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domingo, 21 septiembre 2014
03:55
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La Razón

El futuro de la Monarquía

Dios salve al Rey (de las caídas)

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Es imposible correr contra la historia, por eso en los últimos meses España ha juzgado al Rey y su familia
Es imposible correr contra la historia, por eso en los últimos meses España ha juzgado al Rey y su familia

Hace casi 37 años que el Rey Don Juan Carlos I fue nombrado Jefe del Estado español. Algunos, criogenizados ideológicamente en los paradigmas de 1975, siguen pensado que vivimos en los 70. Pero han transcurrido cuatro décadas. Todo ha envejecido, incluidos los muñidores de nuestra alucinante Constitución y aquellos que la votaron en su momento (menos de un 30% de la población actual con derecho a voto). También ha pasado el rodillo del tiempo sobre el propio Rey, pues como nos recordó José Bono hace pocos días, «el Rey es humano».

Antes de que Bono hiciera tan necesaria y perspicaz aclaración, muchos malpensados sospechábamos que los reyes son humanos, teníamos una vaga conciencia, o un recuerdo difuso, de haber leído en algún libro de Historia que las monarquías absolutas, propias del Antiguo Régimen, en las que los «divinizados» reyes gobernaban por la gracia de Dios, ya no están de moda. Si bien, en la España de la Transición, el concepto de monarquía como «poder absoluto» seguía vigente, no se antojaba raro, ni caduco, ni insensato, ni incomprensible a la vista de las corrientes de la historia. Sólo así se explica que los padres de la Constitución entronizaran al Rey de España como figura «irresponsable», intocable y fuera del alcance de los principios más básicos de la ley, siguiendo el modelo absolutista de «princeps legibus solutus est» (el príncipe no está sujeto a la ley). ¡Así se las gastaban los «modernos» padres de la patria! El previsible resultado, cuatro décadas después, es una monarquía que parece desintegrarse en directo en los programas del corazón, víctima de la hipocresía y las falsedades con que se la quiso «proteger».

 En su último discurso de Navidad, Don Juan Carlos aseguró que: «Todos somos iguales ante la ley», pese a saber que no es verdad. Verbigracia: él, por ley, es superior al resto. Pero es imposible correr contra los procelosos vientos de la historia, por eso en los últimos meses España ha juzgado al Rey y a su familia, y lo ha hecho de una manera tan contundente y severa que la monarquía, y los monárquicos que se conjuraron hace cuatro décadas para preservarla de toda vicisitud, han temblado de miedo. El tiempo no pasa en balde: quienes antes mandaban, y censuraban, en los medios de comunicación, ya no tienen poder o han desaparecido. Nuevas generaciones crecidas en libertad son críticas con las conductas «poco ejemplares» de quienes predican una cosa y dan ejemplo de lo contrario.

La recesión económica ha disminuido nuestro nivel de toleracia a los agravios comparativos y la desigualdad. Las nuevas formas de comunicación (internet, redes sociales…) escapan al control de hipotéticos censores político/palaciegos. Otros jefes –jóvenes, sin la losa del franquismo a cuestas– capitanean la prensa y los medios, y están más preocupados por el interés general y/o la cuenta de resultados que por hacerle la pelota al Rey, «símbolo de la unidad nacional» en una nación desunida e insolidaria.

En fin, que hemos visto que el Rey y su familia no son tan «divinos» como nos aseguraban. Se ha levantado el telón. Dios salve al Rey. Al menos, de las caídas con rotura de huesos.

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