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jueves, 24 abril 2014
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La Razón

El futuro de la Monarquía

El hombre de la Transición

  • Es el símbolo de un logro inédito: la concordia nacional en libertad de todos

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El papel del Rey fue fundamental para el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981
El papel del Rey fue fundamental para el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981

Nuestra reciente historia tiene un protagonista de excepción, el Rey Juan Carlos I. Él fue, no sólo el motor que puso en marcha el barco en que se navegó desde el régimen autoritario franquista hasta el nuevo territorio de la democracia, sino también el capitán de ese barco que hizo esa singladura salvando todo tipo de escollos y llegando a buen puerto. Hoy nos parece normal y lógico que vivamos en democracia plena y en un Estado de Derecho, pero, tal vez, es oportuno recordar que eso se logró gracias al esfuerzo de todos los españoles y tuvo lugar bajo la Corona de Juan Carlos I. Más aún, según Adolfo Suárez, «sin ella no hubiera sido posible».

El origen nos lleva al Franco «hacedor de reyes»: Juan Carlos será el «elegido» oficialmente, en 1969, convirtiéndose en Príncipe de España. «Soy heredero de Franco pero también soy heredero de España», declaraba en 1970 a un periodista americano. Proclamado Rey tras la muerte del dictador, ¿cómo podría abordar una reforma desde las leyes franquistas en que todo estaba «atado y bien atado»? Un análisis positivo de la legalidad vigente ponía de relieve que podría encontrar fundamentos legales para promover la reforma política. Y en el primer mensaje de la Corona se afirmaba el carácter conciliador de la institución monárquica, instrumento de concordia entre todos los españoles. El Rey puede hacer la reforma y el Rey quiere hacerla. Y se pone a ello, escribe Cela, sin perder ni un solo minuto del tiempo que la historia puso en sus manos. Es entonces cuando entran en juego otros protagonistas: Adolfo Suárez, Torcuato Fernández Miranda… 

«En el principio fue el Rey». Así, como el Evangelio de San Juan, comienza esta historia, según el presidente Calvo Sotelo.  Una cuestión capital hay que resaltar: hasta que se aprueba la Constitución, el Rey nombrado por Franco tiene prácticamente todos los poderes de éste, pero… Es importante no olvidar este «pero» porque lo que sigue a continuación define al Rey demócrata: hará dejación absoluta de esos poderes amplísimos limitándose a ser el Rey que la Constitución defina, ya que la soberanía nacional se había devuelto a su único titular legítimo: el pueblo español. «¡Felicitadme, me acaban de legalizar!» decía a los periodistas el 11 de mayo de 1978, recién aprobado el artículo de la Constitución que proclamaba la Monarquía parlamentaria como la forma política del Estado español. La firma de la Constitución el 27 de diciembre de ese año será un hito del reinado, pues queda diseñada la España democrática. Como lo será su participación en el 23-F. 

De entonces acá han pasado muchos años y muchas cosas. Melancolía nos produce recordar que nuestro vocabulario abundaba en palabras como tolerancia, consenso, justicia…, que cantábamos «Libertad sin ira» y que demandábamos libertad, democracia, amnistía, autonomía, europeísmo… realidades poco a poco logradas entre todos. España se regeneró y la clave fue la Monarquía, encarnada en un Juan Carlos que se sirvió de su carisma personal, de su capacidad de liderazgo, de su sentido de la autoridad tranquila, de su rechazo de la Corte y, en resumen, de su capacidad de seducción. Juan Carlos fascinó a los españoles, por eso sus fallos duelen tanto («un Rey, dice Balzac, es la Patria encarnada»). La Corona se convirtió en el vértice del nuevo Estado constitucional, en garantía de estabilidad; fue y es la expresión y símbolo de un logro inédito y duradero: la concordia nacional en libertad de todos.

Los cambios en España a lo largo de estos casi cuarenta años son impresionantes. Bastaría repasar los diferentes ámbitos de la vida española. La llegada al poder de Felipe González será un hito del reinado, pues el socialista fue el partido que más se identificó con la legitimidad republicana y porque no reconocería formalmente la Monarquía hasta 1978. En alguna ocasión dirá: «Me gustaría ser también el Rey de los republicanos». Su papel crucial en la homologación exterior: su apuesta por Europa que «deberá contar con España», dijo en su primer discurso (recibiría el Premio Carlomagno en 1985) y firmaría el Tratado de Adhesión a la Comunidades en 1985; su impulso personal a las relaciones con Hispanoamérica poniendo en marcha las cumbres Iberoamericanas,  la  entrada en la OTAN…

Los estudios demoscópicos muestran que Juan Carlos I ha sido casi siempre bien valorado por su condición de árbitro y moderador y por su contribución al funcionamiento de la democracia. Su éxito es haberse convertido en el símbolo de la España democrática y plural. La España de Juan Carlos I, con sus luces y sus sombras, es mucho mejor que la anterior. Y, a pesar de la crisis que no cesa, es oportuno retomar estas palabras de Adolfo Suárez. «Hay, dice, que abrigar la confianza en que nada de lo que nos espera en el futuro a los españoles pueda ser más complejo y difícil de lo que el pueblo español ha sabido resolver bajo la Corona».

 

Luis Palacio Bañuelos
Editor de «El Confidencial Digital»

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