sí mismo convenientemente. Tenemos un Heredero cumplidísamente formado, que aguanta los peores vientos y tiene muy claras sus ideas respecto al futuro.

Un futuro, ojalá, ajeno a enfrentamientos y rencores, y en el que siga existiendo esa figura que sobrevuela las pasiones políticas para arbitrar los acuerdos y garantizar la concordia.

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